jueves, octubre 13, 2011

La vida a cambio

La niña Cecilia y yo tenemos algunos pactos en los que basamos la convivencia. No los rompemos y cada vez nos va mejor. Nos hacemos falta para sobrevivir. La una a la otra. Yo le ofrezco, con mi pecho, su alimento y su calma, y ella me ofrece su sonrisa cada vez que me ve, la suavidad de su piel y la alegría los martes cuando veo como sube la báscula. Yo le cambio los pañales, la lavo suavemente y cuido de que su ropita y sus sábanas estén siempre limpias y ella me mira fijamente, tanto que parece que quiere hablarme y a mí se me pone la piel de gallina.
La niña Cecilila llora porque no es capaz de dormirse sola y yo la acurruco contra mi pecho y pego mi cara a la suya, le susurro palabras o canciones y ella se queda dormida con la mayor expresión de paz que he visto nunca. Yo la paseo junto a mi cuerpo y ella lo acepta y descansa su cabeza sobre mi pecho para que nuestros cuerpos vuelvan a ser uno sólo durante el trayecto.
La niña Cecilia mira a su padre, le regala la mejor de sus sonrisas y una incipiente carcajada y a mí se me llenan los ojos de lágrimas porque no sabía que esta felicidad doméstica iba a ser la mayor de las felicidades.
La niña Cecilia duerme, de un tirón, toda la noche y yo me tumbo en la cama, pienso en lo que he vivido a su lado a lo largo del día y me quedo dormida con su recuerdo y una sonrisa.

2 comentarios:

Chechita dijo...

Ains! Que cosa tan bonita Paloma! Jo, por que tengo que sed tan joven! Quiero tener un bebito yo tambien!jiji

María José Carmona dijo...

No sabes cómo me alegra sentirte tan feliz. No dejes escapar ni una milésima de segundo de estos días. Exprímelos y disfrutalos porque son un tesoro que debes guardar con el mejor de los recuerdos. Besos para los tres.