domingo, enero 16, 2011

La Princesa Rockera

La Princesa Rockera vuela, a esta hora, rumbo a la Gran Manzana. Un sueño, cumplido. Un par de meses a las órdenes de Ban ki Moon. De Écija a New York pasando por una tarde de calor en su piso de paredes moradas. Ella guardaba, como buena rockera y mejor periodista, una botella de vodka en la estantería del salón, unos hielos en el congelador y un bote de zumo de naranja en el frigorífico. Nos lo ofreció y, a cambio, recibió un poco de calma para sus nervios y mucha imaginación para su carta de presentación. Recuerdo que, mientras Isa escribía; yo leía, en un ejemplar retrasado de El País, un artículo de Vargas Llosa, que todavía no era Premio Nobel, sobre Ana Karenina, un libro que yo deseaba leer y que ahora ya descansa en mi mesilla.
Ordenamos las ideas y surgieron otras que mejoraron la carta que ha sido una de las claves de su pasaporte a la ONU. Mientras ellas se afanaban por pulir la traducción al inglés, recorrí los pocos metros de aquel piso de la Puerta Osario donde La Princesa había pasado sus últimos años, antes de este último cambio de vida. Las estanterías a medias hablaban de su pasado más reciente. Un libro de poema de García Montero, una colección de series americanas y hasta unas sandalias hablaban de lo mucho que nos hemos parecido siempre La Princesa y yo con la sutil diferencia de que lo que ella tiene de rockera yo lo tengo de folclórica.
La Princesa y yo nunca estudiamos juntas y jamás hemos compartido redacción, pero nuestra amistad se remonta al principio de los tiempos: Nuestras primeras conversaciones en los pasillos del Parlamento, el Palacio de San Telmo o la Casa Rosa, un Foro Joly en el que compartimos mesa... Pequeños encuentros en los que hablábamos de las bambalinas de la política, de Literatura, de la profesión que compartíamos y de unas vidas personales que se parecían bastante a pesar de sus mil diferencias. A La Princesa le interesaba la Historia de España, sobre todo el período de la Segunda República y la Guerra Civil. Tenía, como siempre ha tenido, un año menos que yo, y lograba sorprenderme cómo abría los ojos y me hablaba de unas historias bélicas que a mi, entonces, no me interesaban en absoluto, pero que en su cara se veía que tenían que ser interesantes. Luego vinieron dos años compartidos con Estatuto de Autonomía incluido y un almuerzo, ya fuera del ruido político, en la calle Zaragoza cuando yo ya no hacía información política.
La Princesa nunca ha dejado de ser una mujer de radio, aunque podría ser lo que le diera la real gana. Opciones no le han faltado, pero ella siempre ha sido fiel a su despertador para los matinales y a sus larguísimas jornadas de sesiones parlamentarias. La Princesa es savia nueva y sabe bien lo que se hace. Tiene las cualidades de la simpatía, de la empatía y de la inteligencia. La Princesa puede compartir baño con Maruja Torres y ducharse con un gorro de vaca de cuernos rojos sin despeinarse y aún quedarle fuerzas para compartir con nosotras una de sus últimas cenas a este lado del océano.
Ahora vuela rumbo a su encuentro con su amigo BanKi que, como la descubra, no la va a dejar volver jamás a González Abreu.

2 comentarios:

Herblay dijo...

Niña, qué bonito... La verdad es que Sara se merece lo mejor. Como tú, como los buenos. Un beso, y cuídate

Sara dijo...

Ay, qué bonito... yo también te quiero!!!!

PD: permíteme que te corrija algo: yo estaba contemplando las musarañas contigo mientras Isa escribía mi 'cover letter'. De no ser por ella, y no llego ni al Genil's Bridge.. jijiji.. Estaría tan perdida sin vosotras...