viernes, marzo 30, 2012

Poeta

El pasado miércoles se cumplieron 70 años de la injusta muerte de Miguel Hernández, un poeta que nunca cumplió los 32 años pero que dejó una obra poética y un compromiso ideológico que, por distintas razones, siempre me han acompañado en la vida. Puede que, una de ellas, sea haberme criado en Rosal de la Frontera, uno de los pueblos por los que pasó en su desgraciado periplo de cárceles e inmundicia que terminaron con su vida.
Miguel Hernández tiene, además, uno de los poemas que más me conmueve. Desde siempre, pero ahora más que nunca: " Las nanas de la cebolla".

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Decía que me emociona desde siempre, pero ahora más que nunca, después de conocer lo que es tener una hija. Porque las palabras del poeta encierran mucho del calvario por el que estaba pasando él y su familia; uno lejos de los otros y los otros pasando auténtica hambre, de la que pasaron los perdedores. Y, a pesar de la adversidad, esa invitación a defender la risa, me parece una de las actitudes vitales más comprometidas y valientes con la que se puede comprometer una persona.
Hace ya 73 años de este poema pero, como toda obra universal (y la poesía de Miguel Hernández lo es), tiene vigencia en cualquier momento de la historia. Por ejemplo, éste.

jueves, marzo 29, 2012

29-M. Las heridas.

En las estatuas ecuestres, la forma en la que el caballo es representado dice mucho sobre la manera en la que murió el jinete que está encima. Si tuviera las dos sobre el suelo, significaría que falleció de muerte natural. Si tuviera las dos patas alzadas, significaría que el jinete murió en la batalla. En la estatua de El Cid, su caballo tiene una pata alzada. Eso quiere decir, de forma icónica, que falleció a causa de heridas de guerra. No en el campo de batalla, sino más tarde. Justo en la estatua de El Cid ha terminado la manifestación a la que, con motivo de la Huelga General, hemos acudido. Una especie de metáfora del calado que pueden alcanzar las heridas de una reforma laboral con la que estamos en contra. Porque plantea abaratar el despido (también el improcedente); porque debilita el poder sindical en las empresas y, por tanto, el de los trabajadores; porque los empresarios que así lo deseen podrán vulnerar el convenio colectivo si "pactan" otras condiciones con sus trabajadores, y por una larga lista de porques más entre los que yo incluyo (y esto me parece importante) la imposibilidad de que una mujer pueda unir sus horas de lactancia a la baja por maternidad. A partir de ahora, la media hora de lactancia se aplicará diariamente. En mi caso, que trabajo a una hora de casa, eso es completamente incompatible con la lactancia. Es decir, que si tuviera un segundo hijo, lo tendría todavía más difícil para alimentarlo con leche materna en los primeros meses de su vida. Por todo eso y por tantas cosas más, entre ellas la situación de indefensión en la que quedamos, Grego y yo hemos salido a la calle y nos hemos llevado a nuestra hija. En su carro hemos pegado este cartel.
Puede que alguien nos acuse de utilizar a Cecilia. De llevar a una manifestación de importante tinte ideológico a una niña de ocho meses que no sabe ni hablar. Así es. Efectivamente. Hemos llevado a Cecilia a su primera manifestación para que forme parte de la primera Huelga General de su vida. Y, cuando pasen los años, y nos pregunte por qué lo hicimos, le explicaremos las razones, que se resumen en una única: "Lo hicimos por ti. Para que puedas trabajar de forma digna". Espero que nos entienda. Para eso falta todavía mucho. Esta noche, por lo pronto, nos acostamos enormemente satisfechos por haber formado parte de las protestas y haber apelado a nuestra conciencia de clase. Porque siempre seremos trabajadores y hoy, sin acudir a trabajar, lo hemos sido más que nunca.

