viernes, abril 09, 2010

Irreverentes

Me refregaba los ojos con fuerza. A este viernes he llegado con muy pocas energías, pensaba. Volvía a darme con el puño en el ojo izquierdo. Después en el derecho. Cruzaba el semáforo que me separa del kiosco en el que compro, casi a diario, una botella de agua mineral. Entonces aparecieron ellos, con su ropa deportiva, sus mochilas y sus carpetas con pegatinas. Un chico y una chica de no más de dieciséis. Iban al instituto abrazados, medio borrachos de un amor primero. Ella reía con la boca abierta y las caracajadas me parecieron, a las ocho y veinte de la mañana, más irreverentes que en cualquier otro momento del día. Fue entonces cuando él, introdujo la mano que le quedaba libre por debajo de la chaqueta de ella y le toco una teta. Así la mantuvo hasta que terminaron de cruzar el paso de peatones. Ella no paraba de reir. Nada tenía la escena de obsceno, ni de sucio. En absoluto. Dejaron en el aire el suave aroma de la alegría y la desinhibición. Y me arrancaron una sonrisa.

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