viernes, mayo 07, 2010

Alienaciones diarias

En el sitio donde compro la comida que como cuando lo hago con prisas y en el trabajo siempre hay vídeos musicales. Unas canciones alegres que no entiendo. En la pantalla, hombres que se parecen extrañamente demasiado a los dos que regentan este establecimiento: uno moreno y chaparrito con cara de buena gente que siempre me sonríe, y otro más serio y algo mayor, espigado y también moreno que viste siempre camisa y pantalón con pinzas y que, si no lo viera cada vez que voy reponiendo los refrescos, diría que es profesor de filología en cualquier universidad del mundo. Los dos son de Pakistán. El que sonríe me escribió una vez en un trozo de papel el nombre de su ciudad. Prometí buscarlo por internet, pero me olvidé. Mientras espero a que saquen algo del enorme tronco de carne que da vueltas junto al fuego no puedo quitar los ojos de la pantalla. Ellas, con melenas y pestañas tan largas como sus nacaradas uñas y sus festivos pendientes. Con unos enormes ojos verdes y unos pechos excelentemente colocados. Tienen una piel tan blanca que contrasta con la del hombre que le da la réplica en el alegre baile que protagonizan en mitad de la calle. Por cierto, que a veces la calle está en Nueva York porque en varios planos sale de fondo el puente de Brooklyn y los taxis amarillos. Todo es feliz y perfecto como su blanca sonrisa y su tipazo. Cuando, en mi espera, consigo bajar la vista de esa pantalla completamente alienante y pongo el pie en la puerta, miro a los hombres y mujeres que están sentados en las terrazas del resto de los bares, en los que cruzan el paso de cebra, en los que conducen... Me parece que, de un momento a otro, todos van a comenzar una coreografía conjunta que les hace más bellos y felices. Como no llega, vuelvo a buscarlo en la pantalla, que me hipnotiza otra vez. El más simpático de los dos tiene que llamarme la atención cuando ya tiene mi comida metida en una bolsa de plástico. Bajo la vista, lo miro y vuelve a regalarme su sonrisa paquistaní. Es justo en ese momento, cuando cierro el monedero, cuando tengo que reprimir las ganas de salir bailando por la puerta.

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