viernes, septiembre 30, 2011

Sala V

Esta semana he estrenado la mochila en la que portear a Cecilia. Tenía tantas ganas de estrenarla que lo he hecho, sin darme apenas cuenta de que, en Sevilla, aunque el almanaque diga que es otoño, sigue siendo verano. Salí de casa, crucé el puente y callejeé por las calles del centro. Cecilia dormía sobre mi pecho y, de repente, apareció ante mi el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Entré, disfruté del frescor de sus patios en los que apenas me paré porque iba buscando esta sala, la quinta.
En ella se esconden algunos de los tesoros de este museo que más me gustan: Los cuadros de Murillo.
Caminé por la galería, disfruté con las inmaculadas y con el San Antonio. Besaba la cabecita de Cecilia que seguía durmiendo, más fresquita que en la calle y completamente ajena a lo que tenía ante ella. De repente, todo iba mejor, todo era más bello. Salí del museo y, de camino al trabajo de Grego para que viera a su hija, pensé que ojalá nunca tenga que contarle que hubo un día en que disfrutar de estas maravillas era gratis para los sevillanos. Eso querrá decir que, a pesar de lo que nos espera por delante, la Cultura y el Arte siguieron siendo apuestas importantes para nuestros gestores.

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