domingo, mayo 06, 2012

Quinto matacarpiano

Grego ha dado un golpe en la mesa desproporcionado y se ha partido la mano. Desproporcionado, digo, porque la desproporción es uno de los rasgos de su personalidad. Es un ser capaz de llevar una vida mesurada hasta que algo, o alguien, le hace entrar en un estado de pasión extremo. Muy pocas veces es furia. En la mayoría de las ocasiones se trata de ternura. Afortunadamente, no se parte la mano cuando nos besa a Cecilia y a mi; cuando nos vamos temprano a la cama para jugar con ella durante horas; cuando le enseña a responder "¿Cómo es la niña?"; cuando, con un abrazo, hace que interrumpa cualquier tarea en casa; cuando logra que viajemos en el tiempo en una conversación a oscuras o cuando dibuja una enorme sonrisa en las fotos que se hace con su hija y que se le nota, aunque esté de espaldas.

Claro que, aunque diez amigos le estén llevando la contraria, si él cree que lleva la razón, es capaz de pegar un desafotunado golpe en la mesa totalmente reprochable, partirse el quinto metacarpiano y aguantar con total dignidad las risitas, burlas y bromas de los mismos amigos al verlo con la mano vendada al día siguiente. Porque es capaz de burlarse de sí mismo y relatar, entre risas, la cara de serio del profesional de urgencias que le vendó la mano en un hospital comarcal a las tantas de la madrugada y que, al enterarse de cómo se produjo la fractura, le espetó, sin apenas mirarle: "La próxima vez, te lo piensas". Pues eso.

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