miércoles, junio 29, 2011

Pasavento

Apenas me quedan veinte páginas para terminar uno de los libros que he leído con menos pasión en los últimos tiempos. Se trata de Doctor Pasavento, de Enrique Vila Matas. Quiero terminarlo antes de mañana para dar un paseo hasta la biblioteca provincial y entregarlo antes de que me cumpla el préstamo. Por eso lo sigo leyendo, en parte, ilusionada por un paseo tempranero que voy a obligarme a dar después de dos días de encierro en mi piso de esta ciudad infernal. Recuerdo que Vila-Matas acaba de publicar El Mal de Montano cuando yo acudí una tarde a escuchar una conferencia suya al Paraninfo de la Universidad de Sevilla, en la antigua Fábrica de Tabacos. Hace unos días he tirado los apuntes de aquella charla en la que el escritor catalán hilaba ideas y autores con la facilidad que sólo los muy conocedores de la literatura pueden hacerlo. Vila-Matas me pareció un erudito y yo siempre quise estar a la altura de su literatura para atreverme a leerlo. He debido ser pretenciosa. Pensé que mi retiro obligado del mundanal ruido podría ser el mejor de los momentos, ahora que era capaz de leer un libro por semana (que siempre ha sido uno de mis sueños secretos). Para terminar el libro de Vila-Matas, del que demoro llegar al final, me han hecho falta dos semanas de lectura desapasionada, aunque tengo que reconocer la sorpresa del arranque: La desaparición del escritor protagonista precisamente cuando se dispone a participar en una conferencia en Sevilla. Y ya no sé si es que Pasavento me ha trasmitido su pasión por la interconexión de todas las casualidades, que he llegado a pensar que el germen de este libro pudiera gestarse, precisamente, aquella tarde en la que Vila-Matas y yo compartimos espacio físico, tantos años antes de compartir el literario.

lunes, junio 27, 2011

Insomnio y calcetines

Mi sueño termina cuando acaba el aire acondicionado. Cada noche. Despierto empapada en sudor, en mitad de una pesadilla y con taquicardia. Años de educación, y un poco de pudor por interrumpir el sueño del que duerme a mi lado, me impiden levantarme de la cama para quedarme en el salón y empezar a leer, que es la única ocupación que puedo hacer en este sofá en el que vivo, debajo del aparato del aire. Para este último mes de espera me he hecho con algunas reservas de las estanterías de la biblioteca pública y de las de mi familia: Vila Matas, Tolstoi, Borges, Rushdie, Marías, Delibes... Puede que en este mes que me queda me refugie en ellos, ahora que he comprobado que no puedo vivir en este mundo porque este mundo tiene unas temperaturas completamente incompatibles con mi estado físico y con los varios grados de diferencia que guardo con el resto de los mortales.
Y, cuando mi sueño acaba, me quedo despierta en la cama. Una vuelta, otra, otra más. Y un pensamiento, otro, otro más, como si pensarlos en la cama me evitara tener que usar el cerebro después, a lo largo del día. Esta noche, por ejemplo, he repasado mentalmente qué hice ayer por la tarde, en cuanto llegué del pueblo. He recordado cómo, por primera vez en mi vida, he doblado la futura ropa de mi futura hija en el cajón de madera de su nueva cómoda. Vestidos comprados con una etiqueta de OO a 1 mes y otros hechos a mano por mi madre y mi abuela, rebecas, polainas, peleles, un par de tocas, sábanas y un sin fín de patucos y calcetines que he sido incapaz de emparejar y han terminado durmiendo todos, revueltos, en una cestita en el interior del cajón. Y mientras calcetines y patucos, de todos los colores y texturas, dormían un sueño plácido en la habitación de invitados, el insomnio se cebaba con uno de los ocupantes de mi cama, yo, que pensaba en el sino de la pequeña Cecilia, que llevará una vida de calcetines desparejados, tan parecida a la que lleva su madre, incapaz de poner orden en el cajón de la ropa interior o ante el bombo de la lavadora que, a veces, devuelve calcetines tan diferentes a los que introdujo que ya es imposible que vuelvan a ser pareja. Por eso termina con colores diferentes dentro de las botas y, lo que es peor, tonalidades de azules, grises y negros distintas por encima de los zapatos.
Una vida de calcetines desparejados. Eso puede que lleve Cecilia, al menos durante su primera etapa (y luego también, si ella no le pone remedio), que empezará en apenas unos días. Los días más eternos del calendario. Los más interminables. Los más calurosos. Los más insomnes.
Y cuando el primer rayo de sol entra tímido por las rendijas de la persiana, me coge con los ojos abiertos, tumbada hacia el lado prescrito para la vida y descubro entre las sombras la cuna donde dormirá mi futura hija. Entonces me calmo, respiro y pienso que cada vez queda menos, que ya pronto estará aquí, que soy privilegiada por vivir lo que vivo y por tener dentro de poco una persona a la que querer para siempre. Es ahí cuando me vuelvo, abrazo a su padre justo antes de que suene su despertador, y solo entonces puedo quedarme dormida.

