lunes, abril 30, 2012

Vericuetos

Dice mi prima Virginia, que es de Rosal de la Frontera, que no acaba de gustarle la ciudad en la que vive. Que te mueres de frío cuando hace frío y te mueres de calor en cuanto sale el sol. Que echa de menos el término medio del que disfrutaba cuando vivía en Huelva y el clima te regalaba largos meses, antes y después del verano, en los que pasar tardes enteras de playa. Dice, también, que ya podían ser los granaínos la mitad de agradables que los onubenses. Que allí da gusto ir a la compra porque todo el mundo te conoce por tu nombre, y te saluda. Que aquí, el otro día, le hizo una morisqueta a un bebé y sólo logró que se molestara su madre.

Pero yo he visto en Granada otras cosas que ella, puede que por edad, todavía no valora. Yo he visto en Granada, por ejemplo, salas de cine, de las de toda la vida, con una sola película en cartel. De eso ya no hay en Huelva. Que se lo digan, si no, a mi amiga Ana Sánchez que me confesó la semana pasada, sin sonrojarse, que ella ya no va al cine desde que, para hacerlo, tiene que pisar, sin más remedio, un centro comercial. Ana, que es de mi generación, sí que ha conocido esa forma, diferente y cálida, de disfrutar de una película siendole fiel a una sala de cine. 

Granada tiene muchas cosas para engacharse, aunque ella no lo valore todavía. Vericuetos por los que dejar volar la imaginación y sentirte a gusto. Un plato, una copa y un bar con las paredes llenas de fotografías de artistas flamencos. Un paseo, junto al río, a los pies de La Alhambra donde las parejas se dicen te quiero al oído. Un grupo de alumnos, camino de alguna parte, con el culo y la vista cansadas de pasar las horas en la Facultad de Filosofía y Letras, por ejemplo.

Huelva tiene las suyas, pero son otras, diferentes, casi como la otra cara de una misma moneda emocional por la que perderte y dejar allí la imaginación a barbecho.  

viernes, abril 27, 2012

Granada interior

Granada es un sitio al que volver. Un sitio exterior e interior. Un estado del alma por el que pasear mientras mantienes una agradable conversación y se suceden imágenes confusas de paisajes urbanos preciosos. Granada es todo eso y la sensación de que, en cualquier momento, va a venirte a la cabeza los versos de algún poema de García Montero o un trozo de una seguidilla de Morente.

Granada es un momento de paz, sentada en un banco de pieda, con el murmullo del agua de fondo. Ese momento en el que casi lo olvidas todo: quién eres, qué esperas, en qué país vives y en qué momento histórico (e histérico). Casi. Porque sólo una realidad tan brutal cómo esta es capaz de devolverte de una patada de tu mundo interior a ese otro exterior, más feo aunque también más real.




lunes, abril 23, 2012

Alessandro-Alejandro



Hoy me he despertado muy temprano por culpa del zumbido de un mosquito que me ha regalado tres hermosas ronchas, una de ellas, en la frente. Mi primer pensamiento ha sido para Alessandro, aunque Alessandro ya es Alejandro. Así lo llama hasta su propia madre desde el pasado sábado, cuando pisó este país. Hoy es su primer día de colegio. Tendrá que pasar 8 largas horas sentado en un pupitre, atendiendo a un maestro y recibiendo unas lecciones que no entiende. Puede que dedique este tiempo de su primer día de clase a observar, uno por uno, a sus compañeros de aula igual que hizo ayer con nosotros, en la sobremesa. Con sus preciosos ojos color almendra debajo de una gorra de la que sólo quiere desprenderse para hacerse esta foto.

Cecilia es la única que comparte con él esa realidad ajena al contenido de las palabras, por eso ayer pasó con ella la mayor parte del tiempo. Porque las sonrisas, las caricias, los besos y los juegos no entienden de idiomas. Alessandro-Alejandro es un niño, como otro cualquiera, de 10 años, pero diferente del resto. Porque, cuando pasen los años y la vida haga de él el hombre que llegará a ser, puede que recuerde que un día, siendo pequeño, se recorrió Europa en un viaje de tres días en autobús al lado de su madre para llegar a un país extranjero, en el que no entendía nada ni conocía a nadie, para quedarse. Que sólo podía conversar con su madre, que le traducía algunas palabras sueltas. Que llegó a una casa, que no se parecía a su casa, y conoció a unas gentes que no se parecían a sus gentes. Sólo espero que, en el relato de su vida, recuerde a mi familia con las sonrisas que ayer todos, mirándole, pintábamos en nuestras caras. 

