lunes, julio 25, 2011

Vértigo

Al poco tiempo de anunciar mi embarazo, la futura tía de mi hija me regaló un libro muy especial. Es una especie de álbum o de bio-libro que tengo que rellenar durante el primer año de vida de mi hija. Tiene apartados curiosísimos en los que escribir cuánto valían, por ejemplo, las entradas de cine el año que ella nació o qué tipo de música escuchábamos. Entre los que más me gustan, uno que te anima a pegar la portada del periódico del día.
Esta mañana he sentido la cercanía de su llegada y he aplicado la palabra más repetida por mi matrona: tranquilidad. Y tan tranquila estoy (y tan feliz) que me he dado un paseo bajo un sol achicharrante hasta el kiosco más cercano. He comprado uno de los diarios y lo he guardado en una bolsa no sin antes echar un vistazo a los titulares que mi hija podría leer y comprender a eso de sus siete años (no sé bien si año arriba o año abajo) si es que le diera por nacer hoy mismo.
Y se me han puesto los pelos de punta ante las posibles preguntas que podrían despertar en los abiertos ojos de una niña titulares del tipo: "El asesino que sembró Noruega de cadáveres actuó en solitario" que aparece bajo la foto principal que El Pais dedica hoy a un equipo de rescate que escudriña las aguas del lago donde podrían encontrar más muertos de la masacre.
Yo no sabría qué responder a las preguntas de una niña. Ni ahora ni con la perspectiva que podrían darme siete años. Puede que intentara explicarle algo sobre odios o fanatismos pero no creo que me atreviera. Tampoco tengo la certeza de que, de hacerlo, ella pudiera entenderlo o establecer una causa-efecto entre el odio a los extraños y la capacidad de matar, de atentar contra la vida de los demás. Las líneas de la portada lo describen, además, como una persona tan "normal" que jamás despertó suspicacias entre sus vecinos ni entre los turcos en cuyo restaurante almorzaba durante los dos meses anteriores a la matanza.
Y lo peor es que, sospecho, si en vez de nacer hoy le diera por nacer mañana, o pasado, o al otro, no iba a poder mostrarle mejores portadas de periódicos porque lo ocurrido en Noruega es tan inexplicable para todos que seguirá siendo noticia de portada durante varios días.
Supongo que siento uno de los muchos vértigos que me esperan una vez que nazca Cecilia. Es lo que asumimos cuando elegimos traer a una nueva persona al mundo, con la que adquirimos el compromiso de la educación. Afortunadamente, quedan esperanzas. Vuelvo el periódico y encuentro en la contraportada a un tal José Coy, afectado y líder en la lucha contra los desalojos, que confiesa "Quiero una revuelta social". Si Cecilia naciera en las horas de vigencia que le quedan al periódico de hoy, vería pegadas en su álbum dos páginas, en vez de una, y yo estaría encantada de contestarle las preguntas que podría hacerme sobre este señor y tantos otros que decidieron rebelarse cuando ella estaba todavía en la barriga de su madre.

jueves, julio 21, 2011

La cama

Charlene y Alberto de Mónaco
"No dormimos juntos por razones prácticas", dicen las palabras textuales del Príncipe de Mónaco que contrajo hace unos días matrimonio con una chica más rubia y más joven que él. Y lo ha confesado a los medios porque, dice, está harto de difamaciones.
A mi me la da exactamente igual con quién decida pasar sus horas de sueño este señor pero al leer lo que supone la confirmación de estos rumores, no he podido dejar de pensar en la importancia que tiene (al menos para mi) dormir cada noche con la persona que he elegido hacerlo. Que dos recién casados no lo sientan igual me resulta curioso y aumenta ese halo de cartón-piedra que parece envolver ciertas "historias de amor" que llenan las revistas y los programas de la víscera.
Ahora que paso tanto tiempo en casa, cuento las horas para que vuelva Grego y tumbarme a su lado, bien a la hora de la siesta o bien en las compartidas por la noche y repetir esos pequeños rituales que conforman nuestra intimidad y que ahora tienen a mi barriga como centro, porque es el centro de todo nuestro universo. Él la acaricia, siente los movimientos de nuestra futura hija, se aleja para mirarla y reímos con las deformidades que causan sus posturas imposibles debajo de la piel. También le habla, pone la oreja para escucharla, me abraza, me besa y termina todo con dos palabras que yo no sabía que podían emocionarme tanto: "Os quiero", dice.
Yo le confieso mis inquietudes, le digo que cada día me desespera más ver la cuna vacía, juego a que imaginemos juntos cómo será (un juego que a él parece no gustarle nunca) y le pido que, cuando el dolor me haga perder la perspectiva, él me recuerde que queda menos para tenerla con nosotros y me anime, como lo hace cada noche. Él ha aceptado. Es un pacto entre nosotros. Un pacto de cama.

