martes, octubre 19, 2010

Un antídoto

La mediocridad, esa cosa que hace que llegue al final de la mañana con naúseas, que me cueste trabajo que la voz me salga del cuerpo o que los párpados se suban hasta arriba. La mediocridad, arrastrando sus pies, aletargando las neuronas, repitiendo lo mil veces repetido. La mediocridad mira al suelo, nunca se mueve del sitio y siempre está mortalmente aburrida.
Y remedios contra ella hay muchos: desde la inteligencia hasta espontaneidad, y todos con su pequeña (o gran) dosis de ilusión. Ilusión por una conversación pendiente, por un café a las seis y media o por un encargo peludo que se convierte en regalo. Son sólo tres ejemplo, pero hay que buscar muchos más. De eso se trata, supongo. De no dejar que pueda con nostros. De colocarla en el lugar de nuestra mente justo donde queda la cadena que hay que tirar para que se vaya por la tubería de la desmemoria. De que deje paso al aire, a la electricidad, a la alegría.

1 comentario:

peralta dijo...

totalmente de acuerdo con esta entrada jeje...