martes, marzo 27, 2012

Teatro

Cuando teníamos 15 o 16 años, representamos una Yerma sin hombres. Éramos cinco amigas, descalzas y vestidas de blanco. El atrezzo lo sacamos de los desvanes de nuestras abuelas. Llegamos, incluso, a hacer una pequeña gira por algunos pueblos de la provincia. Yo, casi 15 años después, ya lo tenía casi olvidado hasta que este fin de semana, mi tía Encarna, que acompañó a mi madre en todos los desplazamientos (mi madre acababa de empezar a volver a conducir), me espetó: "¿Te acuerdas la que liábamos cada vez que teníais que actuar para bajar el lebrillo ése tan grande de casa de tu abuela?". Y yo, que lo tenía casi olvidado, sonreí y recordé que, precisamente, en ese lebrillo empezábamos nuestra adaptación de Yerma. Yo, de rodillas dentro, y las demás echándome agua encima. En uno de los pueblos, creo que fue Almonaster, la vecina que nos dio el agua, la echó tan caliente que me quemé.
Me da mucha pena no recordar ni una sola palabra de aquel texto que destripamos, rehicimos y versionamos destrozando la idea original de García Lorca, aunque sin perder su esencia. Yo hacía de Yerma; Cati, de María, y el resto de papeles se los repartían entre Rocío, Cristina y Miriam. Recuerdo que empezabamos cantando, pero ni de la canción me acuerdo. Lo que no he podido olvidar ha sido esa electricidad que siento en el cuerpo cada vez que disfruto del teatro, aunque haya cambiado mi sitio y ahora prefiera estar al otro lado de la cuarta pared.
Hacer teatro desde pequeña, desde el colegio, ha sido importante para desarrollar el amor que siento por él, pero haber llevado a escena esta obra tan sui géneris de una Yerma que terminaba clavándose un cuchillo ha sido fundamental para comprender su dificultad, hasta en un nivel aficionado.
Hace casi 15 años de esta foto y todavía, cada vez que la miro, siento cierto gusanillo. Por eso, hoy y cada día, ¡Viva el teatro!

lunes, marzo 26, 2012

Añoranza

Ayer eché tanto de menos estar en una redacción que, de vuelta a Sevilla, tuve que recrearme en la feliz cara que pone Cecilia cuando duerme, mientras escuchaba las crónicas de los compañeros por la radio. Y sufría cuando fallaba el sonido, cuando se les caía la RDSI, igual que si estuviera al otro lado del transistor y no a éste, como una oyente más. Iba echando mentalmente las cuentas, al 12%, al 32%, al 46%... Esperaba las reacciones de los políticos, que pinchaban en directo, y hasta sonreía pensando en por dónde tiraría yo mi crónica.
Le llaman deformación profesional, pero es pura pasión. Por el periodismo, por la política, por el periodismo político y hasta por un sistema electoral, con más sombras que luces. Es veneno, gusanillo, añoranza y ganas de contar lo que ocurre, de traducir a palabras inteligibles tantos galimatías.
Respiraba hondo y pensaban que vendrán muchas más. En lo que me queda de vida laboral, unas nueve elecciones andaluzas. Si les sumamos las nacionales y municipales, más de 20. Vendrán todas ésas y puede que me cojan trabajando al otro lado del transistor, pero anoche estaba a éste y reconozco el vacío que dejan los nervios que no se pasan y la adrenalina que no se dispara en los momentos más trepidantes.
La última noche electoral en la que trabajé, lo hice con un bebé de siete meses dentro de mí que apenas me dejaba respirar ni sentarme bien en una silla. En la distancia, hasta aquello me pareció deseable. Esta mañana, los datos y los análisis seguían rondando mi cabeza y tenía necesidad de escribir todo, pero me he parado a leer y he descubierto que no soy la única a la que le ocurre.
Ángel Munárriz, por ejemplo, compañero del recién desaparecido diario Público, ha redactado este decálogo que, en el último punto, atina con este sentimiento compartido:

Compañía

Bernarda Alba, Madame Bovary y Lady Chatterley llorando, como plañideras, en la cabecera de la cama. A la izquierda, Heathcliff y Catherine, rien en voz baja alguna ocurrencia de Dorian Grey. Al otro lado, Alonso Quijano baila, en camisón, los acordes del sirtaki de Zorba, el Griego. A los pies de la cama, Aureliano Buendía encabeza a una turba de desharrapados y perdedores de guerras que, sombrero en mano, miran al suelo en silencio.
Cuando pasen los años (ojalá sean muchos) y mi cuerpo quede postrado en una cama; cuando me falten las visitas y nadie venga a acariciarme la mano, imaginaré que ellos me acompañan en mi agonía. Volveré a revivir sus historias y dejaré que ellos, y todos los que vendrán, llenen mi última estancia. Con ellos me sentiré, igual que ahora, menos sola.

