sábado, junio 11, 2011

Martina y los ojos abiertos

Martina y sus ojos abiertos recorren las caras de todos los que estamos en la habitación, como si nos escuchara, como si nos entendiera, como si nos reconociera o nos conociera desde siempre. Yo digo que es un síntoma de inteligencia, así describió García Márquez al Coronel Aureliano Buendía, con sus ojos abiertos adivinando el futuro. Martina sigue nuestras conversaciones con el rabillo del ojo como si, de un momento a otro, fuera a responder a alguna de nuestras preguntas o a decir un sencillo "buenas tardes", como bromea su abuelo.
Lo que no sabe Martina es lo rápido que han pasado nueves meses desde aquella llamada que me hizo levantarme de un salto en mi silla del trabajo para abrazar a mis compañeros. Tampoco sabe nada de un pacto que ya le contaremos con el tiempo como algo divertido.
Martina es una niña despierta con las medidas perfectas después de varios meses de sufrimiento a causa de unos aparatos y unos profesionales que casi hacen que imagináramos que la niña venía de Liliput y no del vientre de la más alta de todas mis amigas. Mirando su cara perfecta, su redonda cabecita, sus manos y pies enormes y su cuerpo hecho un adorable ovillo, todo queda ahora en una anécdota.
Martina reconoce a su padre que le habla, le cambia y hasta le bromea con lo mal que se está portando. Y luego, al calor de los pechos de su madre cierra por fin los ojos, dejándonos claro a los demás que es, y será, en ese lugar del mundo donde el resto de las cosas le importan un pimiento. Su madre la respira, la besa y se la imagina dentro de unos meses, en Cabo de Gata, con su amiga Cecilia, a la que ha dejado sola en el interior de una barriga porque todavía no ha llegado su momento. Y todos reímos. Y nos sentimos felices. Y nos llevamos del hospital el recuerdo de sus ojos, su boca, su nariz, sus orejas, sus manitas y sus pies, que nos arrancan una sonrisa con la que acabar mejor el día y el resto de nuestra vida.

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