La vida, a veces, da preciosas oportunidades para ser solidarios y pocas tienen la cara más risueña y los ojos más limpios que un niño de diez años.

viernes, abril 20, 2012

Veinte años de la Expo´92

Mi obsesión eran los carritos motorizados. Quería recorrer aquel recinto, varias veces más grande que mi pueblo, montada en uno de ellos. Mi madre no me dejaba. Decía que valían mucho dinero. Yo estaba obsesionada con ellos, tanto, que llegué a hacerme alguna foto montada en uno. Ahora soy incapaz de saber por qué ejercían sobre mí ese efecto tan atrayente. Puede que porque, a mis nueve o diez años, aquello fuera lo más cerca que iba a estar en mucho tiempo de poder montar en moto.

No llegué a arrancar ninguno y las dos veces que visité la Expo'92 la recorrí a pie, para desgracia de mi padre que todavía no había podido reponerse del esguince de tobillo que se hizo intentando torear una vaquilla. Fue en una fiesta en un tentadero a la que no fuimos los niños. Yo imaginé la valentía de mi padre, el revolcón  por el albero y la herida por asta de toro que lo hacía salir hacia la enfermería de la plaza de mi imaginación al más puro estilo Paquirri. Eso hasta que alguien nos pasó el vídeo de aquella fiesta y descubrí que la vaca apenas era un perro grande al que mi padre no llegó a dar ni un lance antes de caer al suelo, corriendo de espaldas, sin perderle la cara. Un torero de pacotilla que, durante semanas, permaneció con la pierna en alto y al que el dolor le duró meses, casi tantos como duró la Expo.

Teníamos que hacer frecuentes paradas. Seguro que, entre el dolor y el calor, si pudiéramos preguntarle ahora, él no guardaría un buen recuerdo de aquella experiencia. A nosotras no nos importaba nada. Ni el calor, ni las caminatas, ni el elevado precio de las botellas de agua, ni siquiera las colas que yo, en mi década de vida pueblerina, jamás había visto tan grandes. Nos paseábamos por los pabellones con un pasaporte de impostura que llegó a ser nuestro auténtico leit motiv. Empezaron a importarnos cada vez menos los contenidos de los pabellones internacionales y cada vez más completar todos los sellos.

Recuerdo el frescor dentro de las instalaciones y el vapor de agua debajo de las pérgolas. También recuerdo la animación callejera, los fuegos artificiales, ver a Joaquín Prats haciendo un programa de radio en directo y la cabalgata con aquellos carros que parecían amasijos de hierro soltando unas chispas de fuego que, cuando llegaban a mi piel, estaban húmedas. Pero la estrella, para los niños como nosotras, era la mascota. Curro se llevaba los mayores abrazos de la comitiva y no paraba de saludar y abrazar a los más pequeños. Al llegar al pueblo contaba, orgullosa, sin que me preguntaran "Nos ha abrazado Curro", que era la prueba irrefutable no sólo de que había estado en la Expo'92, sino de que mi viaje había valido la pena.


lunes, abril 16, 2012

Cazando elefantes

El rey es un elefante. Grande, viejo y cojo. El rey es un elefante. Gris y medio enfermo. En la parte de África donde los elefantes no se cazaban, sino que morían de viejos, no había restos de sus esqueletos. Lo cuenta Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano.
El cómo morían los elefantes era un secreto que los africanos habían guardado frente a los blancos durante mucho tiempo. El elefante es un animal sagrado y también lo es su muerte. Y todo lo sagrado está protegido por el más impenetrable de los misterios. La admiración más grande siempre la había despertado el hecho de que el elefante no tenía enemigos en el mundo animal. Nadie era capaz de vencerlo. Sólo podía morir (tiempo ha) de muerte natural. Esta solía producirse al ponerse el sol, cuando los elefantes acudían a sus abrevaderos. Se detenían en la orilla de un lago o de un río, alargaban las trompas, las sumergían en el agua y bebían. Pero llegaba el momento en que un elefante viejo y cansado ya no podía levantar la trompa y para saciar la sed tenía que adentrarse en el lago cada vez más. Y también cada vez más, sus patas se hundían en el légamo. El lago lo succionaba, lo atraía a sus insondables profundidades. Él, durante un tiempo, se defendía agitándose, intentando liberar las patas de la tenaza del légamo para poder regresar a la orilla, pero su propia masa resultaba demasiado grande y la fuerza del fondo era tan paralizante que el animal, finalmente, perdía el equilibrio, se caía y desaparecía bajo las aguas para siempre

El rey es un elefante. Con la piel casi tan dura como la cabeza. El rey es un elefante y anda tambaleándose. Si quisiera morir de viejo, plácidamente, y abandonarse a las aguas de algún lago o río, no podría. Antes de que llegara ese momento, algún excursionista europeo, puede que él mismo vestido con botas y pantalón corto, le dispararía un tiro que atravesaría su dura piel de elefante. Y moriría, sorprendido, de que haya hombres tan poco civilizados que cazan elefantes sólo por diversión.

