lunes, junio 27, 2011

Insomnio y calcetines

Mi sueño termina cuando acaba el aire acondicionado. Cada noche. Despierto empapada en sudor, en mitad de una pesadilla y con taquicardia. Años de educación, y un poco de pudor por interrumpir el sueño del que duerme a mi lado, me impiden levantarme de la cama para quedarme en el salón y empezar a leer, que es la única ocupación que puedo hacer en este sofá en el que vivo, debajo del aparato del aire. Para este último mes de espera me he hecho con algunas reservas de las estanterías de la biblioteca pública y de las de mi familia: Vila Matas, Tolstoi, Borges, Rushdie, Marías, Delibes... Puede que en este mes que me queda me refugie en ellos, ahora que he comprobado que no puedo vivir en este mundo porque este mundo tiene unas temperaturas completamente incompatibles con mi estado físico y con los varios grados de diferencia que guardo con el resto de los mortales.
Y, cuando mi sueño acaba, me quedo despierta en la cama. Una vuelta, otra, otra más. Y un pensamiento, otro, otro más, como si pensarlos en la cama me evitara tener que usar el cerebro después, a lo largo del día. Esta noche, por ejemplo, he repasado mentalmente qué hice ayer por la tarde, en cuanto llegué del pueblo. He recordado cómo, por primera vez en mi vida, he doblado la futura ropa de mi futura hija en el cajón de madera de su nueva cómoda. Vestidos comprados con una etiqueta de OO a 1 mes y otros hechos a mano por mi madre y mi abuela, rebecas, polainas, peleles, un par de tocas, sábanas y un sin fín de patucos y calcetines que he sido incapaz de emparejar y han terminado durmiendo todos, revueltos, en una cestita en el interior del cajón. Y mientras calcetines y patucos, de todos los colores y texturas, dormían un sueño plácido en la habitación de invitados, el insomnio se cebaba con uno de los ocupantes de mi cama, yo, que pensaba en el sino de la pequeña Cecilia, que llevará una vida de calcetines desparejados, tan parecida a la que lleva su madre, incapaz de poner orden en el cajón de la ropa interior o ante el bombo de la lavadora que, a veces, devuelve calcetines tan diferentes a los que introdujo que ya es imposible que vuelvan a ser pareja. Por eso termina con colores diferentes dentro de las botas y, lo que es peor, tonalidades de azules, grises y negros distintas por encima de los zapatos.
Una vida de calcetines desparejados. Eso puede que lleve Cecilia, al menos durante su primera etapa (y luego también, si ella no le pone remedio), que empezará en apenas unos días. Los días más eternos del calendario. Los más interminables. Los más calurosos. Los más insomnes.
Y cuando el primer rayo de sol entra tímido por las rendijas de la persiana, me coge con los ojos abiertos, tumbada hacia el lado prescrito para la vida y descubro entre las sombras la cuna donde dormirá mi futura hija. Entonces me calmo, respiro y pienso que cada vez queda menos, que ya pronto estará aquí, que soy privilegiada por vivir lo que vivo y por tener dentro de poco una persona a la que querer para siempre. Es ahí cuando me vuelvo, abrazo a su padre justo antes de que suene su despertador, y solo entonces puedo quedarme dormida.

3 comentarios:

pirfa dijo...

Eternamente agradecida por estas fotos a la fotógrafa y melómana María José Carmona. http://www.mariajosecarmona.es/

Roberto Lakidain dijo...

¿Patucos y calcetines para dar la bienvenida a Cecilia en agosto en Andalucía? La peque, te recuerdo, será, mejorada, una deriva de nuestra especie. Los mamiferos tenemos calor cuando hace calor y frío cuando hace frío. Si te pillo paseando a Cecilia con patucos y calcetines ¡en agosto! le diré a Grego que asuma el mando. ¡¡Ánimo, ya queda menos!! Besos

Manuela dijo...

Estás preciosa. En nada tendrás a Cecilia entre tus brazos y pasarás página a estas largas noches.