lunes, abril 23, 2012

Alessandro-Alejandro



Hoy me he despertado muy temprano por culpa del zumbido de un mosquito que me ha regalado tres hermosas ronchas, una de ellas, en la frente. Mi primer pensamiento ha sido para Alessandro, aunque Alessandro ya es Alejandro. Así lo llama hasta su propia madre desde el pasado sábado, cuando pisó este país. Hoy es su primer día de colegio. Tendrá que pasar 8 largas horas sentado en un pupitre, atendiendo a un maestro y recibiendo unas lecciones que no entiende. Puede que dedique este tiempo de su primer día de clase a observar, uno por uno, a sus compañeros de aula igual que hizo ayer con nosotros, en la sobremesa. Con sus preciosos ojos color almendra debajo de una gorra de la que sólo quiere desprenderse para hacerse esta foto.

Cecilia es la única que comparte con él esa realidad ajena al contenido de las palabras, por eso ayer pasó con ella la mayor parte del tiempo. Porque las sonrisas, las caricias, los besos y los juegos no entienden de idiomas. Alessandro-Alejandro es un niño, como otro cualquiera, de 10 años, pero diferente del resto. Porque, cuando pasen los años y la vida haga de él el hombre que llegará a ser, puede que recuerde que un día, siendo pequeño, se recorrió Europa en un viaje de tres días en autobús al lado de su madre para llegar a un país extranjero, en el que no entendía nada ni conocía a nadie, para quedarse. Que sólo podía conversar con su madre, que le traducía algunas palabras sueltas. Que llegó a una casa, que no se parecía a su casa, y conoció a unas gentes que no se parecían a sus gentes. Sólo espero que, en el relato de su vida, recuerde a mi familia con las sonrisas que ayer todos, mirándole, pintábamos en nuestras caras. 

La vida, a veces, da preciosas oportunidades para ser solidarios y pocas tienen la cara más risueña y los ojos más limpios que un niño de diez años.

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