P.D. De la aberración de que un rey español cace elefantes se ha dicho ya casi todo en blogs, digitales y redes sociales. Aquí algunos ejemplos:
http://www.elconfidencial.com/opinion/notebook/2012/04/15/historia-de-como-la-corona-ha-entrado-en-barrena-9048/
http://blogs.elpais.com/micropolitica/2012/04/y-si-no-se-hubiera-caido.html
http://cenicientaenpijama.blogspot.com.es/2012/04/reyes-y-circos.html
http://cartasmarcadas.wordpress.com/2012/04/16/no-pienses-en-un-elefante/
http://miguel-gonzalez-quiles.blogspot.com.es/2012/04/14-de-abril-jaque-al-rey.html


Sin embargo, en las noticias, me sorprende que el debate generado se solape con los continuos directos a la puerta de una clínica sobre la evolución clínica del monarca. No creo que detrás de los últimos acontecimientos (imputación de Urdangarín, exclusión de la Casa Real de la nueva Ley de Transparecia, disparo del nieto del rey, de trece años, en su propio pie -14 años es la edad legal para manejar armas de fuego, acompañado de un adulto-  y ahora el accidente en la cacería) esté la preocupación de los ciudadanos por el estado de salud de los Borbones, más bien creo que lo que se está generando es un rechazo a la Monarquía. Y yo que me alegro.

miércoles, abril 11, 2012

El fin de una época


"Este oficio tiene un papel que cumplir en la sociedad, una responsabilidad con los ciudadanos. Un oficio que no debe someterse a la rentabilidad y al éxito, por más que las circunstancias, en ocasiones, parezcan indicar lo contrario. Los valores esenciales de la profesión deben mantener inalterable su vigencia".
Al poco tiempo de empezar a trabajar comencé a cubrir información política. Tenía 23 años y seguía siendo la misma joven de provincias, hija de viuda y nieta de vendedor ambulante. La única diferencia es que, ahora, me paseaba por los pasillos del Palacio de San Telmo, me encontraba con consejeros de la Junta a diario, me conocían por mi nombre en la sede de los partidos políticos, entraba y salía del Parlamento a mis anchas y me invitaban a canapés en hoteles y hasta a almorzar en restaurantes que no podía pagarme.

De mi habla, aunque sin decir mi nombre, Iñaki Gabilondo en su libro El Fin de una Época. Él lo hace hablando de un joven periodista cuando aplica a las relaciones entre periodismo y poder la parábola de Schopenhauer sobre la distancia que han de guardar los puercoespines en invierno para no morir de frío (si están muy lejos) ni herirse con las púas (si están muy cerca). En ese equilibrio de distancia y acercamiento he pretendido moverme en mis años de ejercicio. Sobra decir que a veces lo he conseguido y a veces no. También en mi vida privada me cuesta hacerlo.

"El conocimiento solo se alcanza cuando la información hace carne en ti y eres tú quien la metaboliza con esfuerzo a través de otros procedimientos que permiten entender lo que ocurre".

Acabo de terminar el libro de Iñaki Gabilondo y reconozco que esperaba que fuera más ambicioso aunque no puedo negar que se moja. Reparte a Pedro J. y a Jiménez Losantos y reconoce, sin pudores, su filias socialistas. Nada que no supiéramos. Lo hace novedoso leerlo de su puño y letra. 


"Este oficio sólo tiene sentido si te importa el destinatario". "En esta profesión o tienes fuego o no vales"

Lo realmente interesante del libro es su intención de dirigirlo a los periodistas incipientes y a los jóvenes que deciden entrar en las facultades de comunicación. Le falta, quizá por desconocimiento, algún guiño a la difícil situación laboral de los que trabajadores de los medios de comunicación y no sólo en lo que se refiere a presiones a la hora de informar. Estaba pensando ahora en la precariedad de una profesión donde, mientras se desmorona, seguimos hablando de valores. 
"La rentabilidad se está imponiendo del todo, de la manera que la lógica de las redacciones está siendo completamente sometida a la del gerente; la lógica de la industria de la comunicación se ha apoderado de la comunicación".

