jueves, junio 09, 2011

Malditos Panero

Yo era una adolescente cuando un fragmento de El Desencanto, la película de Jaime Chávarri y Elías Querejeta sobre los Panero, se me clavó. No sé si en el ojo o en el alma. Seguro que en el recuerdo. He dejado pasar los años sin buscar, para verla entera, la historia de una familia que, en mi pequeño universo, se presentaba tan atractiva y contradictoria.
Estos días de reposo lo he hecho, por fin. Gracias al buen hacer de un ciudadano del siglo XXI que ha colgado en la red esta joya de otro del siglo XX. Y es que El Desencanto sólo puede entender en su contexto, aunque siga resultando brutal fuera de él: La brillantez de los diálogos, la relación entre los hermanos, la áspera sinceridad, el todo relativo, los coqueteos con la muerte, la figura de la madre y ciertos complejos de Edipo que unos esconden y otros no tanto. No sé si sería posible parir hoy un producto como aquél que, apenas un año después de la muerte de Franco, se convirtió en todo un símbolo generacional con un acertadísimo título.
Chávarri hizo una espléndida película, que empezó siendo otra cosa (puede que un documental sobre el propio Leopoldo Panero, antes de que sus intenciones quedaran completamente asoladas por el fuerte huracán de la personalidad de los cuatro replicantes) y Ricardo Franco le tomó el relevo, desde el más absoluto de los respetos, 20 años más tarde con Después de tantos años, que ya no cuenta con el factor sorpresa pero que sigue siendo tan brutal como la primera, más desesperada y estética. Franco logra hacernos llegar, con la sensibilidad que caracterizó a sus trabajos (y algún que otro recurso metafórico) cómo llegan tres seres autodestructivos a dejar pasar veinte años en sus vidas.
Lo curioso de los Panero, a mi juicio, es que son brillantes. Unos auténticos genios desesperados, que fuman tanto como beben y beben tanto como fuman. Y se drogan, o lo han hecho mucho, eso dicen. La soledad, el manicomio, la inmundicia son sólo tres formas de vida libremente elegidas por cada uno de estos hermanos (Juan Luis, Leopoldo María o el desaparecido Michi) que no dejan de ser (uno de ellos lo apunta en la segunda película) el personaje literario (y maldito) que ellos mismos han creado.

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