lunes, mayo 21, 2012

Verano ficticio

Luna saliendo en verano

Tercié todas las mantas sobre una silla porque sobraban. Me molestaba sus meras presencias en las camas durante los días pasados, en los que viví recluída en casa. Tuvimos que abandonar nuestra reciente afición de caminar los tres juntos en chándal por la orilla del río y posponer, hasta que saliera la luna, otra, más antigua y sencilla, la de caminar sin rumbo. En el pasado verano ficticio, de reclusión doméstica, la felicidad pasó a ser un estado nocturno. Sólo entonces nos atrevíamos a ataviarnos con las ropas más frescas de nuestros armarios de invierno en una primavera en la que no ha habido "entretiempos". La niña, con vestido sin mangas y descalza o con sandalias y yo, con camiseta y falda y con zapatos. Nada pegaba con nada pero, por la noche, todos somos un poco pardos, hasta los gatos.

Nos asomábamos a la puerta y todavía estaba caliente la acera y la pared, a pesar de que ya se había escondido, hacía horas, el sol más inclemente de todo el año. Caminábamos los tres muy juntos porque ninguna masa de aire africano (eso decían en la tele que tenía toda la culpa) iba a interponerse entre nosotros. Al rato de paseo y conversación elegíamos un velador y parábamos. Cuando todo el mundo parecía de vuelta, nosotros no habíamos hecho más que empezar nuestro momento dulce del día. Pedíamos bebidas con hielo y seguíamos mirándonos, riéndonos y charlando. Al poco, la tiranía del reloj de los días de diario nos hacía volver a casa. Lo hacíamos por un camino diferente, a veces el más largo, para seguir paseando.

Cecilia no quería que terminara el mejor momento del día porque, a pesar de que volvíamos a la reclusión doméstica, seguíamos estando juntos y eso para ella significaba que la fiesta continuaba. Se negaba a dormir lejos de nosotros. Con el aire acondicionado puesto buena parte de la noche y el ventilador también, nuestra cama de tres se convertía en una especie de balsa en mitad del océano. Éramos como tres náufragos, rendidos, acalorados y sin ropa, pero tres náufragos felices. La luna iluminaba nuestros cuerpos a través de las rendijas de la persiana y yo volvía a rezar, tiempo después, para que nunca les pasara nada malo a mis compañeros de balsa.


Entonces me quedaba dormida. Así todas las noches con todas sus mañanas hasta que una de ellas, de repente, cuando ya había empezado a lavar, para guardar, todas las mantas de la casa (cuya presencia me molestaba hasta terciadas sobre una silla), me despertó un sonido que me costó reconocer. Salí de la habitación a oscuras y me asomé a otra ventana desde la que contemplé cómo el agua de lluvia empapaba la primera de mis mantas recién lavadas, tendidas la noche anterior, para recordarme que, caray, esto es la primavera.

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