jueves, julio 29, 2010

Toreo, lágrimas y políticos

Todo este debate en torno al mundo de los toros tiene algo de romático. Lo digo por las lágrimas del torero Sebastián Marín, espectador de la sesión de ayer en el Parlamento catalán. El mismo que se envolvió en la senyera una tarde sobre el albero y del que hoy ha dicho algún contertulio radiofónico "con lo cara que valen las lágrimas de un torero". Marín representa la frustación del que, desde la emoción, tiene que despedirse del toreo en su propia tierra. Pero las lágrimas y el cabreo de este torero son también los de muchos aficionados y otros tibios que alegan razones históricas, culturales y hasta económicas para ponerse en contra de esta nueva prohibición en el territorio catalán.
Puede que también se sumen a estas lágrimas ciertos sectores españolistas que defienden que el nuevo veto tiene su razón de ser en que la fiesta de los toros es un símbolo nacional y que los catalanes, al prohibirla, están atentando contra la nación española. Ahí creo que se están pasando, la verdad. Entre otras cosas porque, como esta mañana decía mi amigo Ismael Domínguez, "la Constitución Española no recoge que los toros sean ningún símbolo de España" y, como le he leído a mi amiga Isabel Jiménez "¿Por qué insistimos en que son identidad nacional española, como si no fueran comunes al arco norte mediterráneo?". Estoy de acuerdo con ellos. Y yo creo que, en el fondo, el posicionamiento ante este problema depende de dónde coloquemos el foco, si en el animal o en el aficionado. Porque todo cambia y el mismo que reconoce la libertad de un protaurino para acudir a una corrida puede abominar la tortura a la que es sometido el toro. Yo, por ejemplo, me he colocado en esas dos opciones y me planteo si sería posible mantener la liturgia dejando a un lado la sangre. Y lo hago sin tener ni pajolera idea de toros, más allá de las crónicas taurinas que me bebo en los periódicos, porque las considero uno de los últimos reductos de literatura en nuestro oficio.
El debate está en la calle, claro que está. No lo digo sólo porque la decisión de los políticos catalanes de ayer haya abierto todos los informativos y copado todas las portadas (hasta ésta de El Mundo que roza los límites de la ética periodística y del Periodismo mismo) si no, también, porque se ha colado esta mañan entre mi café y mi tostada como no lo hacen ninguno de los temas a los llamamos los periodistas "actualidad".
Y me surgen muchas dudas: ¿Será el paso previo para prohibir también la caza, como entretenimiento y pseudo-deporte? ¿Asistiremos a un éxodo de aficionados a plazas limítrofes como en los años previos a la Transición iban algunos a ver películas prohidas en España a los cines franceses? Y mientras me las hago, tarareo por Martínez Ares.

martes, julio 27, 2010

Encuentro en Comisaría

"Te lo juro, a esa gente hay que darles fuerte. Yo, como coja al que ha sido, lo meto en el maletero. Te lo juro... Total, la ley los protege". Yo no tenía ningún tipo de interés en contarle a nadie qué era lo que me había traído un mediodía de julio hasta la comisaría de la Policía, pero el señor que se acababa de sentar a mi lado, sí. Yo lo escuchaba y atribuía su proclama neo-fascista al enfando que arrastraba desde esta mañana, cuando descubrió que todas, excepto una, de las furgonetas con las que trabajan sus empleados habían amanecido con las ruedas cortadas a punta de navaja. Me atreví a confesárselo, auspiciada por la cercana intimidad que se había creado entre nosotros.
"Que no, que te lo digo de verdad. Voy a poner cámaras por dentro del local mirando a la calle , como coja al que sea, ese no ve más la luz del sol". Yo seguía escuchándolo mirando fijamente al libro que todavía estaba abierto entre mis manos y de cuya lectura me había sacado este antiguo jugador del Recreativo de los 80, actual empresario local. "Hombre, por Dios, es que hoy, del cabreo que he cogido, me da igual todo. Mi mujer acaba de llegar del procurador de cobrar treinta mil euros y otros quince mil en b porque ha vendido una casa y, cuando me ha llamado para decírmelo, no me ha hecho ni ilusión".
La confesión me ha arrancado una sonrisa, por lo surrealista y lo patética, y entonces lo he mirado a la cara. Él, al verme sonreir, lo ha hecho también. Una sonrisa amplia, de esas que obligan a cerrar los ojos, y no me ha parecido más que un hombre, chulo y bueno, pero tan enfadado que resulta ridículo. He pensado en lo mucho que tuvo que ligar mientras jugó en el Decano y le he sacado el tema del fútbol.
"Yo es que no he querido nunca salir de aquí. Jugué en la Andaluza y también en la Selección Española... Pero cuando salía me deprimía". Enumeró todas las figuras del balompié que fueron compañeros suyos y luego me confesó que empezó a jugar en el Recre a los 16 años y allí estuvo hasta los 34, que se retiró. Le dejaba hablar y no me parecía ningún "juguete roto". Tocamos todos los temas que él quiso y de todas las personas que conocía en todos y cada uno de los estamentos de la sociedad onubense. Me dio la impresión de que realmente este desconocido para mí fue un día un hombre muy popular en esta ciudad.
Entonces recordó su enfado y volvió a su alegato violento. "La cárcel nueva de Huelva es un hotel de 5 estrellas. No hay derecho. Les dan hasta cursos de tenis". De ahí pasó a relatarme un suceso, una noche hace quince años, cuando uno de sus amigos, cinturón negro de karate, le dio tal paliza a un ladronzuelo al que pilló robando las ruedas de su propio coche, que lo llevó él mismo a urgencias "... y por hacerlo, el pobre de mi colega, todavía está pagando".
La rabia, la hombría lesionada, la obsesión por sus enemigos... Todo se mezclaba en un discurso en el que a mí me avergonzaba confesar que estaba allí por una cagada: "Me han robado los limpia-parabrisas", acerté a decir en una de sus pausas. Las puertas se abrieron y entramos, casi a la vez, cada uno en una oficina. Sin despedirnos.

