viernes, septiembre 30, 2011

Maternidad

El día de mi cumpleañpos, mi abuela Maruja me regaló esta medalla de oro. Ella me dijo que era "la medalla de las madres" y mi propia madre me dijo que a ella también se la regaló. A mí no me gustan las joyas de oro pero me emocionó este regalo. Ni sabía que existía. La observé atentamente. Por una de sus caras, una madre alza a un bebé en brazos y se lee "Cariño de madre, milagro de amor". La otra cara dibuja una balanza desequilibrada del lado "dar mucho", la otra parte de la balanza es "pedir poco". No sé si es porque me la ha regalado mi abuela, por la originalidad de la joya o porque esto de la maternidad me tiene más sensible de la cuenta, pero esta mañana, mientras Cecilia duerme, me he acordado del mensaje de la medalla y he recordado estos dos meses (los más felices y angustiosos de mi vida) mientras cantaba esta canción:

Sala V

Esta semana he estrenado la mochila en la que portear a Cecilia. Tenía tantas ganas de estrenarla que lo he hecho, sin darme apenas cuenta de que, en Sevilla, aunque el almanaque diga que es otoño, sigue siendo verano. Salí de casa, crucé el puente y callejeé por las calles del centro. Cecilia dormía sobre mi pecho y, de repente, apareció ante mi el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Entré, disfruté del frescor de sus patios en los que apenas me paré porque iba buscando esta sala, la quinta.
En ella se esconden algunos de los tesoros de este museo que más me gustan: Los cuadros de Murillo.
Caminé por la galería, disfruté con las inmaculadas y con el San Antonio. Besaba la cabecita de Cecilia que seguía durmiendo, más fresquita que en la calle y completamente ajena a lo que tenía ante ella. De repente, todo iba mejor, todo era más bello. Salí del museo y, de camino al trabajo de Grego para que viera a su hija, pensé que ojalá nunca tenga que contarle que hubo un día en que disfrutar de estas maravillas era gratis para los sevillanos. Eso querrá decir que, a pesar de lo que nos espera por delante, la Cultura y el Arte siguieron siendo apuestas importantes para nuestros gestores.

lunes, septiembre 26, 2011

Gigantes

Mi tío Salva es un gigante. Siempre lo ha sido. No por sus dimensiones físicas, más bien por sus dimensiones vitales. Una de las personas de mi mundo que más a gala lleva su compromiso con la alegría. Capaz de hacer una broma de cualquier cosa, hasta de los dedos que ya no lucen en su mano desde que hace unos días un accidente en su carpintería a punto haya estado de dejarle sin mano izquierda.
Pero Salva siempre ha sido un gigante y ha pintado una enorme sonrisa en su cara de la que arranca ocurrentes comentarios y poderosas carcajadas, más fuertes y sonoras que cualquiera de las pérdidas que ha tenido que ir superando a lo largo de su vida. Un gigante, con capacidad para escuchar y consolar a los demás con esos ojos abiertos y brillantes, que decidió un buen día ganarse la vida con sus manos. Y así lo ha hecho, desde siempre. Y de sus manos se ha valido también para sus aficiones y para sus afectos: la caza, la guitarra, las caricias a su mujer, los paseos a su hijo o los abrazos a sus sobrinas. Y tan gigante es y tan comprometido está con la alegría que sabe a ciencia cierta que sus manos seguirán estando ahí, aunque una no vuelva a
estar como antes. Porque, al final, las ausencias y las presencias son cosa de nuestra mente.
Este gigante de gigante sonrisa también tiene una personalidad volátil, casi etérea. Yo vivía con el miedo de que, cualquier día, saliera volando en una de sus carcajadas. Temí que desaprendiera cómo se anda sobre el suelo que pisamos las personas normales o que olvidara los hábitos mundanos y un buen día, puede que un lunes, se quedara a vivir para siempre en el limbo de los gigantes, repasando las notas de Radio Futura, como hacía cuando tenía veinte años. Dicen que tienes veneno en la piel... Justo entonces se enamoró de una mujer. Y resultó que eligió una compañera que le dio a su vida el equilibrio que le faltaba; el orden, la independencia y la compañía que ni él sabía que le hacían tanta falta. Una mujer que estos días demuestra que ella también era una gigante, porque sólo con dimensiones vitales de gigantes se pueden soportar ciertas cargas.
Y de esta unión de gigantes nació otro, todavía mayor que ellos, que es capaz de que todo duela menos con una sola de sus sonrisas. Yo siempre he adorado a mi tío Salva. Ha habido momentos de mi vida en los que lo he echado mucho de menos, puede que porque viera, a través de él, al hermano que perdió, tan parecidos como han sido desde niños. Pero este juego de ausencias y presencias me lo ha devuelto, puede que porque nunca se alejara tanto. Salva me ha acompañado siempre, unas veces más cerca y otras más lejos. En noches de juerga y noches de velatorio, que son dos de los momentos donde mejor se prueban las amistades.
Ahora sé que Salva es fundamental para que Cecilia llegue a ser la persona que será. De él podrá aprender las dimensiones de los gigantes y puede que se le pegue algo de su carcajada y su optimismo a prueba de accidentes laborales.