martes, junio 21, 2011

Verano y vida: 21 de Junio

He celebrado contigo 13 de tus 33 cumpleaños, todos justo el día en que arranca el verano. Cuando vuelvas a casa tendrás un regalo, pero ya sabes que el que de verdad quieres vendrá dentro de un mes. Mientras sigue a fuego lento dentro de mi barriga, esperando cada tarde las palabras y caricias de su padre que la llama por su nombre y que la besa, a través de mi piel.
Siento una enorme responsabilidad, no sólo por esta aventura que hemos emprendido juntos de traer una nueva vida a esta casa, a esta tierra. La siento también como depositaria de tu esperanza. Porque mi hija es mi hija y crece dentro de mi, pero es que es también la tuya y yo no puedo fallarte. Tengo que cuidarme para cuidarnos, esforzarme para que todo salga bien y que tú puedas sentirte el hombre más feliz del mundo.
A veces intento pensar en ella a través de tí: Si pariré una niña con tus rasgos que me mire con tus ojos, me escuche con tus orejas y me hable con tu boca. Si compartirá tu forma de entender el mundo o utilizará tus expresiones. Si temblará su cuerpo entero cuando se quede dormida, igual que lo has hecho tú en todas estas noches compartidas, cuando seguías entre mis brazos pero ya estabas bien lejos de mi, al otro lado del sueño. Y siento, al observar tan de cerca cómo vives la espera, una enorme alegría. Por ti, por mi y por ella que tendrá la suerte de tener un padre tan especial. Ojalá pueda disfrutar de tu compañía toda su vida y nunca te eche de menos como yo echo de menos a mi padre, como seguro que tú echas de menos al tuyo.
Hoy empieza un nuevo verano, pero todo es diferente. Será el verano que cambie nuestras vidas para siempre y yo quiero vivir este cambio a tu lado. Contigo, con ella y con el mundo. Vivir siempre contigo, cada 21 de Junio. Felicidades.

sábado, junio 11, 2011

Martina y los ojos abiertos

Martina y sus ojos abiertos recorren las caras de todos los que estamos en la habitación, como si nos escuchara, como si nos entendiera, como si nos reconociera o nos conociera desde siempre. Yo digo que es un síntoma de inteligencia, así describió García Márquez al Coronel Aureliano Buendía, con sus ojos abiertos adivinando el futuro. Martina sigue nuestras conversaciones con el rabillo del ojo como si, de un momento a otro, fuera a responder a alguna de nuestras preguntas o a decir un sencillo "buenas tardes", como bromea su abuelo.
Lo que no sabe Martina es lo rápido que han pasado nueves meses desde aquella llamada que me hizo levantarme de un salto en mi silla del trabajo para abrazar a mis compañeros. Tampoco sabe nada de un pacto que ya le contaremos con el tiempo como algo divertido.
Martina es una niña despierta con las medidas perfectas después de varios meses de sufrimiento a causa de unos aparatos y unos profesionales que casi hacen que imagináramos que la niña venía de Liliput y no del vientre de la más alta de todas mis amigas. Mirando su cara perfecta, su redonda cabecita, sus manos y pies enormes y su cuerpo hecho un adorable ovillo, todo queda ahora en una anécdota.
Martina reconoce a su padre que le habla, le cambia y hasta le bromea con lo mal que se está portando. Y luego, al calor de los pechos de su madre cierra por fin los ojos, dejándonos claro a los demás que es, y será, en ese lugar del mundo donde el resto de las cosas le importan un pimiento. Su madre la respira, la besa y se la imagina dentro de unos meses, en Cabo de Gata, con su amiga Cecilia, a la que ha dejado sola en el interior de una barriga porque todavía no ha llegado su momento. Y todos reímos. Y nos sentimos felices. Y nos llevamos del hospital el recuerdo de sus ojos, su boca, su nariz, sus orejas, sus manitas y sus pies, que nos arrancan una sonrisa con la que acabar mejor el día y el resto de nuestra vida.

