domingo, octubre 24, 2010

Como boda en bodega

El gol en Zalamea, el club de escritores de Las Camachas, el escalímetro sonoro, el novio de una prima del que es "imposible no enamorarse", el descubrimiento de Platón como filósofo primero y como perro después, los cigarros para el recreo, el proyecto de rehabilitación de la majá de la umbría, Willy el de Periodistas, los colones...
Hay diferentes formas de llorar. Yo, este fin de semana, lo he hecho primero de emoción y después de alegría. Porque participar de una vida entera y de un día tan especial es formar parte de una Felicidad inconmensuble, casi infinita, que trae con ella las lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.
En el camino de vuelta, Grego (que se emocionó tanto como yo y acabó la noche llorando y bailando) no paraba de repetir: "Era su día y han hecho que sea el día de todos". Y lleva razón. Y eso no es fácil. Porque hay que tener todos los detalles en la cabeza: que no llueva para que la ceremonia pueda ser al aire libre, que no falle el vino ni los canapés, que no se olvide ninguno de los regalos, que la música suene cuando debe, que la comida sea proporcionada, que todo el mundo tenga su lugar, que si se acaba la ginebra se va a por más, que el Pejiga se atreva a cantar "Como una Ola"...
Nosotros hemos hecho también nuestro esfuerzo, claro: El de reirnos hasta no poder más, el de mimar a las embarazadas que tenían cierto pudor en saltar, el de abrazarnos, fotografiarnos, traer el cofre del tesoro, bailar con la charanga, pasar a los zapatos planos, no parar de saltar, darlo todo en el escenario, hacer batalla de desodorantes, disfrutar del resto de amigos de los novios, mantearlos, compincharnos con Carmen Gracia, aplaudir el temazo de Revolver mejor cantado de la historia, bailar un pasodoble que, en realidad , es una orgía de intercambios, o hacer una asamblea alrederor de una mesita de madera.
Y en esta boda, que ha sido la última del año pero tan especial como la primera, también ha funcionado todo. Y en el abrazo de Ana y en la sonrisa cómplice de Jose del domingo por la mañana, yo leo un gracias que, en realidad, es compartido. Porque han conseguido que su día especial sea también el mío y el todos y cada uno de nuestros amigos.

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