domingo, diciembre 16, 2012

Miguel y la amistad





La mamá de Miguel y yo éramos amigas desde mucho antes de saber el significado de esa palabra. Por eso aparece, disfrazada de Sisí Emperatriz, detrás de mi, que soy la única versión de Caperucita con botas ortopédicas que he visto en mi vida.

Y éramos amigas, desde antes de saberlo, porque a nosotras nos vino la amistad heredada. Como a Miguel le viene en los genes esa boca, igualita a la de su madre, o ese pelo fuerte como el de su padre. Además de nosotras, entre los amigos que tengo la inmensa suerte de mantener, y que tantas alegrías me están dando, hay otros casos de amistades heredadas, como la de Maripi o la de Sara. Todo porque nuestros padres pertenecían a la misma pandilla, en algunos casos desde el colegio, en otros desde sus primeras romerías. Además, algunos de mis amigos han compartido su vida desde la guardería, que ya son años. 

Entiendan, pues, que me sienta tan orgullosa de ellos y que, como en el caso del reciente nacimiento de Miguel, sienta unas ganas imperiosas por ver cómo es y de besar a sus padres y abuelos. Porque yo sé que este niño es un miembro más, un miembro muy especial, de la enorme familia que me han dado mis amigos de toda la vida. Por eso mi hija, que acudió con nosotros a conocerlo, ya ha aprendido a llamar por su nombre a su nuevo primito, aunque nosotros sólo escuchemos "Iééééé".

"Primero criamos a las madres y ahora a los hijos", me dijo Loli, la madre de mi amiga Miriam, cuando nos despedíamos en el hospital. Y pasó por mi imaginación todo esto que he contado: Una vida compartida desde que éramos bebés, luego niñas que cantaban las canciones del coro romero con sus padres, después adolescentes que se sentaban primero juntas, y luego separadas, en la misma clase del instituto, más tarde universitarias de juerga flamenca por Sevilla hasta llegar a ser las mujeres que somos, sin perder nunca la lealtad a nuestra amistad primera. 

Mi amiga Miriam, que es una tía muy práctica e inteligente, me presentó, en una de aquellas noches de juerga flamenca, a Ángel, el hombre más formal y sensato que he conocido nunca. Se quedó con él para siempre. Ahora son los padres de Miguel Ocaña Mozo y nos tendrán a los demás para lo que necesiten, sobre todo para compartir las muchas alegrías que les va a dar este niño precioso y enorme. Bienvenido, Miguel.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hija,no es xq sea tu madre,pero q bien sabes contarlo todo.Se me han saltado las lagrimas no sòlo,pensando en vuestra amistad,sino tambièn en la de nosotros cuatro,q somos amigos desde la adolescencia,y ademàs ahora tengo la suerte de ser tambièn amiga de los padres de Miguel,mi nuevo nieto rociero.Os quiero.