viernes, agosto 03, 2012

Experiencias

 


Últimamente tengo la sensación de que, de todo, hace ya muchísimo tiempo. He contado un par de veces mis años de vida y sigo naciendo siempre en el mismo año. Puede que sea, quizá, que las cosas han pasado muy rápido y los cambios han sido muchos. Ya no sé si soy yo o son los acontecimientos los que tenemos una calidad de tiempo diferente.

Han pasado más de once años desde que pisé, por primera vez una redacción en calidad de becaria. Fueron unos meses de verano, en una emisora local de la Cadena Ser. Esta mañana, en el desayuno, una compañera (de La Ser, precisamente) recordaba, entre risas, sus torpes comienzos y su enorme evolución hasta la periodista que es hoy. Reconoce que no puede evitar cierta mirada nostálgica sobre algunos becarios en los que se reconoce y me confiesa que, algún jefe cretino de los muchos que ha tenido, no supo ver en ella las destrezas que luego desarrolló para este oficio. Todo a raíz de que yo le comentara que otro jefe, en otro tiempo y circunstancias diferentes, afirmó un día delante mía: "A los becarios que valen para esto, se les ve el primer día".

Hace once años, yo no era más (ni menos) que una chica de pueblo, con primero de periodismo aprobado y el pelo recogido en una coleta. En opinión de la directora de aquella emisora, en la que no había internet (no, no había), "me gustaba demasiado tocar los botoncitos de los aparatos". Supongo que fue la primera jefa a la que no le caí bien. Luego vinieron muchos otros. 

Admiraba la voz de la locutora principal y me encerraba a diario, en un cuarto al fondo donde se guardaban los discos (sí, los discos), para repetir una y otra vez, los textos de las cuñas radiofónicas. "Hoy, en Linares de la Sierra, gran festejo taurino..." Me obsesionaba que mi voz se pareciera a la de ella y creía que gritar era la solución. Lo hacía tan fuerte que, alguna vez, me riñieron desde la redacción, a pesar de separarnos un largo pasillo. Me di por vencida. La locución de cuñas no era lo mío y me dediqué a buscar mi propia voz y a proponer mis propios temas. En eso sigo.
Después fui becaria en tres medios de comunicación más y, ya con contrato, pasé por otras tres empresas, además de la actual. De todas guardo recuerdos, agradables y desagradables, de anécdotas periodísticas (aburriría a un muerto si me pusiera a escribirlas) y de compañeros. A algunos los cuento entre mis amigos. Vivencias, profesionales y personales, que, en ocasiones, afloran en alguna conversación y que me hacen pensar en el camino recorrido y en el que me queda por recorrer. Ojalá pueda hablar de ellos la mitad de satisfactoriamente que lo hace aquí Ramón Lobo, que dice verdades como éstas:

Hoy el Periodismo es un Titánic que hace aguas en espera de una orquesta que ya no vendrá porque la habrán despedido con 20 días y un hasta nunca. Todo está en crisis: los periódicos, las revistas, las televisiones. Solo se salva la radio, porque aún es útil, porque nos habla y ofrece compañía.

Padecemos una crisis multiplicada, una tormenta perfecta: recesión económica, caída de la publicidad y las ventas, Internet y su cultura del gratis total, nuestra mediocridad y cobardía. Pero la madre de todas las crisis es la inconcebible renuncia de los periodistas a ejercer de periodistas, a ser incómodos, a importunar, a criticar, fiscalizar y dudar, empezando por nuestros jefes.

El buen reportero cuando se sienta a escribir sabe qué quiere defender, por qué está allí.

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