viernes, septiembre 23, 2011

Afectos

Mi hija lleva los apellidos de dos personas a las que jamás conocerá: Mi padre y el padre de Grego. Díaz Jara. En ninguno de sus documentos aparecerá jamás los apellidos de sus abuelas. Cosas de la costumbre y de la legalidad que nada entienden de afectos y de cariño. Porque, a estas alturas de la historia, yo ya sé lo importante que es mi hija para esas dos mujeres y lo importante que ellas lo serán para esta niña, aunque no se lea, en ningún lado, los apellidos Rabadán ni Muñiz junto al nombre de Cecilia.
Tampoco se ha ligado nunca con mi nombre el apellido de la única abuela que he conocido, Maruja Cerero, y que es una de las personas que más quiero en este mundo, aunque querer a una abuela no tiene mucho mérito. Lo difícil sería no quererla, sobre todo cuando te ha acompañado en todos los momentos de tu vida y te ha transmitido más cariño, incluso, que a sus propios hijos.
Pensaba en esta cuestión de los apellidos y en la injusticia que encierran, que tampoco es tanta porque, aunque no haya una palabra que recuerden administrativamente el vínculo entre abuelas y nieta, siempre estará el recuerdo del cariño y la ternura que hay (y habrá) entre mi hija y nuestras madres.