lunes, julio 18, 2011

Despedidas

Cierto vértigo. No lo había sentido hasta ayer por la tarde, cuando dejaba atrás mi pueblo, con su castillo en lo alto y mi gente dentro. Me he despedido (otra vez, después de la semana pasada, en que creí que iba a ser la última) de algunos de mis familiares y vecinos. Ellos me han abrazado, me han sonreído, han deseado, como yo, que Cecilia llegue lo antes posible, me han besado, han acariciado mi barriga y muchos me han deseado la famosa "horita corta", esa mentira tranquilizadora.
Con todas las despedidas me quedo. Con todas y cada una. Desde la de mi abuela Maruja, por la que siento especial predilección entre todos los mortales, y que no se atrevía a despedirse ayer de mi mientra besaba mi mejilla de esa forma en que lo hacen las abuelas que pronto van a convertirse en bisabuelas, hasta la de dos mujeres, que saben lo que es ser madre, y que me han despedido con una promesa que jamás pensé que iba a hacerme tanta ilusión: "Rezaré por ti". Una de ellas lleva años vinculada a mi familia, la otra apenas unos meses desde que empezó a cuidar y mimar a mi tía Carmen, con su dulce sonrisa y su acento extranjero.
"Rezaré por ti", me dijeron cada una a su manera y no saben cuánto se lo agradezco. Porque le ponían palabras a la preocupación que, durante todos estos días previos, sé que viven las personas que me quieren y que tanto piensan en mi y en mi futura hija. Yo pienso mucho en todos ellos y espero que su ánimo me acompañe cuando llegue la hora de hacerme la valiente.

miércoles, julio 13, 2011

La huerta de Taipei

Que el mundo ya ha cambiado no es ninguna novedad. Está pasando. Si te has quedado embobado pensando en cualquier otra cosa (¿Por qué carajo los Bechkam le han puesto a su hija Harper Seven?, por ejemplo) puede que no te hayas dado cuenta. El caso es que hace unos días Grego trajo una sandía y mucho recelo. Le había convencido el precio pero no podía ocultar ciertas suspicacias. Llevaba un tiempo observándola, junto a sus compañeras, en el interior de una caja en el bazar chino que hay junto a casa; donde lo mismo se compra un bote de pegamento que un bambo de flores o el adornos horteras para el cabello femenino.
Dejó pasar varios días su impulso de comprarla, pero pudo más el bolsillo y, de repente, porque el mundo había cambiado, nos vimos en el salón de mi casa comiendo una deliciosa sandía roja por dentro y verde por fuera "de la huerta de Taipei", bromeábamos. Y como en esta familia de casi tres comemos cantidades industriales de sandía, hoy ha vuelto a hacerlo y ha aparecido por la puerta con una sandía, todavía más grande que la anterior y que casi no cabe en nuestra minúscula cocina.
-La he traído del chino, otra vez-. Y luego se ha excusado. -Es que vale la mitad que en el supermercado-.
Mi madre, que nos acompaña en la fase final, y que estaría pensando en cualquier otra cosa cuando el mundo cambió (en las letras a punto de cruz que borda con el nombre de su nieta mientras la espera, por ejemplo) no ha ocultado su sorpresa.
-¿Del chino?- Como si entre los productos de limpieza a 0,75 y los lápices de colores no pudieran esconderse sandías de carne y pipas.
-Sí, de la huerta de Taipei- Le he contestado.- Y están tela de ricas- He intentado convencerla.
Y mi madre se ha sorprendido y ha recordado en voz alta a aquel señor que iba por Cortegana con una furgoneta pregonando "Sandías colorás colorás como la sangre de toro. De la huerta de Iginio el Torero".
Y yo me he tenido que reir. Pues sí que ha cambiado el mundo, sí.

