viernes, junio 03, 2011

La vida sin tiempo

- ¿Mañana qué día es? ¿Sábado?
Lo ha preguntado un señor en el Altozano a su interlocutor al otro lado de la línea y, de repente, he tenido que hacer un enorme esfuerzo para recordar que estoy viviendo un viernes. Desde hace unos días habito una misma jornada que da vueltas sobre sí misma. Me despierto de madrugada, sofocada, vuelvo a dormirme y ya apenas me doy cuenta de que Grego se marcha al trabajo. Me levanto con los ruidos de mis vecinos y desayuno.
Los días que decido pasear, como esta mañana, apenas salgo a la calle ya me arrepiento de lo tarde que me levanto. Hace calor. Los parques se llenan de abuelos y madres ociosas con niños de piel morena por este sol que a mí tanto me molesta, pero que a ellos parece no importarles. Camino con los pies en las aceras, o en los caminos de arena de los parques, y la mente en mil y una cosas: Las páginas de mi libro, alguna conversación remota, los planes de futuro a corto y medio plazo, la comida del día... Observo los locales comerciales y voy descubriendo algunos que no sabía que existían. Certifico una carta. Entro en una tienda de ropa para bebés y salgo con nada en las manos y las cuatro cajas llenas de ropas y enseres para mi hija todavía no nacida en el recuerdo. Ya le compraré ropita más adelante, pienso. Puede que cuando la conozca y determine que los lunares le van mejor que los cuadros y el rojo mejor que el verde. Ya veremos.
Me paro en un kiosco de prensa. Observo las portadas y hasta les doy la vuelta a algunos diarios para ver las contras. No me llevo ninguno. De repente, es como si nada de los que contaran me interesara lo más mínimo. Ni por la columna de Millás ni por los suplementos de cine me vale la pena gastarme el euro con veinte que vale. Mi mente ya no está en este mundo, supongo. Me da pereza pensar en leer esta lectura efímera que me robaría tiempo de mis dedicaciones actuales: pasear, imaginar, observar, escuchar las conversaciones ajenas y volver a casa, entretenida, para colocar la butaca delante de la ventana y dedicar horas y horas a leer y releer, que es un género que yo jamás había cultivado, hasta ahora. En mi vida sin tiempo, puedo terminar un García Márquez antes del almuerzo y comenzar un Saramago antes de dormir.
Grego, y alguna que otra llamada telefónica, son mis únicos nexos con la realidad del resto de los mortales. Ésa que avanza en lineal y que sale por la tele cuando Grego la enciende para ver cómo el Real Madrid de Baloncesto se queda en Semifinales o qué están contando algunos informativos en los que (oh¡ Sorpresa¡) se cuela el parte médico de Ortega Cano. En mis horas de soledad, me he vuelto tan selectiva que, aparte de algún zapping que realizo por el gusto mismo de mover el dedo pulgar, sólo veo un documental que me he descargado de internet. Y lo veo poco a poco, en el tiempo libre que me dejan las lecturas, las contemplaciones y los viajes al baño.
Empiezo a pensar que en mi soledad y en mis días eternamente repetidos soy feliz. Entonces Cecilia da una patada fuerte o cambia de postura y convierte mi barriga en un huevo deforme. Es en ese momento cuando caigo en la cuenta de la paradoja. Porque esta "vida sin tiempo" no es más que un estado temporal de mi espíritu.

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