miércoles, agosto 24, 2011

Una visita

Rocío sabe que tiene algo que no funciona del todo. Un poco como el resto de los mortales, pero lo de ella escrito negro sobre blanco. Por eso, cuando logra emocionarse, es capaz de acordarse de algo que le diagnosticaron y decir: "Déjame que me emocione, a pesar de que los psicólogos y terapeutas digan que las personas con daño cerebral no tenemos capacidad para emocionarnos". Eso dice, y se le llenan los ojos de lágrimas, con una sinceridad y una espontaneidad que yo apenas le recordaba antes de aquel día que fue capaz de burlar a la muerte.
Decía que quería verme con la barriga, pero no llegó a tiempo. Sí ha llegado lo justo para conocer a Cecilia a los pocos días de su nacimiento. La trajeron sus padres y los tres le hicieron un regalo a mi hija que eligió ella misma con total acierto. No olvidó el nombre de la pequeña desde el día que su enteró de su existencia y lo gritó en cuanto aparecí con el carrito.
"¿Es zampona?", me preguntaba varias veces mientras la veía mamar. Yo le decía que sí y ella reía a carcajadas. Igual que cuando escuchaba su propia voz pidiéndole de forma educadísima al camarero que le sirviera un vaso de agua. Y, como Rocío vive entre el recuerdo y el olvido en un estado de conciencia que le he conocido a pocas personas en la vida, confunde las cosas que le han contado con las que ella misma intuye. Por eso repite "Si no puedo volver a dedicarme al periodismo, me voy a meter a pitonisa". Y vuelve a reir a carcajadas, y yo con ella, mientras disfruta con mi hija en sus brazos y yo las miro, dando gracias porque haya podido producirse esta foto, porque hayan podido coincidir en el mismo espacio y el mismo tiempo.

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