martes, noviembre 23, 2010

El vacío existencial

"La enfermedad de nuestro tiempo es el vacío existencial", nos ha dicho esta misma mañana a un puñado de periodistas el Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, justo después de hacerse una pregunta en voz alta "¿Cómo estamos?" y contestarse que "Inmersos en una crisis económica que ha dejado al descubierto otras carencias de nuestra vida. En estos treinta años de capitalismo feroz el centro del mundo no ha sido el Ser Humano, si no los mercados. Sólo ha habido hiperconsumismo y mucho vacío".
Y yo, que agradezco que a personas como ésta se les ponga delante un micrófono para que hablen de los que les dé la real gana, le escuchaba y sus palabras me hacían pensar. Y preocuparme. "El 25 por ciento de la población andaluza ha ido alguna vez a un centro de salud mental. En 2008 más de 1500 menores han sido atendidos por algunas de las 14 unidades de psiquiatría infantil y juvenil de Andalucía ¿Qué sociedad estamos construyendo que los niños y niñas necesitan ayuda psicológica?"
Entre los indicadores de este conflicto entre lo Humano y todo lo demás, Chamizo destaca "Se está dando un incremento alarmante de consumo de dos medicamentos: El Prozac y el Tranquimacid. En este país, seis millones de personas sufren depresión. La venta de antidepresivos ha aumentado de 21 millones de unidades en 2002 a 33 millones en 2009. Ese vacío existencial lo intentamos combatir con fármacos. Nos han roto el mundo de los sentimientos. Ahora tenemos la necesidad de reconstruir la interioridad, que algunos llamarían espiritualidad. Tener por dentro las ilusiones que nos hacen ser más personas".
Es muy raro que le pidamos una foto a un personaje. Chamizo viene a menudo a Huelva y nunca antes lo habíamos hecho. Pero esta mañana he sido yo la que se lo he pedido porque esta reflexión, que no va a salir en ningún medio de comunicación, no quería que cayera en el grupo de cosas que se olvidan entre la prisa y las demás prioridades. Por lo menos que esté en algún sitio, aunque sea en este blog.

sábado, noviembre 20, 2010

"Uno no se jubila de la vida"

Rosa María Calaf fue una de las trabajadoras de RTVE que se fue a la calle gracias a un ERE (Expediente de Regulación de Empleo) que me benefició a mi, pero que yo condeno tanto como ella. Porque las cosas se hicieron mal: Porque se despilfarró un dinero que ahora hace mucha falta, porque el criterio edad era discriminatorio y porque la casa se ha quedado semi-huérfana de referentes, entre otras cosas. Y, entre esos referentes que ya no están en RTVE, esta señora de pelo rojo, mechón blanco y voz cascada que nos ha contado alguno de los hitos de las información internacional de las últimas décadas. La Calaf está en Huelva porque es la presidenta del jurado oficial del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y, aprovechando la coyuntura, los organizadores de este evento cultural tuvieron la genial idea de sentarla en una mesa para que charlara sobre ella y sobre el Periodismo. De cine hablamos poco, pero eso no importa. De lo que sí hablamos es del "despego fatalista", de los atentados contra el sentido crítico que están llevando a cabo los medios de comunicación. Tambien del "Ego-periodismo" o "Ego-periodismo-show" por el que apuestan los medios que enfocan a sus periodistas escondidos, disfrazados y contando lo mal que lo han pasado. "El periodista es el puente, no la estrella", dice esta catalana que sabe de lo que habla y de quiénes habla. Habló ella encima de la mesa en un soliloquio marcado por su visión de la situación ("internet es la única palabra que no tiene artículo, como dios"), después contestó a nuestras preguntas sobre la dificultad de su trabajo en países fundamentalistas por haber sido mujer, sobre qué papel a desempeñado Kapuscinsky en su trabjo o si cree necesaria la regulación en el oficio (pregunta a la que me respondió con una reflexión que me tranquilizó: "No sé, bastaría con que la ley se cumpliera. Pero, tal y como se están poniendo las cosas, creo que sí. La información es como la alimentación. Nadie dejaría vender a un establecimiento una lata de sardinas que estuviera en mal estado"). Y también respondió a una pregunta formulada por mi compañera Lucía, de la SER (es la que sale en la foto con nosotras): "¿Qué podemos hacer los periodistas de local?" A la que ella respondió con un cariño especial: "El valor auténtico del Periodismo está en lo local. Los enviados especiales siempre nos apoyamos en ellos cuando salimos fuera. Nosotros pasamos, pero ellos se quedan y eso tiene un valor enorme. Dentro del país, lo tenéis muy complicado, porque tenéis al que os presiona en la puerta de tu casa".
Y más tarde, cuando se bajó del escenario, continúo hablando con nosotras y, entre lo que me dijo, una cosa que me alarmó: "RNE y TVE están abocadas al fracaso, al cierre. Cuando no haya dinero, bajará la calidad. Cuando eso ocurra nadie las verá ni escuchará. Cuando nadie las vea ni escuche, ya no interesará a los políticos y será el fin". Una reflexión que me asustó, viniendo de quien venía, y a la que solo pude responder: "Ojalá te estés equivocando".