martes, julio 12, 2011

Sonrisa y espera

Acababábamos de dejar a mi madre en la esquina de Resolana con la calle Feria cuando el taxista preguntó : "Y éste verano, ¿Dónde, de vacaciones?". Le contesté que iba a ser madre en unos días y que me quedaba sin ellas (hubiera querido responderle: "En una habitación del Hospital Macarena que espero que tenga vistas", pero era realmente simpático y no quería ser cortante).
Él no se había dado cuenta de mi avanzado estado de gestación, precisamente en la mañana en que he descubierto que no es tan avanzado y que Cecilia podría nacer entre 5 y 7 días después de la fecha prevista en los primeros y erróneos cálculos. Se alegró de veras y empezó a contarme algo que le ocurrió hace cosa de un par de meses cuando una mujer, con dolores de parto, paró su coche en el arco de la Macarena.
"La mujer iba dando tales gritos que la quise llevar al hospital Macarena, pero ella me dijo que no, que quería parir en el Virgen del Rocío. Yo le decía que no llegábamos pero ella insistía. Se tumbó en el asiento de atrás y seguía chillando de dolor. A la altura de la Ronda del Tamarguillo paré a dos municipales. Les conté la película y ellos se ofrecieron a ponerse delante del taxi con las luces de emergencia. No paré en ningún cruce ni en ningún semáforo y, cuando dejamos a la mujer en la puerta de urgencias, uno de los agentes me preguntó que qué me pasaba. "Siéntese usted y relájese", me dijo. Yo estaba blanco. Creía que la mujer me paría en el taxi y, además, nunca me había saltado tantos semáforos en rojo".
Reconozco que me he reído y que he sentido cierta envidia de aquella mujer, a pesar de sus dolores, que pronto serán los míos, y he deseado que el tiempo pase rápido y que la espera no se me haga interminable.

miércoles, julio 06, 2011

Básicos

El año que nací yo, Salvat reeditó (sí, creo que fue una reedición pero ya fuera de las fauces de la censura editorial) su Biblioteca Básica Salvat. Le dio un formato pequeño, con portada colorida, lomo negro con letras blancas y tapas blandas. Mis padres tuvieron el acierto de comprarla y siempre ha lucido en el mismo mueble de mi casa (algo es algo). Con motivo de los cambios que se avecinan, mi madre ha cambiado de sitio estos pequeños libros que yo he vuelto tocar, a abrir y cerrar como habré podido hacer centenares de veces en mi infancia. Me sé los títulos de memoria. Los hay de Poe, de Cela, de Delibes, de Borges, de Balzac y un largo etcétera de básicos, al entonces juicio de Salvat.
Recuerdo que, para mi, siempre fueron "libros de adultos" y jamás me atreví, siendo niña, a pasar el umbral, a pesar de que mis padres nunca vigilaron mis lecturas. Todo hasta un día, al principio de mi adolescencia y mal aconsejada por alguien, en el que leí Los Cachorros, de Vargas Llosa. Un libro para el que no estaba preparada y que me pareció tan brutal que no volví a leer ninguno de los 99 títulos restantes hasta ahora, justo cuando han vuelto a mis manos y a mi curiosidad. Y lo he hecho con otra novela corta de otro escritor universal León Tolstoi.
Su libro La muerte de Iván Illich me hizo pasar la otra tarde acompañada. De esta obra dijo el mismísimo Nabokov que era la mayor de toda la literatura rusa. Yo no he leído tanta literatura rusa como él pero este relato es conciso, directo y te deja la suficientemente tocada como para pensar que es una obra de arte.
La inestabilidad de lo que creemos estable, la vida y la muerte, lo superfluo de las ambiciones burguesas (que resulta que no son tan diferentes entre la Rusia zarista y esta sociedad de consumo y apariencias)... Todo está presente en este librito de Tolstoi que resulta ser uno de los básicos de esta Biblioteca Básica Salvat que me ha acompañado desde niña y que es, en sí misma, todo un clásico.

