miércoles, agosto 07, 2013

Necesidades



"En el curso de la noche, iban pasándose a la cama de mis padres los menores que no podían dormir por el frío o el calor, por el dolor de muelas o el miedo a los muertos, por el amor a los padres o los celos de los otros, y todos amanecían apelotonados en la cama matrimonial". 

Así describe Gabriel García Márquez la vida en la casa de sus padres, en Sucre, cuando ya eran quince hermanos. No poder dormir "por el amor a los padres" me parece una preciosa metáfora del colecho. Cecilia, desde hace unas semanas, ha decidido que prefiere dormir junto a nosotros, pero no con nosotros, como hasta ahora. Ella misma exige dormir en su cuna sin baranda al lado de nuestra cama y allí pasa las horas de la noche, que ahora duerme del tirón. 

Pero, curiosamente, unas fiebres altísimas en los últimos días la han hecho volver al regazo materno y solicitar constantemente mis brazos para dormirse encima mía. Ya, sin fiebre, está tan derrotada por el cansancio de la enfermedad pasada y el efecto de los antibióticos que prefiere seguir durmiendo a todas horas. Algo nunca visto en sus dos años de vida. Está más alta y tan delgada que se le cuentan las costillas y se le marcan los hombros. Ahora vuelve a comer, pero poco; y podría basar su alimentación en una pirámide sin pico con un único elemento en la base: el helado. Me da lástima que me mire con sus ojos cansados sobre sus ojeras y esa timidez que parece haberle dejado la fiebre. Ahora habla bajito y llora por casi todo. Los papás que saben más que yo dicen que a toda enfermedad infantil le sigue un período de necesidades. "No siento que el niño enfermó, sino la manía que le quedó", que dice el refrán.



Los hijos duelen. A mí me duele la mía y que pierda su alegría me hace sentir triste y quererla más. De todas las cosas que soy o seré en la vida, la más dura y sufrida es la de ser madre de una niña con fiebres de cuatro días que, de repente, parece necesitarme más que nunca. Tan frágil y vulnerable. Pero la vida sigue, con sus compromisos, deberes y putadas; y tengo que levantarme otra vez, cada día, a las cinco y media de la madrugada, darle el jarabe y salir por la puerta para no volver hasta la tarde. Pasar las horas en el trabajo haciendo como que todo va bien para que no se noten mis debilidades. Pero a veces me canso y pienso en lo a gusto que estaría cuidando de mi hija y ofreciéndole mis brazos. Pero sin lamentarme. Que no me dejan.

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