jueves, noviembre 18, 2010

En voz alta

A mi tío Pedro, el ciego, le gustaba que leyéramos en voz alta. A veces cartas administrativas, otras, fábulas de Samaniego, que eran sus preferidas. Él, a cambio, nos regalaba su música y algunas canciocillas populares que nosotras aprendimos de memoria (Que se te ve/el dedo gordo del pie/por la punta del zapato/ chato y feo se te ve). También nos regalaba sus cintas, que nosotras machacábamos con un celo para grabar encima programas radiofónicos musicales en las siestas.
Mi tío Pedro, el ciego, se quedó ciego un día cualquiera, por cualquier cosa, que es como antes siempre pasaban las desgracias. Puede que, como consecuencia de una fiebre. Puede que no. Eso fue después de hacer la mili. La ceguera no le llegó a tiempo para perderse los horrores de la guerra, a la que él, por cierto, sobrevivió de forma acomodada. Un día, muchos años después me confesó en la cocina de mi abuela que era falangista, mucho antes de yo saber qué podía significar esa palabra. "De la Falange trabajadora", me dijo como excusándose, "Yo creo que esa Falange que defendía a los trabajadores, no en el uso que del nombre se hizo después".
Después de quedarse ciego aquel día cualquiera, por cualquier cosa, recibió una carta con dos hojas. Una escrita en braille y otra no. De tanto como escuchó la carta que alguien de su familia le leía en voz alta desentrañó los misterios del braille. Aprendió a leerlo, sin que nadie se lo enseñara. Letra a letra, en una hoja cada vez más gastada. Era un tipo autodidacta. También con la música que, después de ciego descubrió como la gran pasión de su vida. Aprendió a tocar todos los instrumentos que yo creía que existían en mi pequeño universo que se reducía a la sierra, en invierno, y la playa y el pueblo de Badajoz en el que ellos vivían, en verano.
Mi tío Pedro, el ciego, tacaba el laud, la bandurria, la guitarra, el acordeón y hasta fue batería de una orquesta con la que recorrió parte de la geografía pacense. Puede que algunos otros instrumentos más, todos con un compás diferente, como más pausado, una forma de hacer música que yo no he vuelto a escuchar. Y le encantaba componer. Compuso pasodobles a los sobrinos que le iban naciendo y a todos los pueblos en los que vivió en su vida. Mi hermana y yo aprendimos alguna de sus coplas en los largos veranos de patio y noches frescas y no teníamos pudor en cantarlas en voz alta, al son que él nos marcaba.
Mi tío Pedro, el ciego, llegó, ya maduro, a Cortegana y conoció a mi tía abuela Carmen, Tita Carmen, soltera y abandonada por un novio que emigró a Mallorca para volver al pueblo, años después y con otra del brazo. Se casaron y, por eso, se convirtió en nuestro tío. Los sobrinos de Carmen se pasaron la infancia intentando engañarlo y confundirlo, pero él siempre les cogía las vueltas y ellos acaban dudando de su ceguera como dudaba el Lazarillo. La siguiente generación, nosotras, nunca le hicimos burlas ni engaños siempre admiramos su inteligencia, aunque reconocíamos que nos cansaba su verborrea porque hablaba mucho. Muchas veces. De muchos temas. Pero era uno de nuestros tío preferidos. Tanto que contábamos los días para que el curso acabara y nuestra madre nos llevara a Campanario que era una especie de paraíso particular con libertad, amigos y piscina. Han pasado siete años de su muerte y no sé por qué su recuerdo vino a visitarme esta semana, mientras charlaba con un compañero en el desayuno y le contaba el gusto de mi tío Pedro, el Ciego, de que le leyéramos en voz alta. Como hago ahora. Cada día. En voz alta. Y sentí la revelación de que mi tío Pedro, el Ciego, jugó un papel en mi vida más importante del que yo misma pensaba.

