lunes, diciembre 27, 2010

El virus de la pereza

El virus de la pereza tengo. Va inoculando dentro de mi a lo largo de la semana y me enferma el fin de semana. Y, enferma de pereza, la única cura posible es el sofá, la cama, una manta y una televisión a la que apenas hago caso.
Algo así me ha pasado el fin de semana. Ni salí en Nochebuena ni puse el pie en la calle en un día de Navidad en el que no me cambié ni el pijama. Pereza me daba pensar en los bares, en las fiestas, en el humo y hasta en los tacones y los escotes de la demás. Y encima me dolía la garganta.
Pero el domingo por la mañana, con el rocío todavía en las hojas de los árboles del corral, fui capaz de vencer a todos los gérmenes. Desayuné, me duché y salí a la calle. Y me recibió un día soleado que me dio la bienvenida al mundo. Un mundo que me esperaba, sin rencores, después de un par de días de darle la espalda.
Aunque frío, el día irradiaba luz y vida y opté por ir dando un paseo a los sitios. Tapé mi boca con una bufanda y mis ojos con unas gafas de sol. Apenas me crucé con un par de personas en un largo paseo del extrarradio al centro de mi pueblo. Y me sentí viva de nuevo. Y me reconcilié con mi pueblo y con sus calles completamente heladas y desiertas. Y tuve la sensación de ser la única persona de él que había podido hacerle frente a la pereza. Recogí a mi primo, me lo llevé al casino, y mientras él dibujaba pude, por fin, leer un periódico tras semanas de desconcentraciones en las que leer me era terreno vedado. Y fue mi segunda reconciliación.
Hoy es lunes. He vuelto a despertarme a las 5 y media de la mañana y acabo de levantarme de una siesta de cuatro horas con la que he ocupado toda la tarde. Ahora siento que lo de ayer no era más que un espejismo.

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