lunes, septiembre 19, 2011

Un capítulo de Blossom

Todo paraba. Da igual lo que estuviéramos haciendo. No había tarea del colegio ni conversación lo suficientemente poderosa como para que no se interrumpiera a la hora en la que sonaba la musiquilla con su letra "Qué nos traerá el futuro, qué puede adivinar..." Un capítulo de Blossom, esa chica fea de familia desestructurada, con un hermano guapo y tonto y otro feo y ex-drogadicto, formaba parte fundamental de nuestro ocio. Y yo casi lo tenía ya olvidado hasta que hace unos días un amigo del colegio hizo, debajo de la siguiente foto, este comentario: "No veas lo bien que nos lo pasábamos antes. Quien pudiera volver a ese momento de inocencia en el que la única preocupacion era no perdernos el proximo capitulo de Blosom . Jajaja."
La foto es de mi excursión de fin de curso. Así le llamábamos al único viaje que hacíamos en todos nuestros años de colegio, justo antes de terminarlo. Un colegio, por cierto, que era (y es) tan pequeño que teníamos que juntar dos cursos para la cosa saliera asequible. Por eso yo hice este viaje en séptimo. Soy, precisamente, la séptima por la izquierda; de pie con una gorra roja estupidamente puesta hacia atrás. Recuerdo que me la puse así para la foto, intentando emular a la novena por la izquierda, Tere Cardoso, que era, de todas, la más guapa del colegio. Me hace gracia lo del pique con Tere y más gracia todavía ver las ridículas gorritas del resto. Se llevaban aquel año las viseras con chapa. Los adultos se reían de esa moda y ahora entiendo por qué.
Yo tengo muy pocos recuerdos de aquellos años, como digo. De aquel viaje, en concreto, ninguno. Dicen que tenemos la peor crisis económica del historia de la Democracia, pero lo cierto es que los niños de mi colegio se hacen ahora unos viajes alucinantes y yo lo más lejos que llegué fue a Torremolinos. Y eso que nos hartamos de vender camisetas, mantecaos, papeletas y hasta de organizar fiestas. Todo para llegar a Málaga en autobús, quedarnos en un hotel setentero, pasar un día en un parque acuático y otro en el Tívoli que a nosotros nos parecía la mayor aventura de nuestra vida.
Pero es que eran años de eso, de ilusionarse con poco y disfrutarlo todo mucho, con mucha intensidad. Tanto las amistades, como las enemistades. De esperar las fiestas, de apasionarse con cualquier cosa, de descubrirlo todo, de no dormirse nunca, de estar siempre al día de lo que ocurría entre tus amigos, del megusta-nomegusta o de utilizar expresiones como "querer rollo" o "pedir salir"que creo que han desaparecido ya completamente del castellano. Años de frivolidad en los que éramos capaces de pararlo todo por una simple serie americana.

viernes, septiembre 16, 2011

La luna

(Silencio.)

Calígula: Era difícil de encontrar.

Helicón: ¿El qué?

Calígula: Lo que yo quería.

Helicón: ¿Y qué es lo que querías?

Calígula: (sigue con naturalidad) La luna.

Helicón: ¿Qué?

Calígula: Sí, quería la luna.

Helicón: ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

Calígula: Bueno… Es una de las cosas que no tengo.

Helicón: Claro. ¿Y ya está todo resuelto?

Calígula: No, no he podido conseguirla.

Helicón: ¡Qué lástima!

Calígula: Sí, por eso estoy cansado.

La luna es, para algunas personas de mi entorno, algo que no se puede mirar. Para ellas, no importa coger la luna, si no que ella te coja a ti. Un malestar general, una jaqueca o un dolor de ojos son síntomas claros de que "te ha cogido la luna". Por eso pasan las noches de su vida con miedo a mirarla, desviando la vista si es que la luna se cruza con ellas.
Para sanarse sólo hay un remedio: "Curarse la luna". Sólo algunos saben el rito y suelen ser mujeres. Una oración, de tradición oral, que pasa de generación en generación. La luna solo te la puede curar alguien mayor que tu, nunca más joven porque entonces la cura no sirve.
Las expresiones "me ha cogido la luna" o "voy a que Fulanita me cure la luna" las he escuchado desde que era pequeña. Creo que, en los primeros compases de mi vida, yo también llegué a temerle y apenas la miraba. De hecho conozco a pocas mujeres mayores que la miren sin reparos. Recuerdo, incluso, que cuando tenía diez u once años, la abuela de unos vecinos me "curó la luna" un día que yo llegué a la casa con dolor de cabeza. Recuerdo algo de la oración, pero muy poco, y me recuerdo a mi misma, cerrando los ojos sin preocuparme entonces la falta de rigor científico de un juego que a mi me estaba divirtiendo. La mujer que "me la curó", María, me dijo que tenía que aprenderlo para poder luego yo curar a otras mujeres más jóvenes. Salí de la casa con el mismo dolor de cabeza y sin recordar las palabras empleadas por ella, pero con la sensación de haber participado en algo secreto. Ahora sé que, a pesar de mi escepticismo de entonces y de ahora, me introduje en una tradición de siglos que, a pesar del avance del tiempo, se sigue guardando en mi tierra.