jueves, junio 09, 2011

Malditos Panero

Yo era una adolescente cuando un fragmento de El Desencanto, la película de Jaime Chávarri y Elías Querejeta sobre los Panero, se me clavó. No sé si en el ojo o en el alma. Seguro que en el recuerdo. He dejado pasar los años sin buscar, para verla entera, la historia de una familia que, en mi pequeño universo, se presentaba tan atractiva y contradictoria.
Estos días de reposo lo he hecho, por fin. Gracias al buen hacer de un ciudadano del siglo XXI que ha colgado en la red esta joya de otro del siglo XX. Y es que El Desencanto sólo puede entender en su contexto, aunque siga resultando brutal fuera de él: La brillantez de los diálogos, la relación entre los hermanos, la áspera sinceridad, el todo relativo, los coqueteos con la muerte, la figura de la madre y ciertos complejos de Edipo que unos esconden y otros no tanto. No sé si sería posible parir hoy un producto como aquél que, apenas un año después de la muerte de Franco, se convirtió en todo un símbolo generacional con un acertadísimo título.
Chávarri hizo una espléndida película, que empezó siendo otra cosa (puede que un documental sobre el propio Leopoldo Panero, antes de que sus intenciones quedaran completamente asoladas por el fuerte huracán de la personalidad de los cuatro replicantes) y Ricardo Franco le tomó el relevo, desde el más absoluto de los respetos, 20 años más tarde con Después de tantos años, que ya no cuenta con el factor sorpresa pero que sigue siendo tan brutal como la primera, más desesperada y estética. Franco logra hacernos llegar, con la sensibilidad que caracterizó a sus trabajos (y algún que otro recurso metafórico) cómo llegan tres seres autodestructivos a dejar pasar veinte años en sus vidas.
Lo curioso de los Panero, a mi juicio, es que son brillantes. Unos auténticos genios desesperados, que fuman tanto como beben y beben tanto como fuman. Y se drogan, o lo han hecho mucho, eso dicen. La soledad, el manicomio, la inmundicia son sólo tres formas de vida libremente elegidas por cada uno de estos hermanos (Juan Luis, Leopoldo María o el desaparecido Michi) que no dejan de ser (uno de ellos lo apunta en la segunda película) el personaje literario (y maldito) que ellos mismos han creado.

Perspectivas

El interior de un contenedor de papel es un agujero negro capaz de engullir cuatro años de tu vida, a tu puño y letra. Ayer tiré buena parte de ellos y hoy le seguirán los otros. Entre los cambios que va a traer la maternidad a mi vida y a mi casa, he decidido que, a mi pesar, uno de ellos tiene que ser deshacerme de la decena de archivadores en los que se apilaba el polvo y los apuntes de mi carrera. Es una cuestión de higiene, básicamente.
Intentando salvar algo, reconozco que he sentido cierta nostalgia: los apuntes de los primeros cursos perfectamente encuadernados, los dossieres de los ciclos de historia y cine, los de Derecho de la Información, las letras de mis compañeras en mis propios apuntes... He conservado el tipómetro, que siempre fue, de lejos, lo más inutil de mis años universitarios.
Mañana, las hojas que escribí y luego estudié, podrán servir para limpiar el culo de algún progre convencido de las bonanzas del papel higiénico reciclado mientras yo le esté cambiando los pañales a mi hija. Y todo será redondo y casi perfecto. Y el vacío que ahora dejan mis archivadores lo llenarán otras cosas, puede que más coloridas, puede que más infantiles. Y yo, que sentía ayer cierta nostalgia mientras tiraba al contenedor de papel los vestigios escritos de cuatro años de clases, no he podido reprimir algunos grados más al ver esta mañana este vídeo de los chicos que ha terminado este año la carrera, entre ellas, Mercedes, una chica de mi pueblo que también decidió ser Periodista y ojalá lo consiga porque tienen mucho talento.