martes, julio 20, 2010

La conjura de los tímidos

Los tímidos del mundo se han conjurado e Iniesta es su abanderado. Leo, una tras otras, las crónicas sobres la victoria mundialista y los perfiles de esta generación de campeones, entrenador incluído, y caigo en la cuenta de que, en casi todas, la timidez es un valor positivo. No sabía que lo fuera. De hecho, desde siempre pensé que estaba más cercana al defecto que a la virtud. Ahora, de repente, no es así. La timidez aparece junto a lo bueno, a lo reflexivo, al buenhacer, a la calma, a la educación y a muchas otras palabras de la que yo no sabía que fuera una especie de sinónimo.
Tímidos del mundo: He descubierto vuestra conjura y he decidido combatirla. Si es que alguna vez os considerasteis mejores personas que los extrovertidos, aquí estoy yo para recordaros la de años que nuestras palabras y acciones llenaron vuestros silencios y quitudes. ¿O es que, sólo por ser tímidos, os creéis, por ejemplo, que reflexionáis mejor las cosas que nosotros? No tiene por qué ser así. No tiene por qué serlo siempre.
Y lo cierto es que tengo que reconoceros que ese silencio y esa quietud os hacen sencillamente arrebatadores a nuestros ojos. Yo, por ejemplo, en mi tierna adolescencia, me enamoré perdidamente de uno de vosotros y todavía sigue en mi casa.

domingo, julio 18, 2010

Leaving Las Negras

Desde la terraza se escuchan unos acordes de guitarra que un padre enseña a su hijo. Poco más. Y ese poco más es un auténtico mucho. Nada. Si acaso las ramas del árbol de abajo que se mueven con la brisa o alguna conversación, al rato, de los que pasean por la calle.
Un silencio que me permite seguir leyendo hasta que paro para dar un sorbo que sabe a tinto de verano con hielo. Miro al frente. Y pienso. Unas veces en singular, otras en plural y otras en la arquitectura blanca de techos rasos de las casas que veo en este pueblo costero y hippy, al menos por ahora.
Mi amigo arquitecto que, como todo buen arquitecto, vive obsesionado entre la luz, el espacio y lo diáfano, me hace reparar, con pasión, en algunos matices: Una gran ventana rectangular sin persianas ni tapa-luces, las letras, lo blanco... Todo le da una armonía a las casas que acaba entrando en el espíritu. Claro que también hay detalles que desentonan, como algún que otro techo de tejas. Eso saca a mi amigo de sus casillas. Creo que, sin querer, me ha enseñado algunas de las claves de su vocación. Después llegan más amigos y, entre ellos, dos arquitectos más. Les gusta la luz, el blanco, y el concepto mismo de las formas, tan diferente del que conocemos. Yo ya lo sabía, así que les hago de guía desde el sillón de atrás de su coche.
En eso pienso desde la terraza, entre párrafo y párrafo. También en este silencio que no es silencio y que se parece algo al que hay debajo del agua. Y es entonces cuando recuerdo que son las sensaciones las que me han hecho volver por tercer año a este rincón mediterráneo. Las de dentro y las de fuera del agua: mi pie a varios metros del suelo, la sensación de ingravidez, los pequeños descubrimientos... Pero también las conversaciones, las comidas, las sonrisas, la convivencia con mis amigos y hasta los bailes y la música. Porque, en uno de los pocos sitios donde podemos beber alcohol más allá de las 2 de la mañana, logramos que nos pongan Los Chichos. Y reímos, bebemos y bailamos. Nos miramos y pensamos algo así como: Tierra Conquistada.

