viernes, abril 20, 2012

Veinte años de la Expo´92

Mi obsesión eran los carritos motorizados. Quería recorrer aquel recinto, varias veces más grande que mi pueblo, montada en uno de ellos. Mi madre no me dejaba. Decía que valían mucho dinero. Yo estaba obsesionada con ellos, tanto, que llegué a hacerme alguna foto montada en uno. Ahora soy incapaz de saber por qué ejercían sobre mí ese efecto tan atrayente. Puede que porque, a mis nueve o diez años, aquello fuera lo más cerca que iba a estar en mucho tiempo de poder montar en moto.

No llegué a arrancar ninguno y las dos veces que visité la Expo'92 la recorrí a pie, para desgracia de mi padre que todavía no había podido reponerse del esguince de tobillo que se hizo intentando torear una vaquilla. Fue en una fiesta en un tentadero a la que no fuimos los niños. Yo imaginé la valentía de mi padre, el revolcón  por el albero y la herida por asta de toro que lo hacía salir hacia la enfermería de la plaza de mi imaginación al más puro estilo Paquirri. Eso hasta que alguien nos pasó el vídeo de aquella fiesta y descubrí que la vaca apenas era un perro grande al que mi padre no llegó a dar ni un lance antes de caer al suelo, corriendo de espaldas, sin perderle la cara. Un torero de pacotilla que, durante semanas, permaneció con la pierna en alto y al que el dolor le duró meses, casi tantos como duró la Expo.

Teníamos que hacer frecuentes paradas. Seguro que, entre el dolor y el calor, si pudiéramos preguntarle ahora, él no guardaría un buen recuerdo de aquella experiencia. A nosotras no nos importaba nada. Ni el calor, ni las caminatas, ni el elevado precio de las botellas de agua, ni siquiera las colas que yo, en mi década de vida pueblerina, jamás había visto tan grandes. Nos paseábamos por los pabellones con un pasaporte de impostura que llegó a ser nuestro auténtico leit motiv. Empezaron a importarnos cada vez menos los contenidos de los pabellones internacionales y cada vez más completar todos los sellos.

Recuerdo el frescor dentro de las instalaciones y el vapor de agua debajo de las pérgolas. También recuerdo la animación callejera, los fuegos artificiales, ver a Joaquín Prats haciendo un programa de radio en directo y la cabalgata con aquellos carros que parecían amasijos de hierro soltando unas chispas de fuego que, cuando llegaban a mi piel, estaban húmedas. Pero la estrella, para los niños como nosotras, era la mascota. Curro se llevaba los mayores abrazos de la comitiva y no paraba de saludar y abrazar a los más pequeños. Al llegar al pueblo contaba, orgullosa, sin que me preguntaran "Nos ha abrazado Curro", que era la prueba irrefutable no sólo de que había estado en la Expo'92, sino de que mi viaje había valido la pena.


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