Desde que saliera a la luz el texto (marzo de 2011) hasta hoy, he perdido la cuenta de los medios de comunicación que han cerrado (la propia CNN+ o el diario Público, por ejemplo) y los que han despedido a trabajadores (La Voz de Cádiz o Radio Granada, por referir los más inmediatos).


"Mientras unos van al trabajo y otros a buscar trabajo, mientras unos van a la mina y otros al banco, quien se queda de guardia en el periodista para vigilar qué tal se porta el poder".

Yo sí le hablaría de esto al valiente de 18 años que decidiera rellenar la misma matrícula que rellené yo y, además, le regalaría el libro de Gabilondo que tiene referentes tan altos como Montanelli o Kapuscinski, que ahonda en explicar las diferencias entre información y conocimiento, que recomienda machaconamente ceñirnos a nuestros principios éticos, que define éste como un trabajo en equipo y que critica la tendencia al espectáculo en las informaciones y la dificultad que entraña el hecho de que, en un mundo cada vez más complejo, los periodistas tengamos cada vez menos tiempo.

lunes, abril 09, 2012

Mi tía Carmen


Ayer enterramos a mi tía-abuela Carmen. Su muerte deja a mi abuela Maruja como única superviviente del clan Cerero-Hidalgo, esa familia de postguerra que siempre ha presumido de ser de la Fuente Vieja aunque, en Cortegana, se les conozca como "Los Calañeses". Carmen, que era la más pequeña de los seis hermanos, y Diego, con el que se llevaba poco más de un año, fueron separados de sus hermanos y criados por dos hermanas de su madre que no tenían hijos. De aquellos años, Carmen no guardaba un buen recuerdo. Cuando se recordaba a sí misma de pequeña, se veía fregando, subida en una caja porque ni siquiera llegaba al fregadero de la casa de su tía. 

La mayor de los hermanos, Juana, se casó pronto, tuvo muchos hijos, nietos y bisnietos y murió de vieja. Andrés, del que mi abuela guarda un bellísimo retrato en su habitación, falleció sin descendencia cuando no tenía los veinte años y dejó de herencia un gracioso nombre compuesto a un hermano de mi madre. Pedro, que se pasó la primera parte de su vida ayudando con el contrabando a su madre por las sierras que unen Cortegana con Portugal, acabó sus días en Cataluña, donde emigró, como tantos andaluces, en los años 70. Allí siguen sus hijos y nietos. Diego ha sido el penúltimo en fallecer, también ya mayor, y acompañado de sus hijos y nietos.  

Carmen ha llevado una vida literaria, como casi todas las vidas. Los que la han conocido en estos años finales, consumiéndose al mismo ritmo con el que fumaba tabaco negro, no saben que fue una mujer fuerte y preciosa. Trabajó desde joven en uno de los mataderos de Cortegana y esperó, durante doce o trece años, el día de su boda con su novio de toda la vida. Cuando ya no le cabía más ajuar en los cajones, conoció la noticia de que, en su viaje a Mallorca para buscarse una nueva vida que compartir, su prometido había encontrado, de camino, una nueva mujer. Mi madre, que además de llevar su nombre es lo más parecido a una hija que ha tenido mi tía Carmen,  recuerda cómo lloraba mientras le peinaba las trenzas. 

Poco tiempo después llegó a Cortegana Pedro, un joven ciego, delegado de la ONCE. En tres meses contrajeron matrimonio. Vivieron en diferentes pueblos por los que pasearon ella delante y el detrás, agarrado a su hombro. Cuando Pedro murió, cuarenta años después, Carmen volvió a su pueblo sin ser ya ni la sombra de aquella mujer enérgica y bajita que fue en su día.

No tuvo más hijos que los sobrinos de su hermana Maruja, a los que ayer el resto de sobrinos daban el pésame, reconociendo su condición diferente a los ojos de mi tía Carmen. No quiso mucho a los seres humanos, pero adoró a los animales, sobre todo a los perros. Sus últimos afectos los reservó para mi hija y para Elena, la mujer que la ha cuidado estos últimos meses y que logró la hazaña de que dejara el tabaco y volviera a comer a pocas semanas de su muerte. Ahora parece una macabra broma. Lo que nunca perdió fue su amor por mi madre, que la tuvo siempre cerca, por más lejos que viviera, y que estuvo a su lado hasta el último minuto cuando ya no era más que un viejo-bebé, de cincuenta kilos de peso y movilidad nula, al que había que cambiar el pañal.

