viernes, septiembre 16, 2011

La luna

(Silencio.)

Calígula: Era difícil de encontrar.

Helicón: ¿El qué?

Calígula: Lo que yo quería.

Helicón: ¿Y qué es lo que querías?

Calígula: (sigue con naturalidad) La luna.

Helicón: ¿Qué?

Calígula: Sí, quería la luna.

Helicón: ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

Calígula: Bueno… Es una de las cosas que no tengo.

Helicón: Claro. ¿Y ya está todo resuelto?

Calígula: No, no he podido conseguirla.

Helicón: ¡Qué lástima!

Calígula: Sí, por eso estoy cansado.

La luna es, para algunas personas de mi entorno, algo que no se puede mirar. Para ellas, no importa coger la luna, si no que ella te coja a ti. Un malestar general, una jaqueca o un dolor de ojos son síntomas claros de que "te ha cogido la luna". Por eso pasan las noches de su vida con miedo a mirarla, desviando la vista si es que la luna se cruza con ellas.
Para sanarse sólo hay un remedio: "Curarse la luna". Sólo algunos saben el rito y suelen ser mujeres. Una oración, de tradición oral, que pasa de generación en generación. La luna solo te la puede curar alguien mayor que tu, nunca más joven porque entonces la cura no sirve.
Las expresiones "me ha cogido la luna" o "voy a que Fulanita me cure la luna" las he escuchado desde que era pequeña. Creo que, en los primeros compases de mi vida, yo también llegué a temerle y apenas la miraba. De hecho conozco a pocas mujeres mayores que la miren sin reparos. Recuerdo, incluso, que cuando tenía diez u once años, la abuela de unos vecinos me "curó la luna" un día que yo llegué a la casa con dolor de cabeza. Recuerdo algo de la oración, pero muy poco, y me recuerdo a mi misma, cerrando los ojos sin preocuparme entonces la falta de rigor científico de un juego que a mi me estaba divirtiendo. La mujer que "me la curó", María, me dijo que tenía que aprenderlo para poder luego yo curar a otras mujeres más jóvenes. Salí de la casa con el mismo dolor de cabeza y sin recordar las palabras empleadas por ella, pero con la sensación de haber participado en algo secreto. Ahora sé que, a pesar de mi escepticismo de entonces y de ahora, me introduje en una tradición de siglos que, a pesar del avance del tiempo, se sigue guardando en mi tierra.

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