miércoles, noviembre 17, 2010

Persecución

Han pasado tres meses desde que Sarkozy invitara a los gitanos rumanos a que se marcharan de su país, seis siglos desde la pragmática que firmaran los Reyes Católicos en Medina del Campo y treinta años desde que Juan Peña "El Lebrijano" lo cantara así de bien en uno de los mejores discos de la Historia del flamenco "Persecución", que siempre ha sonado de fondo en mi vida. Porque la historia se repite. Y es bueno que la conozcamos.
Persecución cuenta eso, una persecución. La que ha sufrido el Pueblo Gitano a lo largo de la Historia. Esta tarde, camino de Sevilla, intentaba mostrarle a Guadalupe (así se llama la chica que me acompaña en mis viajes de vuelta) la grandeza de esta obra. Iba poniéndole las canciones una a una. Me las sé de memoria. No sólo porque las haya cantado desde siempre, también porque llevo el disco en el Ipod y no me canso de escucharlo. Y le paraba donde me iba pareciendo. Y le repetía los versos en voz alta: "El rojo de tu vestío/como una lengua de fuego/ va derritiendo el Rocío". Y entonces le dije algo así como "Estas letras no puede ser de El Lebrijano, tiene que haber alguien detrás de esto. Es poesía pura. El Lebrijano canta como dios, pero esto lo ha escrito alguien que sabe escribir de verdad".
Y con ese convencimiento he llegado a casa. Con el mismo que he tecleado en Internet hasta dar con el autor de las letras: Felix Grande. Y, de repente, lo he entendido todo. Cuando detrás de un trabajo flamenco está la voz del mejor Lebrijano y la pluma de todo un Premio Nacional de Letras, el resultado no puede ser otro que una obra maestra.
P.D: Un descubrimiento que coincide con el nombramiento oficial de que el Flamenco es Patromonio de la Humanidad. Ahora sólo queda que la Humanidad se deje ser Patrimonio del Flamenco.

