viernes, septiembre 23, 2011

Afectos

Mi hija lleva los apellidos de dos personas a las que jamás conocerá: Mi padre y el padre de Grego. Díaz Jara. En ninguno de sus documentos aparecerá jamás los apellidos de sus abuelas. Cosas de la costumbre y de la legalidad que nada entienden de afectos y de cariño. Porque, a estas alturas de la historia, yo ya sé lo importante que es mi hija para esas dos mujeres y lo importante que ellas lo serán para esta niña, aunque no se lea, en ningún lado, los apellidos Rabadán ni Muñiz junto al nombre de Cecilia.
Tampoco se ha ligado nunca con mi nombre el apellido de la única abuela que he conocido, Maruja Cerero, y que es una de las personas que más quiero en este mundo, aunque querer a una abuela no tiene mucho mérito. Lo difícil sería no quererla, sobre todo cuando te ha acompañado en todos los momentos de tu vida y te ha transmitido más cariño, incluso, que a sus propios hijos.
Pensaba en esta cuestión de los apellidos y en la injusticia que encierran, que tampoco es tanta porque, aunque no haya una palabra que recuerden administrativamente el vínculo entre abuelas y nieta, siempre estará el recuerdo del cariño y la ternura que hay (y habrá) entre mi hija y nuestras madres.

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