lunes, septiembre 19, 2011

Un capítulo de Blossom

Todo paraba. Da igual lo que estuviéramos haciendo. No había tarea del colegio ni conversación lo suficientemente poderosa como para que no se interrumpiera a la hora en la que sonaba la musiquilla con su letra "Qué nos traerá el futuro, qué puede adivinar..." Un capítulo de Blossom, esa chica fea de familia desestructurada, con un hermano guapo y tonto y otro feo y ex-drogadicto, formaba parte fundamental de nuestro ocio. Y yo casi lo tenía ya olvidado hasta que hace unos días un amigo del colegio hizo, debajo de la siguiente foto, este comentario: "No veas lo bien que nos lo pasábamos antes. Quien pudiera volver a ese momento de inocencia en el que la única preocupacion era no perdernos el proximo capitulo de Blosom . Jajaja."
La foto es de mi excursión de fin de curso. Así le llamábamos al único viaje que hacíamos en todos nuestros años de colegio, justo antes de terminarlo. Un colegio, por cierto, que era (y es) tan pequeño que teníamos que juntar dos cursos para la cosa saliera asequible. Por eso yo hice este viaje en séptimo. Soy, precisamente, la séptima por la izquierda; de pie con una gorra roja estupidamente puesta hacia atrás. Recuerdo que me la puse así para la foto, intentando emular a la novena por la izquierda, Tere Cardoso, que era, de todas, la más guapa del colegio. Me hace gracia lo del pique con Tere y más gracia todavía ver las ridículas gorritas del resto. Se llevaban aquel año las viseras con chapa. Los adultos se reían de esa moda y ahora entiendo por qué.
Yo tengo muy pocos recuerdos de aquellos años, como digo. De aquel viaje, en concreto, ninguno. Dicen que tenemos la peor crisis económica del historia de la Democracia, pero lo cierto es que los niños de mi colegio se hacen ahora unos viajes alucinantes y yo lo más lejos que llegué fue a Torremolinos. Y eso que nos hartamos de vender camisetas, mantecaos, papeletas y hasta de organizar fiestas. Todo para llegar a Málaga en autobús, quedarnos en un hotel setentero, pasar un día en un parque acuático y otro en el Tívoli que a nosotros nos parecía la mayor aventura de nuestra vida.
Pero es que eran años de eso, de ilusionarse con poco y disfrutarlo todo mucho, con mucha intensidad. Tanto las amistades, como las enemistades. De esperar las fiestas, de apasionarse con cualquier cosa, de descubrirlo todo, de no dormirse nunca, de estar siempre al día de lo que ocurría entre tus amigos, del megusta-nomegusta o de utilizar expresiones como "querer rollo" o "pedir salir"que creo que han desaparecido ya completamente del castellano. Años de frivolidad en los que éramos capaces de pararlo todo por una simple serie americana.

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