miércoles, noviembre 10, 2010

Placeres

La persona que fuimos. Lolita Bosh. Leer ese libro justo depués de El corazón helado de Almudena Grandes es como probar un bocado del chocolate más delicioso del mundo justo después de haberte atiborrado de tarta de chocolate hasta llorar de alegría.
Y ahora me siento con un subidón de azúcar. Feliz. Porque la madrileña primero y la catalana después, cada una a su manera, me han hecho volver a disfrutar de la lectura. Ahora, esperando a que se pase el subidón, ando por mi casa con cuatro libros que llevo a todos lados: al tendedero, al baño, a la habitación, la cama de invitados... Ahora mismo descansan en el brazo del sofá desde el que escribo. Tendré que decantarme por alguno, no voy a arrastrarlos siempre.
Antes había cinco, hasta que decidí que era hora de leer de una tacada La persona que fuimos y descubrir que se puede degustar el chocolate más exquisito porque nunca te llega a empachar una tarta que te ha hecho llorar de alegría.
Lolita Bosch hace algo con las palabras que es difícil explicar. Complicado y novedoso. Vanguardista. Juntar las letras de una forma determinada y obtener emociones a cambio. Una escritura rápida, como de necesidad. Recomendable sin condiciones, "sobre todo para quienes acabamos de dejar una relación", me dijo mi amiga Sara cuando me lo prestó. Pero también es recomendable para los que las continuamos porque es Literatura de la buena. Porque es como un bocado delicioso al chocolate más exquisito del mundo que das justo antes de encender el ordenador para leer esto:
Y una mierda.

lunes, noviembre 08, 2010

Acompañada

Entre el primer y el último cubata de la tarde, Elena ha terminado una de sus reflexiones con "A mí es que lo de la guerra de Irak me llegó muy dentro, no sé". Y, de repente, me he recordado a mí misma, delante de la tele en el piso de la Macarena de una amiga donde, mientras todos hablaban divertidos, yo no podía retirar mis ojos de la tele. En ella, el presidente Bush, desde el Despacho Oval, anunciaba los que todos temíamos: El inicio de una guerra.
Recuerdo que aquella noche dormí en aquella casa más mal que bien y que, al día siguiente, desde el autobús que me llevaba a mi facultad, le escribí un mensaje de móvil a amigos y familiares en el que les decía algo así cómo "Éste es el primer día de la guerra".
Luego llegó todo lo demás: las manifestaciones, aquella ceremonia de los Goya, las muertes ("tan pronto", ha dicho Isa) de Anguita Parrado y de Couso y hasta esa imagen de la estatua de Sadam derrumbándose y que yo vi en una de las televisiones de la redacción de un periódico local donde hacia mis prácticas. El mismo donde me mandaron, como la becaria que era, a cubrir las diferentes protestas callejeras que llevaban a cabo los sevillanos. En una de ésas, a las que yo acudía mitad como cronista mitad como manifestante, me compré una camiseta. Era blanca, de algodón, y me estaba grande. Escrito en el pecho, en pequeño y sobre fondo negro, se leía "No a la guerra". Delante, en rojo y con letras más grandes, "No en mi nombre". Al llegar a la redacción la llevaba todavía puesta y uno de los jefes me pidió que me la quitara.
Todo eso he recordado, de repente, como una luz que deja tras de sí un rastro de dolor. Y lágrimas. Porque recuerdo que, durante los primeros meses, lloré mucho. A mí también la guerra de Irak me llego muy dentro. Por eso, al escucharle a Elena mis propios sentimientos, me he sentido, siete años y varias guerras después, acompañada en mi dolor.
"Puede que fuera por la edad", ha dicho ella. Puede. Porque nos cogiera en un momento de conformación de la personalidad, de elección de valores, de composición de la ideología. O puede que no. Puede que es que, simplemente, fuéramos humanas. Igual que ahora. Igual que siempre mientras nos dure la conciencia y el compromiso por la Paz.

jueves, noviembre 04, 2010

Cádiz: Playa en Noviembre

Cádiz, la ciudad que pasa del calendario. Donde noviembre parece un epílogo del verano. Mis pies descalzos en la arena, mis días sin horarios y el despertar lento de abrazos y besos me traen este nuevo verano, más necesario todavía que el que ya ha pasado.
Y al llegar a la misma habitación de hotel donde he pasado la noche, un quinto con vistas a un tendedero y a una mujer siempre asomada al balcón, recibo una llamada que me habla de un poema de Gabriel Celaya. Éste:
Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca! Muerdes una manzana. Y la manzana existe. Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo. Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo, y me das la manzana mordida que muerdo. ¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso que -¡basta!- te beso! ¡Y al diablo los versos, y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero! Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor, y aunque sea un disparate todo existe porque existes, y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio, ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo, y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.
Y recuerdo que anoche me quedé dormida abrazando el cuerpo de mi compañero y haciendo una petición callada: "Ojalá nunca te pase ninguna cosa mala".

