martes, mayo 29, 2012

Creciendo



Mi hija ha adquirido una destreza alucinante en los últimos días. Ha sido todo muy rápido y ha ocurrido así, sin más, delante de nuestros ojos. Desconozco los secretos de los niños de su edad en lo que a motricidad se refiere (es mi primera hija) pero, la verdad, es que estoy sorprendida. En pocas fechas ha pasado de sostenerse sentada apenas a dar sus primeros pasos, cogida solo de una mano y a mantenerse largo tiempo, de pie, ella sola. Lo hace sin darse apenas cuenta y todos los de su alrededor, que todavía no hemos podido digerir estos cambios tan rápidos, ni parpadeamos en los segundos en los que ella, distraída, suelta las manos de sus agarres para, por ejemplo, tocar las palmas. 

Son días de cambios, de no poder ni pestañear si no quieres perderte lo próximo. Como todavía se puede y antes de que el tiempo gire sobre sí mismo y vuelva a ponernos al borde del precipicio de los 40 grados, todas las tardes vamos a visitar los parques cercanos. Ella, que tiene cierta "hiperactividad  social", saluda a todos los niños y a todos los padres que le rodean y ha desarrollado un desconocido amor por los perros. Es capaz de verlos a metros y llamarlos a gritos. Anoche mismo, una joven que corría con su perro se paró ante las llamadas de atención de la niña y le dejó acariciar a su mascota. Ella lo hizo sin asustarse, ilusionada y gritando "gua gua, gua gua" todavía más fuerte.

Está más estilizada, más ágil y más fuerte. Pero, sobre todo, está más independiente. Estos días he podido ir a caminar sola, al cine y hasta a pasar la itv al coche. Ella se ha quedado contenta y tranquila con su tía y su abuela. Y eso me alegra y también me da nostalgia porque me temo que se acerca el momento de bajarme de esta feliz nube en la que he pasado los últimos 10 meses.

jueves, mayo 24, 2012

Romper una novela

Yo conducía dos horas diarias cuando salió al mercado Vinagre y Rosas. Tenía tiempo de sobra para recrearme en las canciones una y otra vez. El disco olía a poesía, sabía a poesía y, sobre todo, sonaba a poesía. Benjamín Prado, lo decían las crónicas de la presentación del disco, estaba detrás de ellas. Yo no sabía cuánto hasta que no he leído Romper una canción, el libro que me regalaron al poco de tener el disco.

En todo este tiempo han pasado por mi vida una mudanza y algo parecido que hacemos los inquilinos de pisos pequeños cuando vamos a ser padres y los libros tienen que guardarse porque no hay espacio, y esto es literal, para que quepan el bebé y sus enormes complementos. Romper una canción ha resistido ahí, en la estantería, todos estos cambios porque yo sabía que tenía que leerlo, lo que no sabía era cuándo. El pasado domingo, alguien cogió el libro en casa para apoyarse a escribir sobre él y ya no volvió más a su estante. Yo dejé a medias el Bryce Echenique que tenía entre manos para metérselas a este "ensayo" que en realidad es una preciosa novela sobre una experiencia tan real como la composición de aquel disco de Sabina.



Prado, del que ahora estoy completamente enganchada, lo divide en tres partes: Praga, Rota y Madrid y a cada capítulo lo titula con el nombre de una de las canciones que escribieron a cuatro manos en un intento por destripar, de forma ordenada, cómo lo hicieron. Pero no le sale. Lo que sí le sale es un delicioso libro en el que se lee mucho más que eso: La personalidad de Sabina, la inteligencia del propio Prado o la preciosa relación de amistad que hay entre ellos y, también, con otros nombres importantes de la Literatura Española como Ángel González y Rafael Alberti (que ya no están) o José Caballero Bonald, Felipe Benítez Reyes y los Almuluis (Almudena Grandes y Luis García Montero, que siguen estando).


Para los apasionados de Sabina, este libro tiene datos interesantísimos (desde la forma en la que trabaja sobre las canciones hasta qué relación tiene con el alcohol y la comida) y para los que, además, son apasionados de la Literatura, este libro es un disfrute. Lo digo de verdad. De esas veces que, leyendo, te sorprende tu propia carcajada. De ésas que, leyendo, no puedes parar de sonreír porque no estas leyendo, estás viviendo.

