miércoles, julio 07, 2010

Desasosiego

Me gusta el silencio, pero siempre lo lleno de actividad: leer, escribir, mirar, escuchar, comer... Por eso, cuando este mediodía, completamente sola en mitad de mucha gente, almorzaba en un restaurante de franquicia en un centro comercial no sabía muy bien qué hacer con mi pensamiento entre plato y plato.
Y, de repente, me he hecho preguntas: ¿Por qué me siento tan oprimida, como reducida, sola y triste? ¿Por qué siento una especie de desasosiego que me oprime el pecho? Las palabras retumbaban en mi cabeza y he levantado la vista. Alrededor mío, una familia de tres, un par de mesas de compañeros de trabajo y otras tantas de parejas compartiendo almuerzo y conversación de miércoles.
Pero mis preguntas continuaban martilleando mi conciencia y creo que hasta salieron de ella porque los dos camareros que se ocupaban de mi zona de mesas, uno primero y otro después, han decidido prestarme una atención VIP. Uno me ha preguntado que por qué tarda tanto mi segundo plato, otro que iba a mirar en la cocina, el primero ha vuelto a pasar y a sonreirme, el segundo me ha hecho una mueca con la boca... Y cuando uno de ellos ha traído el plato por fin, el otro ha corrido a quitárselo de las manos para depositarlo encima de mi mesa.
Han logrado, por un momento, llenar mi silencio de actividad. Pero cuando su coreografía de sonrisas y bandejas ha terminado, las preguntas han vuelto y no ha sido hasta el postre cuando he logrado encontrar algunas respuestas. Es el centro comercial mismo, las bolsas llenas de compras que ocupan la silla vacía junto a mí, los grandes carteles de Rebajas, la música alta, los montones de ropa y hasta las dependientas que no me miran a los ojos. Todo está deshumanizado, como sin alma. Y han estado a punto de quedarse también con la mía.
Un par de vueltas más y he vuelto a casa. Menos mal que mi casa ya no es mi casa, si no una ventana de 42 pulgadas al estadio lleno de luces de Durban. Dicen los comentaristas algo del partido más importante de la historia de España y repiten tópicos grandilocuentes uno tras otro. Ellos sí que apelan al alma. Ellos sí que saben como hacerlo. Y, aunque no consiguen terminar con el vacío que arrastro desde el silencio entre plato y plato, están logrando, al menos, que no haya preguntas dentro mi cabeza. Viva la alienación y viva el fútbol.

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