lunes, agosto 30, 2010

De despedida

"Todo el mundo de rodillas que tenemos delante un palo cortao". Una visita a una de las principales bodegas de Sanlúcar de Barrameda no es lo normal en una despedida de solteras. Nosotras quisimos saltarnos un poco el protocolo y resulta que el pasado fin de semana nos ha dejado más conocimiento sobre el vino y una agradable cena en el corazón de las bodegas.
Todo lo demás ha respondido a una despedida de soltera más o menos convencional, claro que sin ornamentos eróticos de plástico, pero sí con su correspondiente disfraz... ...piscina.... ...y juerga nocturna. Hoy toca lunes de sofá y recuperación. Y contando los días para la boda de dos de mis mejores amigos: Francis y Mariluz.

domingo, agosto 22, 2010

Baños árabes

"¿Cómo puedes pasar todo el día con alguien y no descubrirlo hasta ahora?" Le pregunté a ese hombre que se estaba junto a mí en el agua, que me sonreía y en cuyos ojos se reflejaban la luz de las velas, y que tanto se parecía a mi pareja, pero que no era. Estaba claro que no era. Porque yo me había acostado aquella noche con mi pareja, me había levantado después, habíamos repartido las tareas de la casa, habíamos almorzado un insípido pollo con patatas y habíamos visto dos películas juntos. El hombre que me acompañaba en el agua me besó en la frente. Me susurró que me quería y atrajo mi cuerpo ingrávido hacia el suyo para abrazarme.
Yo me dejé hacer, a sabiendas de que mi pareja no era por más que se le pareciese. Sonaban toques de guitarra y canciones orientales. Había un aroma agradable y una oscuridad que nos arropaba. Pasamos del agua templada a la fría y después a la caliente, divertidos. Pasamos también por el baño de vapor, el jacuzzi y otro baño de aguas saladas todavía más metido en la tierra. Bebimos té de una preciosa tetera. Yo también bebí. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que yo tampoco era yo, si no una persona que se me parecía. Porque de todos es sabido mi trauma con las infusiones, que no bebo desde que tengo uso de razón.
Y el hombre que no era mi pareja, pero que se le parecía, y la mujer que no era yo, pero que tan parecida era, disfrutaron de su mutua compañía y sólo se separaron unos minutos para recibir unos relajantes masajes que dejaron sus cuerpos cubiertos de aceites.
Y la experiencia ha dejado en nuestras mentes, las de verdad, un narcótico recuerdo que ya parece lejano, mientras yo tecleo en mi ordenador y mi pareja juega al Call Of Dutti y suspira y dice, sin mirarme: "Hay que recoger la ropa".

sábado, agosto 21, 2010

El fin

La semana que terminó la guerra yo comí todos los días en mi casa, excepto uno que lo dediqué a mi madre y a mi hermana. Fui a trabajar de lunes a viernes. Mi despertador sonó a las 5,30. Tomé café una tarde con dos amigas y fui a visitar a otro que necesitaba arreglar su ordenador.
La semana que terminó la guerra yo estaba leyendo un libro de Almudena Grandes y vi más cine de lo normal en mi casa. Descubrí El Padrino y Ciudadano Kane. Escuché tres reportajes de radio que hablaban de la Residencia de Estudiantes, la literatura falangista y el Contubernio de Munich.
La semana que terminó la guerra conduje más de mil kilómetros y no pude ir a ver el concierto de Miguel Poveda en Huelva. Pasé con mi coche por encima del cuerpo sin vida de un perro en mitad de la carretera y me compré un tocado y unos zapatos para la boda de dos amigos. Me enteré por su blog del precioso reencuentro con sus veranos pasados de una compañera.
Y hubo una mañana, en la semana en la que terminó la guerra, que mis ojos se humedecieron antes de que pudieran ver la luz del sol. La radio hablaba del fin de la guerra. La de Irak. Ésa que me causó tanto dolor cuando era una estudiante universitaria. La que hizo que me echara a la calle, que me pusiera una camiseta en la que se leía "No en mi nombre" y que colgara de la puerta de mi casa una pegatina negra con letras rojas que pone "No a la Guerra" y que, en todos estos años, no he querido arrancar.
La semana que terminó la guerra lo recordé todo: las dos comparecencias públicas de Bush (en las que anunció su principio y su falso fin), la caída de la estatua de Sadam, el juicio, su ejecución... Y me recordaba a mí misma en los sitios donde había visto esas imágenes que se quedarán como iconos de más de siete años de sufrimiento, en el que participó nuestro país. Lo recordé todo aquella mañana, cuando, tras secarme las lágrimas, me volví tan escéptica que sólo tuve el convencimiento de que esta guerra tampoco termina ahora, aunque fuera el mejor regalo de cumpleaños que podría recibir.

