miércoles, junio 23, 2010

Hablar como si supieras

Aquí no hay ley más sagrada que la escrita en un papel bajo el cristal de la mesa camilla o pegada al mueble de la tele. En una, benevolencia con las pocas mujeres mayores de 80 años que entran por sus puertas, en otra una invitación a la concordia: "No realizar comentarios sobre el equipo contrario para no molestar a otros socios". Advertencias que me arrancan una sonrisa, a pesar del peligro que tiene ir contra la libertad de expresión, claro. Pero yo en el Casino de mi pueblo lo perdono todo.
Es uno de los sitios donde más me gusta dejar pasar mi tiempo. Tanto que hay noches de sábado en las que prefiero no salir para estar temprano aquí y disfrutar de todas las conversaciones, de los ires y venires, las informaciones de última hora, los eventos deportivos y taurinos en pantalla grande y el hablar-como-si-supieras. Eso es lo fundamental. El codo con codo en el sentar cátedra, en el arreglar el mundo, en el "yo estuve allí". Aquí sólo hay certezas. Nadie duda ni se cuestiona. Y todo a pesar de que la hija de uno de los grandes incondicionales de este edificio señorial de finales del siglo XIX me dijera el otro día algo así como: "Y los embustes, cuántos más grandes mejor".
Es mi refugio, mi salvavidas entre las verdades y las mentiras, las de las palabras escuchadas y las leídas en los periódicos y las revistas. El único sitio donde tengo la tranquilidad de leerme una crónica taurina y la seguridad de comentarla luego ante un auditorio masculino en el que rebajo, y mucho, la edad media. Una experiencia de vida casi tan fuerte como el cortado que me hace, al segundo sorbo, correr hacia el baño.

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