"Escribir es cambiar de estado, pasar de sólido a líquido para disolverse en la tinta como una piedra de hielo en el agua de un vaso". Benjamín Prado es mucho de soltar perlas como ésa a lo largo de todo el libro que, aunque esté basado en una experiencia real, como decía, a mí me sigue pareciendo una deliciosa ficción en la que se mezclan música, poemas, alcohol, mujeres, humo, amistad y ciudades preciosas. 




Romper una canción ha conseguido dos cosas: Embellecer, todavía más un disco del que yo he disfrutado también en directo, y haber abierto un hueco en mi minúscula casa para los libros de Prado que ya he empezado a comprar de forma compulsiva.

lunes, mayo 21, 2012

Verano ficticio

Luna saliendo en verano

Tercié todas las mantas sobre una silla porque sobraban. Me molestaba sus meras presencias en las camas durante los días pasados, en los que viví recluída en casa. Tuvimos que abandonar nuestra reciente afición de caminar los tres juntos en chándal por la orilla del río y posponer, hasta que saliera la luna, otra, más antigua y sencilla, la de caminar sin rumbo. En el pasado verano ficticio, de reclusión doméstica, la felicidad pasó a ser un estado nocturno. Sólo entonces nos atrevíamos a ataviarnos con las ropas más frescas de nuestros armarios de invierno en una primavera en la que no ha habido "entretiempos". La niña, con vestido sin mangas y descalza o con sandalias y yo, con camiseta y falda y con zapatos. Nada pegaba con nada pero, por la noche, todos somos un poco pardos, hasta los gatos.

Nos asomábamos a la puerta y todavía estaba caliente la acera y la pared, a pesar de que ya se había escondido, hacía horas, el sol más inclemente de todo el año. Caminábamos los tres muy juntos porque ninguna masa de aire africano (eso decían en la tele que tenía toda la culpa) iba a interponerse entre nosotros. Al rato de paseo y conversación elegíamos un velador y parábamos. Cuando todo el mundo parecía de vuelta, nosotros no habíamos hecho más que empezar nuestro momento dulce del día. Pedíamos bebidas con hielo y seguíamos mirándonos, riéndonos y charlando. Al poco, la tiranía del reloj de los días de diario nos hacía volver a casa. Lo hacíamos por un camino diferente, a veces el más largo, para seguir paseando.

Cecilia no quería que terminara el mejor momento del día porque, a pesar de que volvíamos a la reclusión doméstica, seguíamos estando juntos y eso para ella significaba que la fiesta continuaba. Se negaba a dormir lejos de nosotros. Con el aire acondicionado puesto buena parte de la noche y el ventilador también, nuestra cama de tres se convertía en una especie de balsa en mitad del océano. Éramos como tres náufragos, rendidos, acalorados y sin ropa, pero tres náufragos felices. La luna iluminaba nuestros cuerpos a través de las rendijas de la persiana y yo volvía a rezar, tiempo después, para que nunca les pasara nada malo a mis compañeros de balsa.


Entonces me quedaba dormida. Así todas las noches con todas sus mañanas hasta que una de ellas, de repente, cuando ya había empezado a lavar, para guardar, todas las mantas de la casa (cuya presencia me molestaba hasta terciadas sobre una silla), me despertó un sonido que me costó reconocer. Salí de la habitación a oscuras y me asomé a otra ventana desde la que contemplé cómo el agua de lluvia empapaba la primera de mis mantas recién lavadas, tendidas la noche anterior, para recordarme que, caray, esto es la primavera.

sábado, mayo 19, 2012

Mi hija y yo, haciendo amigos


Yo casi nunca le pido a ningún personaje que se haga una foto conmigo. Afortunadamente, por mi trabajo, he conocido a algunos que me han resultado muy interesantes y de los que me gustaría haber guardado algún recuerdo de mi encuentro con ellos, pero el pudor siempre me puede. Hoy ha sido diferente. En la Feria del Libro de Sevilla han confluído tres de mis autores predilectos y he querido que Cecilia guarde un recuerdo de este día, en la Plaza Nueva, junto a tres de los escritores preferidos de su mamá (a la que espero que recuerde, entre otras cosas, leyendo).



A Eduardo Galeano, que ha presentado Los Hijos de los Días, lo vimos ayer por la tarde entre la multitud. Eran tantos y llevaban allí tanto tiempo que, desde el sitio en el que estábamos, apenas lo escuchábamos. Además, tuve que darle la merienda a la pequeña y me perdí parte de la presentación de este libro  que contiene reflexiones como ésta, por ejemplo:

El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos. Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano. Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohíbe contar las víctimas de la población invadida. La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos. Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.