miércoles, agosto 18, 2010

Cambio de tendencias

Tres no son multitud. No, si hablamos de un café en la Alameda con compañeras de ésas a las que adoras porque tienen algo especial en su forma de ser y de desempeñar este oficio, que es el nuestro. De charla, la radio se coló entre el té verde y el café cortado. Y hablamos, no sólo de la forma de trabajar, que es la que más directamente nos afecta, también de la forma de escuchar.
Y es que, cada oleada del EGM, me toca un poquito más las pelotas (si es que las tuviera). Por muchas cosas. La primera, porque creo que está claramente dirigido para que siempre ganen los mismos (cosa que me importa un auténtico carajo). La segunda, porque creo que ha perdido su validez. Y, aunque a las empresas privadas les interese para presentarlo en letras grandes a sus patrocinadores y seguirles chupando la sangre con la que (al fin y al cabo) se alimentan, ya no sirve para lo que fue creado, opino.
Los tiempos están cambiando. La forma de escuchar la radio también. Y la oreja, la más joven sobre todo, la ponen personas que no tienen ni transistor porque se dedican a pinchar los iconos de "radio a la carta". Muy pocos esperan a las horas clandestinas en las que colocan los mejores reportajes y los mejores programas de todo tipo. De nada sirve si, a las pocas horas, tardan en meterlos en su reproductor apenas unos minutos.
En el café de ayer, por ejemplo, intercambiamos referencias: El prestigioso Documentos de RNE, otro breve de biografías que lleva por título Vidas Contadas o el siempre bien referido Polvo Eres de Nieves Concostrina. Y, luego en mi casa, en el tiempo que tardó Gregorio en calentarse la cena en el microondas, me los descargué para que me acompañasen en mis dos horas de viaje diarias.
La radio, y me refiero a los programas y reportajes (los informativos son otra historia), ya no hace falta escucharla como siempre. Muy pocos lo hacemos. Por eso habría que revisar las cuentas, las estadísticas y hasta la forma de hacer la radio misma.
P.D. Un aplauso mayúsculo a la web www.rtve.es, donde queda todo lo que se hace en RNE. !Qué bien le dieron las plazas a los que aprobaron multimedia¡

