lunes, marzo 26, 2012

Añoranza

Ayer eché tanto de menos estar en una redacción que, de vuelta a Sevilla, tuve que recrearme en la feliz cara que pone Cecilia cuando duerme, mientras escuchaba las crónicas de los compañeros por la radio. Y sufría cuando fallaba el sonido, cuando se les caía la RDSI, igual que si estuviera al otro lado del transistor y no a éste, como una oyente más. Iba echando mentalmente las cuentas, al 12%, al 32%, al 46%... Esperaba las reacciones de los políticos, que pinchaban en directo, y hasta sonreía pensando en por dónde tiraría yo mi crónica.
Le llaman deformación profesional, pero es pura pasión. Por el periodismo, por la política, por el periodismo político y hasta por un sistema electoral, con más sombras que luces. Es veneno, gusanillo, añoranza y ganas de contar lo que ocurre, de traducir a palabras inteligibles tantos galimatías.
Respiraba hondo y pensaban que vendrán muchas más. En lo que me queda de vida laboral, unas nueve elecciones andaluzas. Si les sumamos las nacionales y municipales, más de 20. Vendrán todas ésas y puede que me cojan trabajando al otro lado del transistor, pero anoche estaba a éste y reconozco el vacío que dejan los nervios que no se pasan y la adrenalina que no se dispara en los momentos más trepidantes.
La última noche electoral en la que trabajé, lo hice con un bebé de siete meses dentro de mí que apenas me dejaba respirar ni sentarme bien en una silla. En la distancia, hasta aquello me pareció deseable. Esta mañana, los datos y los análisis seguían rondando mi cabeza y tenía necesidad de escribir todo, pero me he parado a leer y he descubierto que no soy la única a la que le ocurre.
Ángel Munárriz, por ejemplo, compañero del recién desaparecido diario Público, ha redactado este decálogo que, en el último punto, atina con este sentimiento compartido:

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