jueves, noviembre 18, 2010

En voz alta

A mi tío Pedro, el ciego, le gustaba que leyéramos en voz alta. A veces cartas administrativas, otras, fábulas de Samaniego, que eran sus preferidas. Él, a cambio, nos regalaba su música y algunas canciocillas populares que nosotras aprendimos de memoria (Que se te ve/el dedo gordo del pie/por la punta del zapato/ chato y feo se te ve). También nos regalaba sus cintas, que nosotras machacábamos con un celo para grabar encima programas radiofónicos musicales en las siestas.
Mi tío Pedro, el ciego, se quedó ciego un día cualquiera, por cualquier cosa, que es como antes siempre pasaban las desgracias. Puede que, como consecuencia de una fiebre. Puede que no. Eso fue después de hacer la mili. La ceguera no le llegó a tiempo para perderse los horrores de la guerra, a la que él, por cierto, sobrevivió de forma acomodada. Un día, muchos años después me confesó en la cocina de mi abuela que era falangista, mucho antes de yo saber qué podía significar esa palabra. "De la Falange trabajadora", me dijo como excusándose, "Yo creo que esa Falange que defendía a los trabajadores, no en el uso que del nombre se hizo después".
Después de quedarse ciego aquel día cualquiera, por cualquier cosa, recibió una carta con dos hojas. Una escrita en braille y otra no. De tanto como escuchó la carta que alguien de su familia le leía en voz alta desentrañó los misterios del braille. Aprendió a leerlo, sin que nadie se lo enseñara. Letra a letra, en una hoja cada vez más gastada. Era un tipo autodidacta. También con la música que, después de ciego descubrió como la gran pasión de su vida. Aprendió a tocar todos los instrumentos que yo creía que existían en mi pequeño universo que se reducía a la sierra, en invierno, y la playa y el pueblo de Badajoz en el que ellos vivían, en verano.
Mi tío Pedro, el ciego, tacaba el laud, la bandurria, la guitarra, el acordeón y hasta fue batería de una orquesta con la que recorrió parte de la geografía pacense. Puede que algunos otros instrumentos más, todos con un compás diferente, como más pausado, una forma de hacer música que yo no he vuelto a escuchar. Y le encantaba componer. Compuso pasodobles a los sobrinos que le iban naciendo y a todos los pueblos en los que vivió en su vida. Mi hermana y yo aprendimos alguna de sus coplas en los largos veranos de patio y noches frescas y no teníamos pudor en cantarlas en voz alta, al son que él nos marcaba.
Mi tío Pedro, el ciego, llegó, ya maduro, a Cortegana y conoció a mi tía abuela Carmen, Tita Carmen, soltera y abandonada por un novio que emigró a Mallorca para volver al pueblo, años después y con otra del brazo. Se casaron y, por eso, se convirtió en nuestro tío. Los sobrinos de Carmen se pasaron la infancia intentando engañarlo y confundirlo, pero él siempre les cogía las vueltas y ellos acaban dudando de su ceguera como dudaba el Lazarillo. La siguiente generación, nosotras, nunca le hicimos burlas ni engaños siempre admiramos su inteligencia, aunque reconocíamos que nos cansaba su verborrea porque hablaba mucho. Muchas veces. De muchos temas. Pero era uno de nuestros tío preferidos. Tanto que contábamos los días para que el curso acabara y nuestra madre nos llevara a Campanario que era una especie de paraíso particular con libertad, amigos y piscina. Han pasado siete años de su muerte y no sé por qué su recuerdo vino a visitarme esta semana, mientras charlaba con un compañero en el desayuno y le contaba el gusto de mi tío Pedro, el Ciego, de que le leyéramos en voz alta. Como hago ahora. Cada día. En voz alta. Y sentí la revelación de que mi tío Pedro, el Ciego, jugó un papel en mi vida más importante del que yo misma pensaba.

1 comentario:

primo jordi dijo...

Hay que ver como pasa el tiempo prima, yo también recuerdo a tito pedro sandia, que siempre decía: a que no has visto nunca una sandia que pese 70 kg?? vaya con nuestro tio abuelo, se van marchando de nuestra vera poco a poco los que nos han hecho ser lo que somos hoy en día. Por lo menos nos quedan los buenos recuerdos de aquellos tiempos, un beso prima.