lunes, agosto 16, 2010

Embarrancada

"Es a lo que hemos venido", me repetía Gregorio en el camino de vuelta, "A conocer barrancos y a andar por los ríos". Yo le enumeraba mis frustaciones. Hablaba en voz alta para entenderme yo misma. He pasado un fin de semana en el Valle del Jerte en el que me he bloqueado y me he vuelto una persona hostil, huidiza y enfadada hasta para mis amigos. Pobre amigos míos y pobre de mí. Con mis expectativas y mi nula capacidad física para sortear la incertidumbre de la Naturaleza misma, con sus miles de obstáculos en forma de piedras, zarzas y sol en la espalda. En una décima de segundo, me bloqueé. "No hay marcha atrás", les dije cuando ya me sentía segura y les pedí que me dejaran sola. "He pasado mi propio límite y ya para siempre voy a guardar un mal recuerdo de este viaje".Y me dejaron sola. Porque me conocen más de lo que ellos mismos creen. Y mi cerebro, que en mitad del bloqueo no era más que una furia, empezó a relajarse. Y los pensamientos oscuros que me atormentaban cuando traspasé mi propio fondo, se fueron volviendo más claros y serenos. "Si tuviera que tomar una decisión importante cuando entro en este estado, sería capaz de arruinarme mi propia vida", les confesé cuando volvieron conmigo, una vez que disfrutaron de Los Pilones, con sus cascadas, sus saltos de agua y todas las cosas que convierten a ese paraje en un bonito parque acuático natural.Por la noche, durante la cena, cuando les expliqué el estado de frustración en el que había entrado aquella tarde, por más bonito que fuera el paisaje que me rodeaba y por más feliz que debería haberme sentido con ellos, uno me dijo "Pues ve a un psicólogo". Pues sí, quizá tenga que ir. O no, si aprendo a conocerme, a controlarme y a saber que es un estado pasajero del ánimo. Ha querido la casualidad de que esta mañana, entre la poca gente que anda por Huelva en este día tan festivo como solitario, me haya cruzado con el hermano de una de mis amigas, montañero experimentado, que hace apenas unos días ha recorrido todo el valle. "No te agobies. El contacto con la Naturaleza tiene a veces esas cosas". Y su complicidad me ha quitado un enorme peso de encima y he vuelto a compadecer a mis amigos. Pobres. Supongo que es lo que tiene no ponerse los disfraces ante ellos, poder mostrarme tal como soy, también cuando toco el fondo de mis propios desequilibrios.

viernes, agosto 13, 2010

Un adosado en el Sahara

Con la excusa de que este fin de semana se marchan a su tierra los niños saharauis que han pasado el verano en Andalucía, tres madres de acogida han venido a visitarme a la radio con sus tres hijos. Cuatro, si contamos a otra de 18 años que ya vive en casa de una de ellas durante todo el año desde hace dos.
Han convertido mi jornada laboral en una muy especial. Ellas, las madres, me han enseñado mucho de Solidariad, Cariño, Compromiso, Emoción... Los niños me han colmado de abrazos y me han arrancado más de una carcajada.
Cuando terminamos el trabajo, los he invitado a todos a desayunar. No sólo por cortesía, también para agradecerles el placer de haberlos conocido. Y en ese desayuno, el centro de Huelva se ha convertido, gracias a sus conversaciones, en una choza de adobe en mitad del Sahara. "Yo siempre digo que tengo un adosado en el Sahara", me decía una de las madres de acogida. Y es que, para celebrar la llegada de Conchi (que así se llama esta mujer de Huelva, madre de dos niños biológicos y de acogida de Mantu desde hace 5 años), la familia de su niña le habían construído una habitación para ella sola en su choza. Y eso que sólo ha ido una vez.
Y pensé en mi madre que, sin escuchar nuestras peticiones, nunca ha querido acoger a ningún niño saharaui porque le parece una crueldad mostrarles durante dos meses las comodidades de este mundo para luego devolverlos a aquellas penalidades, allí donde hasta el agua potable es un bien de lujo. "Estos niños son carne de patera", ha dicho alguna vez. Una expresión gráfica, cruel y puede que, por desgracia, acertada.
Emitido en Radio 5. Lunes 16 de Agosto.