martes, julio 05, 2011

Insumisa

Llevo unas horas de retiro. Insumisa del género humano me he declarado. Y he pasado una mala noche, sí. Casi tan mala como el día de ayer. No he dormido apenas y me duelen las piernas casi tanto como ayer me dolieron los ojos de llorar un sofocón inconsolable del que no pudo rescatarme ni mi médico de cabecera, al que pocas veces había acudido una preñada en semejante estado. Antes de llegar a la consulta, pasé por una de las farmacias de mi barrio a recoger unas pastillas. Había un par de personas delante mía y, mientras esperaba, una inmigrante con un niño en brazos, a la que he visto varias veces por estas calles, entró con una lata de leche en polvo vacía. Sólo pedía que alguien le comprara otra porque ésta, y nos la enseñó, se le había terminando.
La farmacéutica la intentó echar, pero yo le dije que se la compraría. La señora que estaba siendo atendida arremetió contra ella y contra mi. A ella le decía lindeces del tipo "nos dejáis sin pensiones" y otras mucho peores. A mí, que no se la comprara porque se la regalaban en el centro de salud, cosa que todos sabíamos que era mentira (la propia farmacéutica se lo dijo). Siguieron otras puyas que yo hubiera preferido no escuchar jamás, pero mantuve el tipo. Le pregunté a la madre la edad del bebé. Tenía 5 meses y había nacido prematuro, de ahí la necesidad de esa leche especial. La señora salió, le tocaba a otro hombre y detrás nuestra entró una nueva mujer que, cuando vio a la mamá inmigrante llevarse la lata de leche que yo pagaba, manifestó en voz alta sus sospechas de que fuera a venderla al volver la esquina y otras suspicacias, a cada cual más hiriente.
Salí de la farmacia, perdí de vista a la madre y empecé a llorar desconsoladamente porque no podía creerme el grado de crueldad y la falta de corazón de los protagonistas del incidente. No podía creerme, sobre todo, los insultos a la inmigrante, la intromisión en lo que me daba la gana de hacer con mi dinero y, sobre todo, que me echaran cara viendo, como veían, mi abultado vientre de casi nueve meses. Y seguía llorando y así entré a la consulta del médico de cabecera que intentó tranquilizarme con un "claro, es que tú ahora estás más sensible con el embarazo" que no me calmó. Y lloré durante horas, arropada en la intimidad de la casa donde espero la llegada mi hija sin querer saber nada de la calle donde esa madre ha esperado la llegada de su hijo y vive con él su vida.

viernes, julio 01, 2011

El mes esperado

Llevo meses adelantando calendario y, por más que corría, nunca llegaba julio. Anoche me acosté contenta, le dije a Grego, suspirando que "por fin" llegaba ese mes tan especial (con sus cinco viernes, sus cinco sábados y sus cinco domingos) que llevamos esperando desde noviembre, cuando aparecía tan lejano como un pequeño granito de arena en un horizonte inalcanzable.
Pero hoy me he despertado, después de una noche de placentero sueño, y al mirarme al espejo he descubierto una sonrisa enorme, fruto de la alegría que se me escapa por dentro. Ya está aquí julio, que nunca llegaba, con sus vacaciones ajenas, sus rebajas y una niña que llegará en unos días. Y yo me siento feliz, respiro mejor y todo va bien porque en este mes nace mi hija.
Y me he acordado de esta preciosa guajira cantada por Guillermo Cano y compuesta por Jesús Bienvenido que me regaló un amigo hace unos días. "Tengo el mapa del tesoro que esconde tu geografía. Maldita suerte la mía que no te puedo tener."