Cádiz: Las dos orillas

Cádiz tiene dos orillas, más enfrentadas que nunca. Una suena a Progreso y Desarrollo. A Mega-construcciones y Comunicación. Otra suena a tipismo y a pasado. A chovinismo y a ombliguismo. A mí, desde luego, no me suenan a eso.
Cádiz tiene dos orillas, es verdad. En una están construyendo el segundo puente. Dicen que estará listo para 2012, Fomento ha asegurado la inversión. También dice que cabrá, por 40 centímetros, el barco más grande del mundo. Se refieren, claro, al barco que actualmente ostenta ese récord. Es decir que, a pesar de su altura, este gigante de cemento nace ya obsoleto, qué le vamos a hacer. A su lado el Puente Carranza parece una línea dibujada sobre el cielo y se queda insignificante. El nuevo puente, el de la Pepa, vendrá a morir justo al Corte Inglés, que para eso (dicen los gaditanos) ha puesto la pasta.
En la otra no están construyendo nada. Ni ahora ni nunca. Está como sostenida en el tiempo y en el espacio. Tiene una peña flamenca, la mirada de piedra de Quiñones y Alba, niños y padres jugando en el paseo, la quietud de las barcas y las olas y, sobre todo, tiene al sol que en este rincón nunca acaba de ponerse, porque se hace el remolón y deja tras de sí un cielo naranja brillante y precioso.
Si en este lado están las personas paseando por la playa, ¿Por qué tengo que decir que el Progreso está en la orilla del cemento?

miércoles, noviembre 03, 2010

Cádiz: El Callejón

Ha querido la casualidad, y la oportunidad, de que nuestro viaje de trabajo y ocio a Cádiz coincida con la presentación de "El Callejón de Los Santos", un reto que Jesús Bienvenido ha puesto sobre el escenario del Falla en una noche que unos, a un lado, y otros, a otro de la cuarta pared, han convertido en mágica.
Juan José Téllez ha dicho de ellos: "Es otro cantar. O mejor dicho, otra copla, El Callejón de los Santos es otra cosa". Y lo es. Tanto que no hace falta ni que te guste ni que entiendas de carnaval para poder disfrutar de un espectáculo en el que las melodías carnavaleras de los tres años en los que este grupo ha hecho algo tan diferente se conviertan en jazz, en flamenco, en tango o en cantes de ida y vuelta. Y lo más curioso de todo es que, salvo los colaboradores (Pasión Vega, David Palomar, Javier Ruibal, India Martínez y Manuel Carrasco), ninguno de estos chavales son cantantes profesionales.
Pero es que, en Cádiz, ocurre que hay grupos que llevan cantando juntos desde antes de aprender a montar en bicicleta y, claro, eso se nota. Cuando, además tienen una preparación musical como éstos, entonces hablamos ya de genialidades, sin dejar de ser aficionados.
Y al terminar, todos a una, el grupo de Bienvenido, con algunos que se van y otros que llegan, hicieron parada en el repleto hall del Falla para regalarnos esto:

Cádiz: Atardece en la Bahía

La bahía de Cádiz me parece uno de los mejores sitio del mundo para disfrutar de la Ingeniería. Siempre me deja con la boca abierta, por más veces que la atraviese. Ayer lo hice en autobús y una mano invisible me llamó justo a tiempo la atención para que levantara la vista del libro que leía y contemplara aquella obra maestra, hecha primero por algún Demiurgo, perfeccionada después por el hombre y culminada más tarde por este sol de noviembre, que pica por las mañanas y muere, naranja, por las tardes, cada vez más temprano.
Un espacio abierto en el que el Ser Humano cruza un puente a ras de las gaviotas.