Esta mañana, Galeano ha conocido a Cecilia y Cecilia ha conocido a un señor al que su madre no imaginaba tan mayor (una torpeza, porque Las venas abiertas de América Latina tiene ya más de 40 años).





A pocos metros de allí, Luis García Montero escuchaba a la mujer que le dedica todos sus libros. Ella hablaba de "la necesidad de que este país recupere la normalidad" y felicitaba a los lectores sevillanos "por ser tan observadores" en una interesante conversación con su auditorio. García Montero, uno de mis poetas  contemporáneos preferidos, ha querido coger en brazos a Cecilia justo después de que yo empezara a presentarme. No me ha dejado terminar. Tras escuchar mi apellido me ha preguntado: 
-¿Hija de Antonio Jara?-
-¿El de Caja Granada?- Le he contestado- No. Ojalá lo fuera. Tendría más dinero del que tengo ahora.
Y los dos nos hemos reído del tonto malentendido, después de acabar de presentarme. 
Lo que no me he atrevido, hoy tampoco, a contarle es que  he llevado un libro suyo durante meses en mi bolso porque, en un momento determinado de mi vida, ese libro fue mi alimento principal y lo leía compulsivamente. Como una adicción necesaria.


La mujer que le dedica todos sus libros, su mujer, es Almudena Grandes, de la que he leído, entre otros, sus tres últimos libros que dedica a la Guerra Civil y la posterior represión franquista. El Lector de Julio Verne me ha gustado y conmovido tanto como los anteriores. Grego dice ahora, después de escucharla, que está deseando leerlo porque habla de un hijo de Guardia Civil "al que también le regalaban entradas para los toros y fichas para los cacharritos" ( y es que hay cosas que, en las casas-cuartel de España, no han cambiado tanto en los más 40 años que separan a Nino de Gregorio).


Ha sido un día muy especial, por muchas cosas. Porque la lluvia de esta madrugada ha dejado tras de sí un cielo limpio y luminoso y porque mi pequeña familia y yo nos hemos echado a la calle para pasar el día entre libros, escritores y amigos. Porque hemos paseado mucho, hemos comido en abundancia y Cecilia ha disfrutado viendo las palomas y los caballos en el entorno de la Catedral. Por todo eso y porque ahora, que termina el día, Gregorio celebra la victoria del Chelsea de forma especialmente exagerada para que Cecilia ría a carcajadas y yo, que escucho su ataque de risa mientras escribo, pienso en los feliz y afortunada que soy. Literaria y vitalmente.

viernes, mayo 18, 2012

De romería en Rosal

Yo ya no recordaba el calor que hace en Rosal, que es el mismo que hace en Sevilla, sin el plus que da la contaminación. Es un calor que abrasa, quemante y seco. Y, cuanto más alto está el sol, peor. Claro que la sensación de calor, cuando estás nerviosa, es todavía mayor y puede que por eso yo haya pasado tantísimo durante la pasada romería.

Hacía tres años que no acudía a mi cita anual con la gente con la que compartí mis primeros años de vida; pero este año, a pesar del calor y de "cargar" con un bebé, no podía faltar.


Mi tato, el compadre de mis padres, era el Mayordomo. Su mujer, sus hijos, sus cuñadas y mi madre, entre otros, llevaban meses preparando el evento. Han trabajado mucho y muy duro para que todo estuviera listo y no faltara ni un detalle.

Desde semanas antes, en la casa de mis tatos, los trajes nuevos colgaban en el pasillo y la insignia de la Mayordomía estaba colocada justo a la entrada, en una especie de altar romero con espigas y todo (el santo al que se le celebra la Romería es San Isidro).


 Ha sido muy especial y todo ha salido muy bien. Puede que por eso, y por lo querida que me siento siempre en esa familia, todavía hoy, casi un semana después, me dure el sabor dulce del recuerdo de estos días.
 Ha sido la primera cita romera con Cecilia y, aunque quedan muchas más, ésta ha sido especial. Ella ha descubierto que tiene pasión por los caballos y que no le da miedo acercarse y acariciarlos (sufrimiento materno me queda, creo) y yo he comprobado lo de sí que da dejar de beber alcohol y pasar horas de sobriedad y diversión de manera diferente, por ejemplo, con un barreño de zinc cuando más pega el lorenzo.



