sábado, septiembre 03, 2011

Relojes

Uno de mis primeros novietes de juventud tuvo la genial idea de romper conmigo un 14 de febrero. Y tan genial fue esa idea que, encima, como para evitarme el mal trago, me tenía un regalo. Un reloj. Yo tenía entonces unos 14 años, quizá 15, y ya para siempre juré y perjuré que ningún otro novio me regalaría nunca ningún reloj, que para mí se convirtió en un regalo funesto.
Pero tuvo que llegar Grego, unos meses después de aquella grotesca escena, en nuestro primer día de Reyes, a romper el maleficio. Me regaló un precioso reloj azul y yo le puse una cara rara. La que se pone cuando crees que, otra vez, van a dejarte. Pero no me dejó aquel día, ni al siguiente... Y los días, las semanas, los meses y los años se sucedieron y él siguió regalándome relojes todas las veces que le dio la gana. Y yo los he llevado todos en la muñeca de la mano que le iba dando.
Mi muñeca llevaba ya algunos meses desnuda, así que el último de los relojes regalados me ha llegado en este cumpleaños, en el que yo ya no esperaba nada porque consideraba que ya tenía suficiente. Una sorpresa, acompañada por otra: El último disco de Javier Ruibal.
Suena Sueño, un disco de lujo, con una edición de lujo y suena tan bien y tan bonito que yo viajo, mientras Grego y la niña duermen la siesta, a Cádiz, a La Habana, a Granada, al Serengueti, al Sahara, al concierto que tanto disfruté y hasta a ese territorio común que compartimos todos los que hemos conocido el amor caliente de los que nos tocamos, nos besamos y nos susurramos.

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