lunes, enero 28, 2013

Donde fuimos felices


El lugar en el que fuimos tan felices empezó a autodestruirse en cuanto supo que nos marchábamos. Algo, en sus entrañas, se rompió y empezó a llenarlo todo de un moho negro y maloliente. Primero el techo del baño, después las paredes de nuestra habitación. Más tarde, falló una persiana y, para terminar, la cerradura se negaba a abrir y a cerrar.

El lugar en el que fuimos tan felices se negaba a aceptar la evidencia cuando empezaron a faltar los libros, las estanterías, la ropa, los armarios, los cuadros, los platos y hasta las camas. Hasta que quedó vacío, sólo con un par de lámparas colgando del techo que también se irán esta misma semana.

Entonces empezó a adquirir el aspecto que tenía cuando lo recorrimos por primera vez, siendo dos jóvenes estudiantes. Entonces, nos acompañaba un casero octogenario que firmó con nosotros el último contrato de su larga lista de pisos de alquier. Tras él llegó su hijo y después de nieto. A todos le pagamos, mes a mes, el precio del minúsculo piso que convertimos en nuestra casa, más algún complemento.

Aquel verano, de 2001, teníamos poco dinero y muchas ganas de vivir juntos. Con lo poco que sacamos organizando un campeonato de fútbol sala en el pueblo, compramos dos camas pequeñas. El resto de muebles nos los prestaron. No nos llegó para la tele y, puede que, por eso, no conociéramos hasta el 12 de Septiembre, la noticia que había conmocionado al mundo el día anterior. Poco tiempo después mi madre se presentó con una tele pequeñita de regalo que fue la que tuvimos hasta que, años después, cometimos la horterada de comprarnos una desporporcionadamente grande para nuestro pequeñísimo salón. Cosas de pobres, supongo.

En el lugar en el que fuimos felices recibimos a nuestros amigos y acogimos a nuestros familiares. En él terminamos nuestros estudios y a él volvimos después de firmar nuestro primer contrato. Fuimos devolviendo los muebles prestados y poniendo algunos nuevos. Destinamos el primer sueldo a un aparato de aire acondicionado que, en una ciudad como Sevilla, es un bien de primera necesidad. El segundo sueldo fue para una cama de matrimonio. Así vivíamos, y nos gustaba.

Nos hemos querido mucho. Nos hemos besado en cada metro cuadrado. También hemos discutido y no necesitábamos elevar mucho la voz para que el otro se enterara, desde la otra punta de la casa, de los reproches del uno. Hemos tenido pocas discusiones pasionales. Muy pocas. Y todas terminaron de forma dulce.

En el lugar en el que fuimos felices supe de la muerte de mi abuelo, del accidente de mi tío y algunas otras malas noticias. También aquí nos entró la necesidad de ser padres. Aquí imáginábamos a Cecilia sin conocerla todavía y sin saber que la realidad iba a superar a la ficción. Una mañana calurosa de julio volvimos con ella. Aquí la amamanté, jugamos con ella, la dormimos y aprendió a andar.

Pero el lugar en el que fuimos felices tiene que cerrar sus puertas para que se abran otras en un lugar más grande, más luminoso y más nuevo y, en el que tenemos puestas todas nuestras esperanzas de felicidad y al que llevamos el recuerdo de la que será, para siempre, nuestro primer hogar (de alquiler).

martes, enero 08, 2013

Resurgir


Algunos martes por la mañana he pasado por la esquina y la cola de gente esperando la doblaba. Aguardaban a que abrieran las puertas del Economato Resurgir, en el corazón de Huelva. Todas las veces que observé esa cola, me dieron ganas de pararme, de charlar con ellos, de mostrarlos, a través de la radio, como lo que son: los auténticos sufridores de esta estafa que llaman crisis. Nunca lo hice. Me pudo el pudor.

Esta mañana, el presidente de la ONG que gestiona este supermercado social subvencionado por administraciones públicas y otras entidades, nos ha contado que el perfil de los beneficiarios ha cambiado sensiblemente. Han pasado de atender al "pobre crónico de barrios marginales" a familias de clase media que se han quedado sin nada.

Por fin, y con la excusa de una convocatoria a los medios de comunicación por la renovación de un convenio para su financiación, se nos han abierto las puertas. Pero cuando han visto las cámaras y los micrófonos, los usuarios han corrido despavoridos.

Yo he querido quedarme un rato charlando con los voluntarios. Son unos sesenta, la mayoría mujeres y jubilados. Algunas llevan catorce años haciendo de cajeras en este economato. Ellas sí que han visto cómo cambian los rostros de los que vienen a comprar. Una de ellas me decía que vienen muchos jóvenes, con niños pequeños, o mayores con pensiones que ahora son el único sustento para ellos y las familias de sus hijos.
En las estanterías, productos de primera necesidad, de aseo personal o de la casa. Un pollo, a 93 céntimos, un paquete de pañales a menos de tres. "Las salchichas se las llevan mucho porque están a diez céntimos", me contaba otra de las voluntarias. Ellas les asesoran a los que lo necesitan aunque, una de las señoras que hacía las veces de cajera me aseguró que hay beneficiarios, que les dan una auténtica lección de cómo debe hacerse una compra.

En este economato, 20 euros de compra corresponden a 130 en un supermercado normal. Los productos son de primeras marcas y están en perfecto estado. La diferencia en el precio es debida a que tres cuartas partes del precio están subvencionadas por administraciones públicas como la Diputación de Huelva y otras empresas y entidades.

Charlando con ellas, les confesé que algún martes por la mañana, me había sobrecogido la cantidad de personas que esperaban a la puerta. Una me contó que los martes son los días en los que llegan los autobuses de la gente de la sierra. O sea, que los que esperan en las colas de los martes son mis paisanos, algunos hasta de mi propio pueblo, conocidos seguro.

Y he estado pensando en ellos, mientras me recitaba a mí misma y de memoria este pequeño y precioso canto a la pobreza de Eduardo Galeano que, en mis años de facultad, colgaba en la puerta de mi habitación.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pié derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
 Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
 Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
 Que no hacen arte, sino artesanía.
 Que no practican cultura, sino folklore.
 Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
 Que no tienen cara, sino brazos.
 Que no tienen nombre, sino número.
 Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
 Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.