domingo, agosto 22, 2010

Baños árabes

"¿Cómo puedes pasar todo el día con alguien y no descubrirlo hasta ahora?" Le pregunté a ese hombre que se estaba junto a mí en el agua, que me sonreía y en cuyos ojos se reflejaban la luz de las velas, y que tanto se parecía a mi pareja, pero que no era. Estaba claro que no era. Porque yo me había acostado aquella noche con mi pareja, me había levantado después, habíamos repartido las tareas de la casa, habíamos almorzado un insípido pollo con patatas y habíamos visto dos películas juntos. El hombre que me acompañaba en el agua me besó en la frente. Me susurró que me quería y atrajo mi cuerpo ingrávido hacia el suyo para abrazarme.
Yo me dejé hacer, a sabiendas de que mi pareja no era por más que se le pareciese. Sonaban toques de guitarra y canciones orientales. Había un aroma agradable y una oscuridad que nos arropaba. Pasamos del agua templada a la fría y después a la caliente, divertidos. Pasamos también por el baño de vapor, el jacuzzi y otro baño de aguas saladas todavía más metido en la tierra. Bebimos té de una preciosa tetera. Yo también bebí. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que yo tampoco era yo, si no una persona que se me parecía. Porque de todos es sabido mi trauma con las infusiones, que no bebo desde que tengo uso de razón.
Y el hombre que no era mi pareja, pero que se le parecía, y la mujer que no era yo, pero que tan parecida era, disfrutaron de su mutua compañía y sólo se separaron unos minutos para recibir unos relajantes masajes que dejaron sus cuerpos cubiertos de aceites.
Y la experiencia ha dejado en nuestras mentes, las de verdad, un narcótico recuerdo que ya parece lejano, mientras yo tecleo en mi ordenador y mi pareja juega al Call Of Dutti y suspira y dice, sin mirarme: "Hay que recoger la ropa".

1 comentario:

Miguel dijo...

Gusta. (Como dicen mis sobrinas).*