Mi tía Carmen siempre ha tenido malas pulgas y ha sido una mujer discreta. Lo ha sido hasta para morirse de puro desgaste, de puro aburrimiento, de algo que se escapa a la medicina clínica. El médico internista que certificó su fallecimiento le confesó a mi madre que se "inventaba" la causa de una muerte  que no había sido capaz de diagnosticar después de 10 horas de estudios, pruebas y diferentes reanimaciones. Escribió en el acta una palabra esdrújula, justo en el recuadro destinado a la causa. Lo hizo para evitarnos a la familia las horas de espera de una autopsia que hubiera sido inútil, creo, cuando la muerte no es más que un deseo conseguido.

viernes, abril 06, 2012

Brutalidad y ética.




Hemos encontrado esta foto a la hora del aperitivo en el periódico deportivo del bar. Gregorio ha sido el primero en verla y en quejarse, antes de pasarme el diario, de la crudeza de una imagen que él ya había visto varias veces en diferentes medios. Escuchar a una persona ajena a nuestro oficio quejarse de falta de ética a la hora de publicar una imagen me ha hecho pensar. He cogido el periódico, era el Marca, he visto la foto (creo que era un pie de foto engatillado, es decir, que había muy poquito texto junto a la imagen) y he coincidido en la brutalidad de lo que muestra.
Estaba todavía dandole vueltas a la necesidad, o no, de que un periódico deportivo mostrara esta imagen cuando me he encontrado con esta entrevista a un fotoperiodista y periodista de referencia en nuestro país: Enrique Meneses.


A mí lo que me revienta es que se proteja la digestión de la gente. Los niños que están viendo la televisión en cuanto acaben de comer se van a poner a matar marcianitos o a ver películas de las que mueren mil indios. Están acostumbrados a una especie de muerte artificial, falsa. La muerte es la muerte, después no te levantas y haces otra película. Eso no hay que metérselo en la cabeza a los niños, lo que hay que enseñarles es la realidad.

Eso dice y, claro, no he llegado a conclusión alguna. De repente, ya no he sabido si Gregorio realmente estaba apelando a la ética a la hora de mostrar esa imagen o a su derecho a tomar una cerveza tranquilo sin que, desde las páginas de un periódico, le sacuda una imagen tan brutal, que no es más que el reflejo de una realidad que todavía lo es más.  

lunes, abril 02, 2012

"Rascar donde no pica"

"La ciencia no se detiene y cada vez queda más camino por recorrer. (...) Disfruta de la ciencia como lo haces del arte, la música o la literatura. Es la verdadera aventura intelectual de este siglo."

Así cierra Pere Estupinyá el epílogo de su libro El ladrón de cerebros, en el que se propone "compartir el conocimiento científico de las mentes más brillantes". El que fuera miembro del equipo de Redes ha logrado hacerme disfrutar muchísimo a lo largo de las páginas de este libro, que no son más que el compendio de sus publicaciones en el blog Apuntes científicos desde el MIT.

De todas las disciplinas que recorre, y son casi tantas como podamos imaginarnos cuando pensamos en ciencia, ha habido algunas que me han cautivado más que otras, que me han hecho pensar y hasta sorprenderme de la capacidad del Ser Humano. Por ejemplo, con el nivel al que se está llegando en los estudios genéticos o en neurociencia (y todas las neuros que imaginemos, como la neurofilisofía). Los límites éticos o los constantes roces de la verdad científica con las creencias religiosas son también razones por las que vale la pena leer El ladrón de cerebros.

De todos los campos que Estupinyá refiere en su libro, uno de los que más me ha fascinado ha sido el referente al universo: La antimateria, la posiblidad (más cercana de los que puede parecer) de encontrar vida en planetas lejanos, el entrelazamientom cuántico, las supercuerdas, las dimensiones ocultas... Yo vivía ajena a todos esos conceptos hasta ahora, que "me puse las gafas de la ciencia", tal y como anima el autor.


Ha querido la casualidad que, cuando más apasionada estaba yo en todo esto del universo, hayamos empezado a ver una serie de la que ya somos auténticos fans: The Big Bang Theory, en la que sus cuatro protagonistas son una ficción, en la pantalla, de los científicos con los que yo estaba conviviendo, en el libro.

 Así que, si hoy mismo, alguien me pidiera una recomendación sobre qué leer o qué ver en televisión, lo tendría claro: The Big Bang Theory y El ladrón de cerebros... Y luego, charlamos.