jueves, agosto 12, 2010

Una rebelión de sobremesa

La siesta en mi casa era un imperativo categórico. Un mandamiento que había que cumplir. Para mi madre, que me obligaba a poner rumbo a la habitación en cuanto acababa con el postre, el sueño era el único remedio a las tardes de verano, calurosísimas y aburridas, de mi infancia. Pronto descubrí que lo importante no era el sueño, si no el silencio y me prometí a mí misma no dormirla nunca.
Cumplía mi parte del pacto ("no hacer ruido para no despertar a papá") escondida en la habitación de invitados, que era como llamábamos en mi casa a la habitación de dos camas y colchas blancas donde estaban los libros que no cabían en los mueble de la salita. Allí me dirigía después de comer provista unas veces de un diario que escribía de forma irregular y otras de un radio casette donde machacaba cintas para grabar encima canciones en voz muy baja que yo misma componía y presentaba. Creo que alguna vez hasta me autoentrevisté.
Los libros se convirtieron en mi antídoto contra el aburrimiento. Mis aliados en esta doméstica rebelión. Intercalaba las lecturas de libros infantiles con otras que andaban en las estanterías en una caótica selección de lecturas que habían logrado reunir mis padres a sus treinta y pocos años. Así Gloria Fuertes y los poemas de García Lorca y Manuel Machado me acompañaron en aquellas tardes. También otros libros, que no entendía y jugaba a leer, dejándolos a las pocas páginas, hasta que logré llegar al final del primero. Un libro de adultos. Sin ninguna ilustración. Todo entero lleno de letras. Y sentí una sensación, cercana al placer y al orgullo, que se quedaron para siempre en esas cuatro paredes, pero que permaneció más allá de la llegada de la tarde y los ruidos en mi casa, más allá de aquel verano y mucho más allá de todos los placeres posteriores que me ha dejado esa relación callada de lealtad que sólo puede tenerse con los libros.

miércoles, agosto 11, 2010

El primer beso

Definitivamente, las canciones de amor han sobrevalorado la importancia del primer beso. Yo apenas pienso nunca en el mío, por insignificante y feo, pero es que cuando venía de vuelta del trabajo me lo he encontrado en esta canción de Paco Cifuentes.
Mi primer beso, me refiero al primero de todos, ocurrió en una esquina. Como la mayoría, supongo. Fue breve y me desagradó. Cuando el chico despegó sus labios de los míos (que creo que apenas se rozaron) salí corriendo a mi casa y me metí en mi habitación. Decidí huir para siempre de ese chaval, que había sido mi primer ligue. Lo estuve esquivando durante años y eso que cumplía algunos de los requisitos básicos para ser el primer ligue ideal: Era alto, moreno y un par de años mayor que yo. Recuerdo que hasta tenía una conversación agradable. Pero empecé a esquivarlo de una forma descarada para un pueblo tan pequeño. Interponía entre nosotros distancia, silencios y hasta a alguna de mis amigas que todavía recuerdan las carreras que nos dábamos. Una lástima, porque ya nunca volví a encontrarlo y, siendo como es un buen tipo, ha acabado siendo una persona totalmente ajena a mí.
Cada vez que pasaba por la esquina donde fui besada le daba una patada. Creo que lo hice durante años. Y lo peor es que alguna que otra amiga mía también lo hacía. Porque a esas edades las relaciones de amistad son como de otra dimensión. Ellas odiaban a ese primer ligue mío porque yo lo odiaba y yo odiaba a todos y cada uno de los niños que les rompían a ellas el corazón. Claro que también teníamos la delicadeza de medio enamorarnos de los mismos. Para compartir más cosas, supongo.
Pues eso, que los primeros besos están sobrevalorados y los que escriben sus preciosas historias de amor para hacerlas canciones deberían planteárselo y empezar a escribir sobre los segundos primeros besos, los terceros o los sextos... Para mí fueron, sin duda, mejores que el primero. Aunque es verdad que nunca más le puse tanta pasión a odiar nada.