viernes, junio 03, 2011

La vida sin tiempo

- ¿Mañana qué día es? ¿Sábado?
Lo ha preguntado un señor en el Altozano a su interlocutor al otro lado de la línea y, de repente, he tenido que hacer un enorme esfuerzo para recordar que estoy viviendo un viernes. Desde hace unos días habito una misma jornada que da vueltas sobre sí misma. Me despierto de madrugada, sofocada, vuelvo a dormirme y ya apenas me doy cuenta de que Grego se marcha al trabajo. Me levanto con los ruidos de mis vecinos y desayuno.
Los días que decido pasear, como esta mañana, apenas salgo a la calle ya me arrepiento de lo tarde que me levanto. Hace calor. Los parques se llenan de abuelos y madres ociosas con niños de piel morena por este sol que a mí tanto me molesta, pero que a ellos parece no importarles. Camino con los pies en las aceras, o en los caminos de arena de los parques, y la mente en mil y una cosas: Las páginas de mi libro, alguna conversación remota, los planes de futuro a corto y medio plazo, la comida del día... Observo los locales comerciales y voy descubriendo algunos que no sabía que existían. Certifico una carta. Entro en una tienda de ropa para bebés y salgo con nada en las manos y las cuatro cajas llenas de ropas y enseres para mi hija todavía no nacida en el recuerdo. Ya le compraré ropita más adelante, pienso. Puede que cuando la conozca y determine que los lunares le van mejor que los cuadros y el rojo mejor que el verde. Ya veremos.
Me paro en un kiosco de prensa. Observo las portadas y hasta les doy la vuelta a algunos diarios para ver las contras. No me llevo ninguno. De repente, es como si nada de los que contaran me interesara lo más mínimo. Ni por la columna de Millás ni por los suplementos de cine me vale la pena gastarme el euro con veinte que vale. Mi mente ya no está en este mundo, supongo. Me da pereza pensar en leer esta lectura efímera que me robaría tiempo de mis dedicaciones actuales: pasear, imaginar, observar, escuchar las conversaciones ajenas y volver a casa, entretenida, para colocar la butaca delante de la ventana y dedicar horas y horas a leer y releer, que es un género que yo jamás había cultivado, hasta ahora. En mi vida sin tiempo, puedo terminar un García Márquez antes del almuerzo y comenzar un Saramago antes de dormir.
Grego, y alguna que otra llamada telefónica, son mis únicos nexos con la realidad del resto de los mortales. Ésa que avanza en lineal y que sale por la tele cuando Grego la enciende para ver cómo el Real Madrid de Baloncesto se queda en Semifinales o qué están contando algunos informativos en los que (oh¡ Sorpresa¡) se cuela el parte médico de Ortega Cano. En mis horas de soledad, me he vuelto tan selectiva que, aparte de algún zapping que realizo por el gusto mismo de mover el dedo pulgar, sólo veo un documental que me he descargado de internet. Y lo veo poco a poco, en el tiempo libre que me dejan las lecturas, las contemplaciones y los viajes al baño.
Empiezo a pensar que en mi soledad y en mis días eternamente repetidos soy feliz. Entonces Cecilia da una patada fuerte o cambia de postura y convierte mi barriga en un huevo deforme. Es en ese momento cuando caigo en la cuenta de la paradoja. Porque esta "vida sin tiempo" no es más que un estado temporal de mi espíritu.