sábado, mayo 14, 2011

Besos en Abril

Sólo una persona podía regalarme, con motivo del Día de la Madre que todavía no soy, un cartón como todos los que me esperan de aquí a unos años. La diferencia es que éste no ha sido pintado por ninguna niña.
Este cartón habría una puerta que daba a un bonito teatro, como los de antes. Con sus luces, su buen sonido, sus butacas, su acomodador... Lleno de personas que tarareaban canciones que hablaban de amor, de sexo, de besos, de playa, de ciudades como Cádiz, Nueva York, Granada y La Habana. Y encima del escenario, una guitarra que colgaba del cuello de Javier Ruibal. Y todo él. Con su voz incombustible durante dos horas de concierto, su planta, su sombrero y un calor asfixiante que, lejos de agotarlo, hacía que se creciera.
Besos en Abril. Grego, que sólo conocía una de las canciones, me cogía de la mano y yo acariciaba mi barriga con la que me quedaba libre. Y notaba, al son del piano, la batería y la guitarra, los movimientos de Cecilia, que respondía una y otra vez ante la buena música. Y yo era feliz. Mucho. Escuchaba a Ruibal y así me sentía.

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