lunes, noviembre 01, 2010

El paso del tiempo

El tiempo pasa para todo. Hasta para la piedra de este banco sobre la que, una noche de enero, mi pareja dio su primer beso. Y de eso han pasado más de 15 años. Puede que 17. Hoy ha decidido llevarme hasta allí y he sentido cierta tristeza por el paso del tiempo que todo lo devora, hasta este banco de piedra que ha engullido la propia montaña, a pesar de esa sensación de infinitud que todos tenemos cuando damos nuestro primer beso. Un momento que parece que se detiene en el tiempo y del que Grego, en concreto, guarda un recuerdo hasta divertido. Yo, del mío, no pudo decir lo mismo. Por eso me he alegrado que en ese recuerdo guarde también el manotazo que se llevó por tocar tan rápido donde no debía.
Y observando el banco de piedra, y observándolo a él mismo con su barba cerrada, he sentido, como pocas veces, que el tiempo pasa, que no se detiene, y que todo lo engulle. Y justo en mitad de ese pensamento, he tenido una revelación en forma de árbol joven que ha querido nacer justo delante del banco de piedra, como queriendo dejar claro que aquí, antes y ahora, siempre ha sido posible la Vida.

Castaño del Robledo

Castaño del Robledo, ese pequeño pueblo serrano que es todo entero Bien de Interés Cultural y del que todo el mundo sabía mucho más que yo que, a mis 28 años de orgullosa serrana onubense, desconocía. Y la espinita no paraba de sangrar y de hacer que me sonrojara cada vez que algún forastero me decía cosas así como "Castaño sí que es bonito", "Uno de los pueblos con más encanto de la Sierra", "Ah¡ Pero, ¿No conoces todavía el Castaño?". Y yo tenía que meter un rabito imaginario entre mis patas... y a joderme. Hasta hoy, día que he convencido a Grego para hacer un desvío en nuestro camino de vuelta que tanto ha valido la pena. Es verdad que es un pueblo con encanto, bonito y diferente. Con sus callejones, sus escaleras...
... y hasta su peculiar ayuntamiento con bar en los bajos.
Pero lo que realmente me ha sobrecogido ha sido este edificio casi en ruinas.
"Con esto fliparía cualquier Danbrown de la vida", le he soltado a Grego. Y es que lo creo de verdad. Tiene algo de misterioso, decadente y hasta oscuro. Y tiene todo lo demás de imponente. Cuando más abierta tenía la boca, esta señora del pueblo se ha parado a nuestro lado y nos ha destapado solo parte del misterio.
Nos ha contado que ella llegó al Castaño con trece años y que ha visto que este edificio ha sido cementerio primero, escuela para niños y salón para bailes, después. En la actualidad, alberga dentro la carroza con la que este pueblo peregrina en Septiembre a la Peña de Arias Montano, en Alájar. También me ha dicho que ayer hubo mucha gente entrando y saliendo, que ella lo ve todo desde su cocina y que, hasta hace muy poco tiempo, aquí daba penita venir porque los alrededores estaban destrozados. Y eso lo decía después de conocer que los que la escuchábamos éramos también de esta tierra y justo antes de señalarnos con el dedo las casas más cercanas, reconstruidas todas por gente de fuera que, a esa hora, salían con sus maletas de vuelta del puente.
"¿Cómo le llamáis a este sitio la gente de aquí?", le he preguntado a la simpática señora.
"El Monumento", me ha respondido. Y de repente ha vuelto a tener el halo de misterio que tenía al principio, justo cuando sentí un pellizco en la barriga.

Reencuentro con mi limonero

Te lo dije, mira que lo dije. Que la tierra serrana iba a sentarte bien, que te dejaras mimar, que en tu nueva casa iban a cuidarte y quererte. Y tu nada, al principio flaco y triste, casi en el palo. Pero mírate ahora, desafiando al mismísimo día de los muertos. Tan alto como yo misma. Qué poquito te queda para hundir tus raíces en mi tierra.