jueves, octubre 04, 2012

Romperse



Yo, a veces, me rompo. Como todo el mundo. Sólo que, en ocasiones, me ocurre con un micrófono en la mano. Ayer, familiares y enfermos mentales salieron a la calle en Huelva para hacer visibles unas patologías que afectan a una de cada cuatro personas. Me atendió primero una chica, de unos 40 años, que aseguraba sufrir bipolaridad y con la que empaticé muy pronto porque me confesó que era periodista y que sus primeras "crisis" le sobrevinieron en momentos de tensión máxima. Es verdad que esta Profesión es un trabajo contrarreloj y eso, ella (que entonces no sabía todavía que tenía una mente enferma) no lo soportó y "se rompió". Utilizó esa expresión que, ahora, hago mía para arrancar este post.

Yo, a veces, también me rompo y, ayer, después de hablar con ella (que convivía normalmente con su enfermedad desde que dio con el tratamiento adecuado) me dirigí a una señora bajita, de unos sesentaypico que me sonrió, en cuanto me acerqué para decirme, a continuación, que su hijo llevaba seis años enfermo, con un trastorno de la personalidad. No puede acabar la pregunta que empecé a hacerle. Pretendía que me contara su día a día para saber cómo conviven los familiares de enfermos mentales con esta enfermedad. No pude acabar la pregunta. No me dejaba un nudo en la garganta que, de repente, ahogó el final de la frase e hizo que las gafas de sol que llevaba (eran las once de la mañana y estábamos en plena calle) me sirvieran de útiles aliadas. Ella me contestó y me habló, sin perder la sonrisa, de cómo le fue diagnosticado el trastorno a su hijo (ella decía "mi niño") después de un primer tiempo de desorientación e incertidumbre. Seguía dedicándome una mirada dulce mientras me contaba que su hijo (que enfermó  rozando la treintena, con una formación académica y un trabajo) ahora apenas recibía una ayuda "por hijo a cargo" que vienen a ser 300 euros mal contados. Yo la escuchaba y no sentía por ella pena o compasión. Lo que sentía era admiración y un profundo respeto porque reconocía, en ella, a tantas madres y a tantas luchas.
En mi entorno cercano también hay personas con enfermedades mentales (que son muchas y de diferentes grados) y conozco, porque he estado con ellos, el dificil día a día de los familiares de un esquizofrénico: La serenidad temerosa cuando tiene momentos de lucidez y la inquietud desesperada cuando se pierde en ese otro mundo de sombras, que para él también son luces (aunque sólo existan en su cabeza). Y ellos, uno a uno, se me pasaron por el recuerdo mientras no era capaz de terminar mi frase, cuando me rompía y, justo entonces, me rescató la sonrisa y la dulzura en la mirada de esa madre que, de repente, se convirtió en todas las madres, hasta en mí misma si el día de mañana tuviera la mala suerte de encontrarme, en una esquina del camino, una montaña tan empinada.

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