sábado, agosto 21, 2010

El fin

La semana que terminó la guerra yo comí todos los días en mi casa, excepto uno que lo dediqué a mi madre y a mi hermana. Fui a trabajar de lunes a viernes. Mi despertador sonó a las 5,30. Tomé café una tarde con dos amigas y fui a visitar a otro que necesitaba arreglar su ordenador.
La semana que terminó la guerra yo estaba leyendo un libro de Almudena Grandes y vi más cine de lo normal en mi casa. Descubrí El Padrino y Ciudadano Kane. Escuché tres reportajes de radio que hablaban de la Residencia de Estudiantes, la literatura falangista y el Contubernio de Munich.
La semana que terminó la guerra conduje más de mil kilómetros y no pude ir a ver el concierto de Miguel Poveda en Huelva. Pasé con mi coche por encima del cuerpo sin vida de un perro en mitad de la carretera y me compré un tocado y unos zapatos para la boda de dos amigos. Me enteré por su blog del precioso reencuentro con sus veranos pasados de una compañera.
Y hubo una mañana, en la semana en la que terminó la guerra, que mis ojos se humedecieron antes de que pudieran ver la luz del sol. La radio hablaba del fin de la guerra. La de Irak. Ésa que me causó tanto dolor cuando era una estudiante universitaria. La que hizo que me echara a la calle, que me pusiera una camiseta en la que se leía "No en mi nombre" y que colgara de la puerta de mi casa una pegatina negra con letras rojas que pone "No a la Guerra" y que, en todos estos años, no he querido arrancar.
La semana que terminó la guerra lo recordé todo: las dos comparecencias públicas de Bush (en las que anunció su principio y su falso fin), la caída de la estatua de Sadam, el juicio, su ejecución... Y me recordaba a mí misma en los sitios donde había visto esas imágenes que se quedarán como iconos de más de siete años de sufrimiento, en el que participó nuestro país. Lo recordé todo aquella mañana, cuando, tras secarme las lágrimas, me volví tan escéptica que sólo tuve el convencimiento de que esta guerra tampoco termina ahora, aunque fuera el mejor regalo de cumpleaños que podría recibir.

1 comentario:

Roberto dijo...

Precaución. Estás dominando la combinación adecuada de las palabras, un arte al que muchos aspiramos y que es patrimonio de unos pocos elegidos. Por ahí la escritura vomita mucho más que palabras; se convierte en un espejo de los sentidos. Precaución. Enhorabuena.