martes, marzo 27, 2012

Teatro

Cuando teníamos 15 o 16 años, representamos una Yerma sin hombres. Éramos cinco amigas, descalzas y vestidas de blanco. El atrezzo lo sacamos de los desvanes de nuestras abuelas. Llegamos, incluso, a hacer una pequeña gira por algunos pueblos de la provincia. Yo, casi 15 años después, ya lo tenía casi olvidado hasta que este fin de semana, mi tía Encarna, que acompañó a mi madre en todos los desplazamientos (mi madre acababa de empezar a volver a conducir), me espetó: "¿Te acuerdas la que liábamos cada vez que teníais que actuar para bajar el lebrillo ése tan grande de casa de tu abuela?". Y yo, que lo tenía casi olvidado, sonreí y recordé que, precisamente, en ese lebrillo empezábamos nuestra adaptación de Yerma. Yo, de rodillas dentro, y las demás echándome agua encima. En uno de los pueblos, creo que fue Almonaster, la vecina que nos dio el agua, la echó tan caliente que me quemé.
Me da mucha pena no recordar ni una sola palabra de aquel texto que destripamos, rehicimos y versionamos destrozando la idea original de García Lorca, aunque sin perder su esencia. Yo hacía de Yerma; Cati, de María, y el resto de papeles se los repartían entre Rocío, Cristina y Miriam. Recuerdo que empezabamos cantando, pero ni de la canción me acuerdo. Lo que no he podido olvidar ha sido esa electricidad que siento en el cuerpo cada vez que disfruto del teatro, aunque haya cambiado mi sitio y ahora prefiera estar al otro lado de la cuarta pared.
Hacer teatro desde pequeña, desde el colegio, ha sido importante para desarrollar el amor que siento por él, pero haber llevado a escena esta obra tan sui géneris de una Yerma que terminaba clavándose un cuchillo ha sido fundamental para comprender su dificultad, hasta en un nivel aficionado.
Hace casi 15 años de esta foto y todavía, cada vez que la miro, siento cierto gusanillo. Por eso, hoy y cada día, ¡Viva el teatro!

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