miércoles, diciembre 26, 2012

Emoción



Los que odian la Navidad les otorgan a estas fechas una trascendencia que no veo normal. Si no les gusta, no entiendo por qué le dan tanta importancia, aunque lo hagan "por defecto". Esta mañana, sin ir más lejos, una compañera me decía que el 24 se acostó a las diez de la noche. A mi la Navidad me encanta, tanto como la Vida y no de una forma especial.

Ésta, en concreto, la estoy viviendo de forma intensa por varios motivos. Uno de ellos, porque me está tocando trabajar y no está siendo fácil compaginar trabajo y familia, más cuando se quiere llevar todo a la vez y están separados por cientos de kilómetros.

El día de la Lotería, que empezamos tomándolo como un día de fiesta y convivencia en la emisora...



... Acabó siendo un día de trabajo histórico porque pudimos contar que, por primera vez en 200 años, un onubense había comprado, en esta provincia, un décimo de El Gordo. Sólo un décimo que, a nosotros, nos hizo desplazarnos a Villarrasa y conocer a la humilde y feliz familia de Pedro Medina, un hombre que pasará a los libros de historia por la bonita casualidad de haber nacido en el 58.



Pero de todo lo que estoy viviendo esta navidad, me quedo con esta sonrisa:

Mi hija, que empieza a dejar de ser un bebé para empezar a convertirse en una niña que no para de querer jugar, hablar, reir y caminar. Y descubrir eso me ha emocionado, muchísimo, sobre todo cuando la veo correr por las cuestas de mi pueblo.


Y no sé si será por las fechas, o por la emoción, o por la conciencia de que tengo que empezar a preocuparme por la educación de mi hija, pero este vídeo me ha hecho llorar a moco tendido. Todo tiene que ver, lo que pasa aquí con lo que pasa en cualquier lugar del mundo. Ojalá todos pudieran vivir con sus familias la felicidad que yo vivo en estos días, y siempre. Ojalá aprendiéramos a escuchar y a perdonar. Ojalá todos los cuidadanos del mundo pudiéramos vivir en libertad



domingo, diciembre 16, 2012

Miguel y la amistad





La mamá de Miguel y yo éramos amigas desde mucho antes de saber el significado de esa palabra. Por eso aparece, disfrazada de Sisí Emperatriz, detrás de mi, que soy la única versión de Caperucita con botas ortopédicas que he visto en mi vida.

Y éramos amigas, desde antes de saberlo, porque a nosotras nos vino la amistad heredada. Como a Miguel le viene en los genes esa boca, igualita a la de su madre, o ese pelo fuerte como el de su padre. Además de nosotras, entre los amigos que tengo la inmensa suerte de mantener, y que tantas alegrías me están dando, hay otros casos de amistades heredadas, como la de Maripi o la de Sara. Todo porque nuestros padres pertenecían a la misma pandilla, en algunos casos desde el colegio, en otros desde sus primeras romerías. Además, algunos de mis amigos han compartido su vida desde la guardería, que ya son años. 

Entiendan, pues, que me sienta tan orgullosa de ellos y que, como en el caso del reciente nacimiento de Miguel, sienta unas ganas imperiosas por ver cómo es y de besar a sus padres y abuelos. Porque yo sé que este niño es un miembro más, un miembro muy especial, de la enorme familia que me han dado mis amigos de toda la vida. Por eso mi hija, que acudió con nosotros a conocerlo, ya ha aprendido a llamar por su nombre a su nuevo primito, aunque nosotros sólo escuchemos "Iééééé".

"Primero criamos a las madres y ahora a los hijos", me dijo Loli, la madre de mi amiga Miriam, cuando nos despedíamos en el hospital. Y pasó por mi imaginación todo esto que he contado: Una vida compartida desde que éramos bebés, luego niñas que cantaban las canciones del coro romero con sus padres, después adolescentes que se sentaban primero juntas, y luego separadas, en la misma clase del instituto, más tarde universitarias de juerga flamenca por Sevilla hasta llegar a ser las mujeres que somos, sin perder nunca la lealtad a nuestra amistad primera. 

Mi amiga Miriam, que es una tía muy práctica e inteligente, me presentó, en una de aquellas noches de juerga flamenca, a Ángel, el hombre más formal y sensato que he conocido nunca. Se quedó con él para siempre. Ahora son los padres de Miguel Ocaña Mozo y nos tendrán a los demás para lo que necesiten, sobre todo para compartir las muchas alegrías que les va a dar este niño precioso y enorme. Bienvenido, Miguel.