lunes, septiembre 26, 2011

Gigantes

Mi tío Salva es un gigante. Siempre lo ha sido. No por sus dimensiones físicas, más bien por sus dimensiones vitales. Una de las personas de mi mundo que más a gala lleva su compromiso con la alegría. Capaz de hacer una broma de cualquier cosa, hasta de los dedos que ya no lucen en su mano desde que hace unos días un accidente en su carpintería a punto haya estado de dejarle sin mano izquierda.
Pero Salva siempre ha sido un gigante y ha pintado una enorme sonrisa en su cara de la que arranca ocurrentes comentarios y poderosas carcajadas, más fuertes y sonoras que cualquiera de las pérdidas que ha tenido que ir superando a lo largo de su vida. Un gigante, con capacidad para escuchar y consolar a los demás con esos ojos abiertos y brillantes, que decidió un buen día ganarse la vida con sus manos. Y así lo ha hecho, desde siempre. Y de sus manos se ha valido también para sus aficiones y para sus afectos: la caza, la guitarra, las caricias a su mujer, los paseos a su hijo o los abrazos a sus sobrinas. Y tan gigante es y tan comprometido está con la alegría que sabe a ciencia cierta que sus manos seguirán estando ahí, aunque una no vuelva a
estar como antes. Porque, al final, las ausencias y las presencias son cosa de nuestra mente.
Este gigante de gigante sonrisa también tiene una personalidad volátil, casi etérea. Yo vivía con el miedo de que, cualquier día, saliera volando en una de sus carcajadas. Temí que desaprendiera cómo se anda sobre el suelo que pisamos las personas normales o que olvidara los hábitos mundanos y un buen día, puede que un lunes, se quedara a vivir para siempre en el limbo de los gigantes, repasando las notas de Radio Futura, como hacía cuando tenía veinte años. Dicen que tienes veneno en la piel... Justo entonces se enamoró de una mujer. Y resultó que eligió una compañera que le dio a su vida el equilibrio que le faltaba; el orden, la independencia y la compañía que ni él sabía que le hacían tanta falta. Una mujer que estos días demuestra que ella también era una gigante, porque sólo con dimensiones vitales de gigantes se pueden soportar ciertas cargas.
Y de esta unión de gigantes nació otro, todavía mayor que ellos, que es capaz de que todo duela menos con una sola de sus sonrisas. Yo siempre he adorado a mi tío Salva. Ha habido momentos de mi vida en los que lo he echado mucho de menos, puede que porque viera, a través de él, al hermano que perdió, tan parecidos como han sido desde niños. Pero este juego de ausencias y presencias me lo ha devuelto, puede que porque nunca se alejara tanto. Salva me ha acompañado siempre, unas veces más cerca y otras más lejos. En noches de juerga y noches de velatorio, que son dos de los momentos donde mejor se prueban las amistades.
Ahora sé que Salva es fundamental para que Cecilia llegue a ser la persona que será. De él podrá aprender las dimensiones de los gigantes y puede que se le pegue algo de su carcajada y su optimismo a prueba de accidentes laborales.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho lo que has escrito de tito Salva,tan solo una apreciacion si me lo permites y es que a tito nunca le falto ni equilibrio, ni orden, ni compañía porque de eso nos encargamos nosotros (mi casa). Aunque estoy totalmente deacuerdo en que Mari Paz es la mejor de las mujeres y de las titas...jejeje!!!!un beso.

Anónimo dijo...

Soy Macarena, que se me habia olvidado ponerlo.

Anónimo dijo...

Un abrazo muy grande para esos 2 gigantes.
Javi Anarte