viernes, julio 09, 2010

Orden

Desayuno pulpo que come mejillón. Un símbolo de la postmodernidad, supongo, del Ser Humano que busca incansablemente algo en lo que creer, justo cuando los grandes mitos empiezan a derrumbarse. Primero dios y ahora Maradona.
Me quedo mirando desde la cama a las repisas de mi habitación. ¿Qué te pasa? Pregunta Grego. Nada, le contesto. Lo mejor de la lectura es elegir el siguiente libro, añado. Aunque puedo equivocarme. Dudo entre un Saramago y La Soledad de los Números Primos, de Giordano. Me quedo con el segundo como lectura de verano, para cuando termine con las intimidades de Lady Chatterley que tanto me están seduciendo, dentro y fuera de la cama.
De repente, necesito orden. Los Saramagos y los Kapuscinskys deberían estar todos juntos, pienso en voz alta. No entiendo muy bien mi propia decisión. Plumero en mano, los pongo unos con otros. Para poder, supongo, verlos a golpe de vista cada mañana cuando despierte. En un mal movimiento cae al suelo El Principito.
No es el ejemplar que tuve desde pequeña, y que continúa en casa de mi madre, en el pueblo. Se trata de otro nuevo, con acuarelas de Saint-Exupéry, que me regaló un compañero la primera vez que yo pisaba un periódico: "Leona: Lo esencial es invisible a los ojos. Un beso. Sevilla, 18 de Noviembre de 2003". Sonrío y vuelvo a dejarlo en la estantería. Descubro que he elegido como compañera de El Principito a Madame Bovary. Fue la lectura que me acompañó el verano siguiente, al frescor del aire acondicionado de los autobuses urbanos de Sevilla. Un sacrificio, mientras en mi pueblo soplaba el fresquito, que luego ha valido la pena. Entre sus páginas, una foto de fotomatón que muestra, metidos en un corazón hortera, la cara de Grego y la mía, con bastantes años menos. Y vuelvo a sonreir, un poco por todas las coincidencias. Sobre todo porque mi lectura de El Amante de Lady Chatterley me hace recordar aquella de Madame Bovary, con tantas semejanzas y más diferencias.
Sigo intentando ponerle orden a mi propio caos, ahora con una petición silenciosa: Que la Literatura nos salve de la vida ideotizada. Ésta en la que un repugnante pulpo se convierte en oráculo, con conexiones en directo y minutos en la portada de los informativos.

miércoles, julio 07, 2010

Desasosiego

Me gusta el silencio, pero siempre lo lleno de actividad: leer, escribir, mirar, escuchar, comer... Por eso, cuando este mediodía, completamente sola en mitad de mucha gente, almorzaba en un restaurante de franquicia en un centro comercial no sabía muy bien qué hacer con mi pensamiento entre plato y plato.
Y, de repente, me he hecho preguntas: ¿Por qué me siento tan oprimida, como reducida, sola y triste? ¿Por qué siento una especie de desasosiego que me oprime el pecho? Las palabras retumbaban en mi cabeza y he levantado la vista. Alrededor mío, una familia de tres, un par de mesas de compañeros de trabajo y otras tantas de parejas compartiendo almuerzo y conversación de miércoles.
Pero mis preguntas continuaban martilleando mi conciencia y creo que hasta salieron de ella porque los dos camareros que se ocupaban de mi zona de mesas, uno primero y otro después, han decidido prestarme una atención VIP. Uno me ha preguntado que por qué tarda tanto mi segundo plato, otro que iba a mirar en la cocina, el primero ha vuelto a pasar y a sonreirme, el segundo me ha hecho una mueca con la boca... Y cuando uno de ellos ha traído el plato por fin, el otro ha corrido a quitárselo de las manos para depositarlo encima de mi mesa.
Han logrado, por un momento, llenar mi silencio de actividad. Pero cuando su coreografía de sonrisas y bandejas ha terminado, las preguntas han vuelto y no ha sido hasta el postre cuando he logrado encontrar algunas respuestas. Es el centro comercial mismo, las bolsas llenas de compras que ocupan la silla vacía junto a mí, los grandes carteles de Rebajas, la música alta, los montones de ropa y hasta las dependientas que no me miran a los ojos. Todo está deshumanizado, como sin alma. Y han estado a punto de quedarse también con la mía.
Un par de vueltas más y he vuelto a casa. Menos mal que mi casa ya no es mi casa, si no una ventana de 42 pulgadas al estadio lleno de luces de Durban. Dicen los comentaristas algo del partido más importante de la historia de España y repiten tópicos grandilocuentes uno tras otro. Ellos sí que apelan al alma. Ellos sí que saben como hacerlo. Y, aunque no consiguen terminar con el vacío que arrastro desde el silencio entre plato y plato, están logrando, al menos, que no haya preguntas dentro mi cabeza. Viva la alienación y viva el fútbol.

viernes, julio 02, 2010

Vacaciones en Standby

Oportunidades. De eso se trata. Si la crisis se ha metido en el salón y me ha jodido hasta los planes vacacionales, hay que buscar oportunidades. Volver, por ejemplo, a devorar un libro y terminarlo en pocos días o retomar conversaciones siempre aplazadas. En esta foto, tres generaciones de mujeres de mi familia. Mi madre, mi abuela y yo. Detrás, la marisma que este año, y a pesar de ser pleno verano, sigue preñada de agua, yeguas y flamencos. Claro que también de mosquitos, pero eso es otra historia y el olor de los repelentes no traspasa las fotografías ni el amor que nos tenemos. Y al final va a resultar que la falta de planes me va a dar una nueva oportunidad: la de pasar un verano en familia.