miércoles, septiembre 14, 2011

Vuelta al cole

El mayor de mis primos hermanos va contentísimo al colegio luciendo una mochila nueva que llevaba semanas buscando. En ella están dibujados sus dibujos animados favoritos. Mi madre lo está llevando estos días a la escuela y se sonríe con la ilusión de su sobrino. Una ilusión que entiendo perfectamente porque todavía recuerdo la sensación de los días previos al primero de colegio.
Mis padres elegían septiembre para veranear y a mi se me hacía eterno ese mes en el final del verano. Tanto que, tras la primera semana de sol y playa, empezaba a aburrirme y a desear que los días pasaran cada vez más rápido. Para pasar el mono, me llevaba varios libros de El Barco de Vapor y cuadernillos Rubio que rellenaba a lápiz en la terraza del piso de alquiler. Para mi, Septiembre debía oler a libros nuevos, virutas de goma y mañanas frescas rumbo al colegio y no a brisa marinera y protector solar.
Lo que son las cosas y las edades... Luego nunca más en la vida he vuelto a desear que terminen unas vacaciones. Pero es que el colegio siempre ha sido para mi un espacio de amistad, convivencia y trabajo como luego nunca he vuelto a encontrar en mi entorno laboral.

sábado, septiembre 03, 2011

Relojes

Uno de mis primeros novietes de juventud tuvo la genial idea de romper conmigo un 14 de febrero. Y tan genial fue esa idea que, encima, como para evitarme el mal trago, me tenía un regalo. Un reloj. Yo tenía entonces unos 14 años, quizá 15, y ya para siempre juré y perjuré que ningún otro novio me regalaría nunca ningún reloj, que para mí se convirtió en un regalo funesto.
Pero tuvo que llegar Grego, unos meses después de aquella grotesca escena, en nuestro primer día de Reyes, a romper el maleficio. Me regaló un precioso reloj azul y yo le puse una cara rara. La que se pone cuando crees que, otra vez, van a dejarte. Pero no me dejó aquel día, ni al siguiente... Y los días, las semanas, los meses y los años se sucedieron y él siguió regalándome relojes todas las veces que le dio la gana. Y yo los he llevado todos en la muñeca de la mano que le iba dando.
Mi muñeca llevaba ya algunos meses desnuda, así que el último de los relojes regalados me ha llegado en este cumpleaños, en el que yo ya no esperaba nada porque consideraba que ya tenía suficiente. Una sorpresa, acompañada por otra: El último disco de Javier Ruibal.
Suena Sueño, un disco de lujo, con una edición de lujo y suena tan bien y tan bonito que yo viajo, mientras Grego y la niña duermen la siesta, a Cádiz, a La Habana, a Granada, al Serengueti, al Sahara, al concierto que tanto disfruté y hasta a ese territorio común que compartimos todos los que hemos conocido el amor caliente de los que nos tocamos, nos besamos y nos susurramos.

viernes, septiembre 02, 2011

Retos

Todavía quedan algunos meses para que termine este año pero acabo de darme cuenta que va a quedar marcado para siempre en nuestras memorias. Y no lo digo sólo porque algunos de nuestros amigos hayamos conseguido nuestro propósito de convertirnos en padres o serlo en unos meses, otros hayan aprobado un examen importante que les ha hecho cambiar de residencia u otros se hayan casado en un día de calor y lluvia que resultó ser perfecto.
Resulta que Antonio Pablo y Maripi van a conseguir, en apenas unas horas, hacer realidad uno de sus sueños: el de irse a una tierra lejana y pobre para ayudar a los demás. Se van a Tanzania con esta Fundación, a un hospital, en mitad de la selva, donde también hay un colegio "y algunas bombas de agua que no funcionan muy bien", me ha explicado Maripi, haciéndome ver la ilusión por ser útiles de ella, médico, y su marido, ingeniero.
Le esperan 24 días para los que ya han preparado un equipaje en el que han metido, entre las medicinas y las ropas, una bolsa de bolígrafos, un poco de nerviosismo y muchas ganas de ayudar. Sólo por el espíritu que llevan, seguro que lo van a conseguir.