viernes, marzo 23, 2012

Dificultades

- ¿ Duerme bien?
- Sí. Bueno... Se despierta varias veces en la noche para mamar, pero duerme 12 horas seguidas.
- ¿Todavía le das el pecho?
- Sí.
- ¿Y tú cómo lo llevas?
- Bien. He dejado de trabajar para poder hacerlo.
Es un trozo de una conversación con la pediatra que sustituye a la médico de Cecilia. Mujer de treinta y pocos años que me confesó, poco después, que ella tenía otra bebé, del tiempo de mi hija, a la que había dejado de dar el pecho hacía unas semanas. La conversación terminó, curiosamente, con un "¿Has dejado de trabajar?, eso está bien. Total, así está hoy día todo el mundo". Me dejó tan cortada que ni me esforcé en explicarle lo de la excedencia.
Siguió contándome lo poco que dormía cuando daba el pecho y lo cansada que había terminado. En esa misma consulta, la pediatra titular me había regalado, meses antes, una lata de leche maternizada justo después de haberle confesado yo los inicios tan duros que sufrí con la lactancia. Esta misma semana, en la consulta de enfermería que hay justo al lado, la enfermera pediátrica, que tiene bastante confianza ya conmigo, me preguntó si seguía de excedencia. Le contesté que sí y me replicó: "Incorporate ya, Paloma".
Eché mentalmente cuentas y comprobé que no llevaba ni dos meses en esta situación. Una que, por cierto, no le está costando dinero ni a mi empresa, ni a la seguridad social, ni al erario público. A la única que le cuesta dinero es a mí. Le podía haber soltado cualquier monserga, de las muchas que tengo y en las que creo, que se basan en uno de mis axiomas irrefutables: "Los primeros meses de su vida, Cecilia está mejor con una mamá que le dedique todo su tiempo". (El axioma se reduce a mí y a mi hija, no a todos los hijos y mujeres del planeta, aunque reconozco que sería estupendo que todas pudieran, si quisieran, llevarlo a la práctica.)
Estoy muy satisfecha con el trabajo de las tres profesionales que atienden a Cecilia en el centro de salud pública que nos toca. Además de hacer muy bien su trabajo, son comprensivas, amables y muy cariñosas con mi hija; pero, en estas ocasiones, ma han hecho sentir un "bicho raro". Está claro que, de las que acuden a sus consultas, pocas madres, porque no pueden o no les apetece, siguen ocho meses (y lo que quede) dando el pecho o dejan de trabajar para poder dedicarse a sus hijos. Y lo que está más claro todavía es que estos tiempos y esta sociedad se lo ponen muy complicado a las madres que desean hacerlo. Y es entonces cuando pienso en la mujer de esta foto y me convenzo de la fuerza de la voluntad de cada uno. A lo mejor, nosotras no lo tenemos tan dificil.

lunes, marzo 12, 2012

Fiebre

Segunda noche sin apenas dormir. Tengo un tic en el párpado izquierdo que sólo me late cuando no he dormido lo suficiente. No es una cuestión de tiempo, si no de calidad. Dormir en vela, dormir preocupada, un estado de sueño que no llega a ser tal y que se interrumpe constantemente. Un estado de sueño que experimiento con las primeras fiebres de Cecilia que han llegado relativamente tarde. Pocos bebés, me cuentan y leo, pasan sus primeros siete meses y medio de vida sin subidas bruscas de temperatura.
Mi hija lleva dos noches rondando los 39 grados. Todo tan rápido que nos hemos acostado bien y, hora y media más tarde, su cabeza ardía. Mantener la calma me dicta el sentido común. Paracetamol, compresas húmedas con agua fría y menos abrigo. Hemos logrado luchar contra la fiebre y contra nuestros miedos ("por favor, por favor, que no convulsione") mientras ella pintaba una enorme sonrisa entre sus dos mejillas encendidas.
No ha perdido el hambre, ni la alegría, ni tiene dolor alguno, a pesar de la fiebre y los pitos que se le escuchan. Hoy la verá la pediatra y, supongo, me tranquilizará más. Puede que le mande tomar algún mucolítico o puede que no recete nada y nos diga que las fiebres se deben a los dientecitos. Ya empiezan a notarse dos puntitas blancas, allá a lo lejos de su encía inflamada.
A pesar de su alegría, de no quejarse, ni lloriquear, soy yo la que necesito no separarme de ella. Ayer no lo hice en todo el día. Su padre tampoco. Le tomamos la temperatura más de cien veces, como si formara parte de nuestros juegos. Yo la dormí a mi lado en sus siestas durante el día, burlando a la fiebre; que quiso reaparecer de madrugada para no dejarnos dormir, para dormir preocupados, para dormir en vela. Cuando conseguía hacerlo, tenía pesadillas. En una de ellas me planteaba cuándo volver al trabajo, igual que en la vida real. Al despertar me he dado cuenta de que eran las siete de la mañana de un lunes y que, a esta hora, yo ya estaría lejos de Cecilia y sus primeras fiebres. Trabajando, con la cabeza puesta en cosa, como tantas madres y padres trabajadores. Me he convencido de que está bien lo que hago, de que no hay prisa. Estar junto a ella soportando la primera de las muchas fiebres que vendrán, vale la pena. Besarla, acariciarla, cuidarla y disfrutar de su sonrisa como si no pasara nada, me tranquilizan.
Ahora ella duerme el tirón más largo de esta segunda noche en vela y yo llevo dos horas despierta, vigilante, descubriendo esta cara diferente de la responsabilidad y el cariño.

