domingo, octubre 14, 2012

La respuesta


Reconozco que, esta vez, llegué a Granada con las maletas cargadas de pesimismo. Los días no traían más que malas noticias y empezaba a resentirse mi sonrisa y mi energía. Precisamente, por eso, tenía más ganas de llegar que nunca a una ciudad que es la de mi hermana y ya es, también, una de las "mías". Una especie de huida de lo funesto. Una búsqueda de refugio en el búnker familiar.



Desconecté. Los gemelos me duelen de frenar mi propio cuerpo en el descenso de las cuestas. Hemos paseado, parado en los bares, corrido detrás de Cecilia por los palacios, comido a la sombra de los árboles,  reído muchísimo y hablado un poco de todo.


Han sido días en los he logrado interesarme por la última moda mexicana en materia de baile. La traía hasta la mesa del bar donde desayunábamos un psicólogo social mexicano, residente en Granada, que seguía sin comprender cómo sus compatriotas más pobres se gastaban centenares de dólares en unas botas de puntera larga y hacia arriba (a modo de media luna, según me contaba) para salir a bailar cumbia los fines de semana. 


El pesimismo se había quedado en las maletas y no llegó a salir conmigo ni siquiera durante el primer paseo nocturno por los grandes e iluminados bulevares de la ciudad. Es una suerte tener una familia que es un auténtico parapeto contra la decepción, con la que sólo deseas vivir buenos momentos para recordarlos a su lado. Que siempre están para abrazarlos, besarlos y reir con ellos y ellas. 


No he comprado el periódico durante estos días hasta hoy, domingo. He comprado El País. Afortunadamente no he cumplido mi estúpida forma de protesta (como si fuera a servir para algo) ante los planes de "reestructuración de personal" que planea el señor Cebrían (un ERE que, sólo en Andalucía deja en la calle a 21 compañeros) y he podido disfrutar del precioso reportaje que Manuel Rivas dedica al décimo aniversario de la tragedia del Prestige:

El barco del ‘rumbo suicida’


Es un texto emocionante y magistralmente escrito donde Rivas despliega la extrema sensibilidad a la que nos tiene acostumbrados, mayor tratándose de la tierra que más le duele. Me ha hecho recordar mucho mis propias sensaciones cuando hace 10 años lloraba ante el televisor. Lo hice durante varios días hasta que decidí montarme en el bus de voluntarios que la Universidad de Sevilla fletaba para echar una mano en la limpieza del chapapote. Tenía 20 años y estaba decidida. Nunca les he perdonado del todo a Gregorio que no entendiera mi furia y a mi madre que, directamente, me impidiera que me sumara a aquella aventura solidaria.

"Si eres marinero y estás orgulloso de serlo, lo que le pasa al mar te pasa a ti". Le dice uno de los pescadores a Manuel Rivas. Yo he sentido lo mismo y he recordado , de golpe, el motivo del pesimismo que llevaba en las maletas hacia mis fugaces vacaciones familiares. Y me he sorprendido al descubrir que, si cambiaba marinero por periodista y mar por mundo, ahí, justo ahí, tenía la respuesta.

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