viernes, marzo 23, 2012

Dificultades

- ¿ Duerme bien?
- Sí. Bueno... Se despierta varias veces en la noche para mamar, pero duerme 12 horas seguidas.
- ¿Todavía le das el pecho?
- Sí.
- ¿Y tú cómo lo llevas?
- Bien. He dejado de trabajar para poder hacerlo.
Es un trozo de una conversación con la pediatra que sustituye a la médico de Cecilia. Mujer de treinta y pocos años que me confesó, poco después, que ella tenía otra bebé, del tiempo de mi hija, a la que había dejado de dar el pecho hacía unas semanas. La conversación terminó, curiosamente, con un "¿Has dejado de trabajar?, eso está bien. Total, así está hoy día todo el mundo". Me dejó tan cortada que ni me esforcé en explicarle lo de la excedencia.
Siguió contándome lo poco que dormía cuando daba el pecho y lo cansada que había terminado. En esa misma consulta, la pediatra titular me había regalado, meses antes, una lata de leche maternizada justo después de haberle confesado yo los inicios tan duros que sufrí con la lactancia. Esta misma semana, en la consulta de enfermería que hay justo al lado, la enfermera pediátrica, que tiene bastante confianza ya conmigo, me preguntó si seguía de excedencia. Le contesté que sí y me replicó: "Incorporate ya, Paloma".
Eché mentalmente cuentas y comprobé que no llevaba ni dos meses en esta situación. Una que, por cierto, no le está costando dinero ni a mi empresa, ni a la seguridad social, ni al erario público. A la única que le cuesta dinero es a mí. Le podía haber soltado cualquier monserga, de las muchas que tengo y en las que creo, que se basan en uno de mis axiomas irrefutables: "Los primeros meses de su vida, Cecilia está mejor con una mamá que le dedique todo su tiempo". (El axioma se reduce a mí y a mi hija, no a todos los hijos y mujeres del planeta, aunque reconozco que sería estupendo que todas pudieran, si quisieran, llevarlo a la práctica.)
Estoy muy satisfecha con el trabajo de las tres profesionales que atienden a Cecilia en el centro de salud pública que nos toca. Además de hacer muy bien su trabajo, son comprensivas, amables y muy cariñosas con mi hija; pero, en estas ocasiones, ma han hecho sentir un "bicho raro". Está claro que, de las que acuden a sus consultas, pocas madres, porque no pueden o no les apetece, siguen ocho meses (y lo que quede) dando el pecho o dejan de trabajar para poder dedicarse a sus hijos. Y lo que está más claro todavía es que estos tiempos y esta sociedad se lo ponen muy complicado a las madres que desean hacerlo. Y es entonces cuando pienso en la mujer de esta foto y me convenzo de la fuerza de la voluntad de cada uno. A lo mejor, nosotras no lo tenemos tan dificil.

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