jueves, marzo 08, 2012

Privilegios

Privilegio es tener los amigos que tengo, la familia que tengo.
Privilegio es tener poco dinero y muchas ganas de vivir.
Privilegio es vivir donde vivimos, que luzca el sol que luce y nos animemos a pasar un día de fiesta en el campo.
Privilegio es disfrutar del aire puro, la comida y las risas.
Privilegio, también, que venga un amigo, creativo y con talento, y nos regale su tiempo y nosotros a él nuestros instantes. Privilegio que él los sepa convertir en las preciosas fotografías que tiene en su cabeza. Privilegio es recibirlas, mirarlas y sentirme enormemente privilegiada.

miércoles, marzo 07, 2012

Karanka

En la vida todo deberíamos tener a mano un Karanka al que sacar a hablar cuando la cosa no nos conviene. O cuando se pone incómoda. O cuando, simplemente, estamos cansados o nos aburre contestar.
Nuestro Karanka podría responder las incómodas preguntas de esos conocidos que te paran por la calle y quieren ponerse al día de tu vida. Ésos que no conocen el límite de la impertinencia. Nosotros, mientras, podemos estar bebiendo una cervecita en el bar de al lado.
Si hay que atender a una visita inesperada, podríamos hacer que nuestro Karanka saliera a recibirla, le pusiera bizcocho, café y una sonrisa, mientras nosotros leemos tranquilamente sobre la cama, a puerta cerrada, en pijama y bata.
Podríamos enviar a nuestro Karanka a realizar todas esas aburridas tareas burocráticas, que a mi personalmente me sacan de quicio. Que rellene formularios y guarde número mientras nosotros paseamos por la orilla del río, levantando el rostro al sol.
Yo pondría a mi Karanka a soportar ciertas ruedas de prensa de políticos que se tiran más de una hora dándole vueltas a tres ideas que repiten hasta la saciedad. Mientras yo podría estar sacando otros temas que me interesaran más a mi y a la ciudadanía y que requieran más tiempo para elaborarlos y se encuentren fuera de la agenda.
Y si una noche tu pareja tiene ganas de marcha y tú ninguna, ya no hace falta que digas eso de "me duele la cabeza" o "no me encuentro bien". Ahora bastaría con que le dijeras: "Cariño, dejame dormir que ahí tienes a Karanka".

domingo, marzo 04, 2012

Nuestro primer carnaval

Ayer fue la primera vez que nos disfrazamos con Cecilia. Ella llevaba mi primer disfraz y nosotros, los de mis padres. Casi 30 años después, los lucimos con la misma ilusión.

viernes, marzo 02, 2012

La culpa

El día del parto no sólo ganamos un hijo, también nos llevamos a casa un desmesurado sentido de la culpa. Viene implícito con la maternidad. Si ya de por sí la culpa es un sentimiento más femenino que masculino, la maternidad lo acrecienta hasta límites insospechados. Culpa porque llora, culpa cuando se calma por no haberle sabido cortar el llanto antes, culpa si no come, culpa si come demasiado, culpa por cogerle en brazos, culpa por dejarlo llorar en la cuna, culpa por sacarlo de paseo, culpa por no sacarlo de casa, culpa porque tiene hambre, culpa porque tiene sueño....
Podías haber sido hasta ahora una mujer libre de toda culpa. No importa. El sentimiento te sobreviene el mismo día del nacimiento y puede que no te abandone en años, en lustros, en decenios... Puedes que arrastres la culpa hasta el momento mismo de ver salir a tu hijo por la puerta, con sus maletas, para volver a casa de visita.
En el club de las madres recientes, a menudo bromeo sobre el concepto de culpa. Lo hago cuando una de mis amigas me cuenta, conteniendo las lágrimas, que tiene que dejar de dar el pecho a su niña de casi cuatro meses, que no para de llorar de hambre. Vuelvo a hacerlo cuando otra baraja, entre las posibles causas del resfriado de su bebé, un exceso de mantas y de calor doméstico. Si hay que dejarlo en la guarde, si se nos ha estreñido, si tiene diarreas... Por mi culpa, por mi culpa, por mi santa culpa....
Ninguno de nuestros hijos va a quedar marcado para siempre por tener moquitos al mes de vida, ni por haber llorado por hambre durante algunas tardes, ni por haberse hecho un chichón cuando aprendía a andar. Eso es seguro porque ninguno de los adultos que leemos esto lo recordamos y seguro que lo vivimos. Lo ideal sería que no guardaran tampoco la imagen de sus madres sintiéndose culpables de absolutamente todo lo que les pasó, por acción u omisión.
Me he propuesto luchar contra la culpa, desproveer de este sentimiento mi experiencia como madre reciente y ayudar a mis amigas a que también se libren de él. El objetivo me parece importante: que nuestros hijos disfruten de sus madres como mujeres libres y valientes.