miércoles, febrero 27, 2013

Suerte, Santi




Santiago González fue el primer compañero que conocí cuando llegué a trabajar a Huelva hace ahora cinco años. Llevaba en la mano una grabadora de minidisc con una pegatina de Cadena Ser a las puertas de la Audiencia Provincial, donde pasaríamos después tantas jornadas. Era el último día de marzo de 2008, un día antes de que yo empezara a trabajar oficialmente en RNE. Entonces ni imaginábamos que nos quedaban por delante unos años maravillosos que lo convertirían en uno de mis amigos más especiales.


Con Santiago González, he compartido inquietudes, libros, copas, visitas de ida y vuelta a Sevilla, Punta Umbría y Cortegana, jornadas de playa, mojitos con hierbabuena, cenas con amigos, desayunos con compañeros de trabajo, interminables horas de espera, conversaciones y algunos de los momentos más importantes de nuestras vidas, como aquella vez que abrí, emocionada, la puerta de la habitación de hospital donde acababa de pasar la primera noche con dos de las personas que son la clave de su felicidad: su chica, Rocío, y su hija, Claudia
.

Santiago González es una persona generosa, vitalista, alegre y crítica. Como periodista, además, tiene la virtud de ir siempre anticipándose a lo que va a ocurrir. También tiene una voz grave, masculina y muy radiofónica que es un don completamente innato, con el que nació y que asustaba a las dependientas de los supermercados a los que acompañaba a su madre cuando tenía cuatro o cinco años. Ese don de la naturaleza, que para adaptarlo a su trabajo jamás tuvo que pisar la consulta de un logopeda, es la que va a apartarlo de su pueblo, su familia y sus amigos en una nueva y excitante etapa profesional para la que hoy mismo está haciendo las maletas.


Me cuentan que, en Madrid, en la redacción central de la radio donde trabaja desde hace unos siete años, se han enamorado de su voz. Lo que sus jefes no saben y yo sí, es que cuando conozcan a la persona que se esconde tras ella, ya no lo dejarán escapar.

Reconozco que me emocioné cuando me dio la noticia. Que me puse a gritar y a llorar de alegría y que, de repente, le empecé a hablar de una justicia no sé si divina o providencial, ésa que se merece precisamente él más que nadie, por haber dejado atrás una vida que ya tenía y que podía haber seguido viviendo plácidamente, pero que abandonó para formarse y dedicarse a este oficio que compartimos, tan maravilloso como hijoputa.

Joaquín Sabina le hizo, hace unos años, una canción a otro González, de nombre Ángel, al que describía como "un ángel menos dos alas. Un santo por lo civil". Puede que entiendan ahora porqué, cada vez que lo escucho, pienso en este otro González, de nombre Santiago, que mañana coge un tren que no podía dejar escapar y que sólo se presenta una vez en la vida de personas extraordinarias, como él.

Suerte, amigo.

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