lunes, agosto 09, 2010

Una trenza medieval

El jueves por la tarde me propuse encontrar una trenza postiza. Creía que iba a ser fácil en una ciudad como Sevilla pero agosto actuaba en contra de los propósitos que me había hecho despertarme con una sonrisa de la siesta. Volví a casa apesadumbrada y frustada porque, de repente, encontrar la trenza era lo más importante de mi vida. El viernes por la mañana, con la idea complatemente olvidada (como me suele pasar) recibo un mensaje de Grego: "Ya tienes tu trenza" y pensé que nunca nadie podía querer tanto a otra persona como yo quería en ese momento al único hombre que es capaz de seguirme el rollo sin tener que ser ingresado en un psiquiátrico. Este lunes de resaca de Jornadas Medievales de Cortegana toca desmontar los tenderetes, las banderolas, recojer las pacas de paja y guardar mi trenza hasta próximos eventos. Para mí han sido unas jornadas diferentes. Puede que porque este año me prometí sacar el traje medieval del armario o porque mis amigos también lo hicieron y hemos vivido una noche, la del viernes, de las más divertidas de los últimos tiempos. Ya me hacía falta algo de evasión (aunque fuera a 600 años atrás) y mucho de achuchón y risas y no hay mejor abrazo ni carcajada que los de los amigos, sea en la época que sea. Para muestra, este botón:

miércoles, agosto 04, 2010

Esta puta ratonera

La noticia saltaba con un mensaje a mi móvil durante una rueda de prensa. Un amigo de Punta Umbría estaba viendo una enorme columna de humo negro. Luego llegaron las prisas, las entradas en directo avanzando lo que parecía ser una catástrofe... Todo en un día en el que yo debería estar contando otra cosa y no un incendio en una refinería que ha costado la vida a dos trabajadores de sus subcontratas y ha herido a otros dos.
Antes de darme cuenta estaba pegada al teléfono, en mitad de la carretera, lo más cerca que la Guardia Civil me dejaba de las llamas, hasta que vino uno a invirtarme a que me fuera. Y lo hice. A la rotonda de al lado, junto al helicóptero del 061 y mis compañeros. Llegó la ambulancia y todos se acercaron. Yo me quedé en la rotonda. Bajaron al herido más grave. 95 por ciento de su cuerpo quemado y muy pocas probabilidades de subrevivir a este accidente laboral.
¿De verdad hay que acercarse tanto? Les dije a lo lejos. Volvieron al momento, obligados por un agente y con una expresión de espanto. Es lo más desagradable que he visto en mi vida, dijo una. Planteé en voz alta, otra vez, la necesidad de estar tan cerca. Si de todas formas tenemos que preservar la intimidad de este hombre, les dije. Una, de Antena 3, me dio la razón: Total, esto después no lo podemos poner.
Y pensé en todas esas cosas que nos enseña la Profesión y que olvidamos con las prisas, la urgencia, la precariedad y la desesperación. La nube seguía siendo grande, negra y maloliente pero cada vez lo era menos. Al herido se lo llevaron volando, pero tardó poco en morir. Y yo, que había empezado el día pisando por primera vez las balsas de fosfoyesos en las marismas del Tinto, pensé en la cara factura que paga Huelva por aquel desarrollo industrial que a tanta gente da de comer hoy en día. Pensé en la Vida, en la humana y la medioambiental, pero también en la que hay que llevarse a la boca. Y volví a entender la encrucijada de esta tierra y de estas gentes. Siempre dentro de esta puta ratonera.

martes, agosto 03, 2010

Ciudad deshabitada

Huelva. 13,00. Salgo cinco minutos a la puerta de la emisora. El primero en pasar es un señor cargando un transistor en el que va escuchando zarzuela. Después dos mochileros y una pareja que va a la playa. Un todoterreno y un par de turismos. Las últimas, dos señoras agarradas a su bolso. Y nada más. Sólo silencio y una luz que lo inunda todo.
La ciudad está dormida o resguardada en casa del calor y de la resaca. Puede que en la playa. Donde sea menos en la propia ciudad, donde me parece que estoy yo sola y algunos pocos desgraciados como yo.
Me llegan ecos de un acto tan protocolario como oficial, con condecoraciones y discursos, en La Rábida. Son los hombres y mujeres que se afanan porque este 3 de Agosto siga teniendo el sentido que ya todos han olvidado, obviado o cambiado por unas calzonas y unas chanclas. Hablan de memoria, de historia y de aventura colombina y lo quieren, supongo, es colocar a Huelva en el mapa. La ciudad en la que empezó el cambio del mapa mismo.