Con ese momento me quedo. También con las lágrimas, antes de salir, cuando escuchaban nuestras sevillanas o con el ratito, tranquilas, la noche del sábado antes de irnos a dormir. Ha sido una vivencia única por la que no tengo más que dar las gracias, como siempre.



martes, mayo 08, 2012

Tocada

 "Me ha dejado muy tocada", le confesé a Grego cuando nos acostamos. Había escuchado hablar de 30 años de oscuridad, el documental nominado a los Goya llevado a la gran pantalla por La Claqueta, la productora de los amigos de mi amigo Ismael, de los que yo sólo he visto los trabajos audiovisuales caseros de cuando eran estudiantes de Comunicación Audiovisual.

30 años de Oscuridad nos cogió por sorpresa. Yo hubiera elegido otro horario (más luminoso) y otro formato (una pantalla de cine) para disfrutarla, pero fue de noche, de madrugada, y se me clavó tanto que me acosté tocada, tocada de verdad. Pensando en el terror en el que vivieron tantas personas en nuestro país hace no tanto tiempo. Terror que nos llega más por libros o películas que por el testimonio directo de los que lo vivieron porque, en este país, todavía no sé bien por qué, hay cosas de las que no se habla en la mesa y, puede que por eso, encontrarlo así, de repente, en un documental como éste, me lastime todavía más.


La historia de estas otras víctimas de la Guerra Civil y el Franquismo es la historia de hombres que, sin delitos de sangre, vivieron décadas escondidos de la Guardia Civil y de sus vecinos, en un hueco de su propia casa, con el miedo de que su pasado republicano pudiera causarles la muerte. Y mujeres, muchas mujeres, sus esposas, madres e hijas, que los escondieron y tuvieron que sacar adelante, solas, al resto de la familia y hasta procurarles a ellos su plato de comida y su protección. Un estado de terror para volverse locos, como de hecho se volvieron muchos de ellos. No fue el caso de Manuel Cortés, el topo de Mijas, protagonista de la cinta, al que Juan Diego presta voz y rostro, y que, tras 30 años escondido, pudo disfrutar de otros 22 de libertad.

Pero la noche ha dado lugar al día y, entre lo primero que me encuentro, esta entrevista a Almudena Grandes en La Ser con motivo de la reciente publicación de su último libro, El Lector de Julio Verne, que yo ya he disfrutado.

 

Dice la Grandes: " Debajo de nuestros pies hay una épica extraordinaria de héroes,de villanos, de historias de audacia, cobardía, generosidad y mezquindad que han permanecido enterradas durante todos estos años porque la Transición se hizo como se hizo y la memoria de la Resistencia no tuvo cabida en aquel momento en la versión oficial de este país". Completamente de acuerdo. Porque, escondidos, los hombres y mujeres de familias como las de Manuel Cortés o las de Juan y Manuel Hidalgo fueron auténticos héroes de la Resistencia, aunque en el documental algún entrevistado no les otorgue ese honor, ya que vivir escondido parece menos valiente que morir por los valores que defendieron. Y yo no estoy tan de acuerdo con eso. Habría que vivir treinta años sin ver la luz del sol, sin participar en la vida mundana, sin tener más contacto con el mundo exterior que un periódico o una radio para decir eso.

domingo, mayo 06, 2012

Quinto matacarpiano

Grego ha dado un golpe en la mesa desproporcionado y se ha partido la mano. Desproporcionado, digo, porque la desproporción es uno de los rasgos de su personalidad. Es un ser capaz de llevar una vida mesurada hasta que algo, o alguien, le hace entrar en un estado de pasión extremo. Muy pocas veces es furia. En la mayoría de las ocasiones se trata de ternura. Afortunadamente, no se parte la mano cuando nos besa a Cecilia y a mi; cuando nos vamos temprano a la cama para jugar con ella durante horas; cuando le enseña a responder "¿Cómo es la niña?"; cuando, con un abrazo, hace que interrumpa cualquier tarea en casa; cuando logra que viajemos en el tiempo en una conversación a oscuras o cuando dibuja una enorme sonrisa en las fotos que se hace con su hija y que se le nota, aunque esté de espaldas.

Claro que, aunque diez amigos le estén llevando la contraria, si él cree que lleva la razón, es capaz de pegar un desafotunado golpe en la mesa totalmente reprochable, partirse el quinto metacarpiano y aguantar con total dignidad las risitas, burlas y bromas de los mismos amigos al verlo con la mano vendada al día siguiente. Porque es capaz de burlarse de sí mismo y relatar, entre risas, la cara de serio del profesional de urgencias que le vendó la mano en un hospital comarcal a las tantas de la madrugada y que, al enterarse de cómo se produjo la fractura, le espetó, sin apenas mirarle: "La próxima vez, te lo piensas". Pues eso.