jueves, abril 29, 2010

Otros tiempos

Pensaba que nada que pudiera llevar colgado de las orejas podía costar 7.500 euros.,Pero sí. Ayer me pidieron eso en una tienda del centro de Sevilla por unos aros de corales que me habían gustado. Estaban en un escaparate, sin etiqueta ni nada. La señora, al preguntarle yo por el precio, empezó a echar cuentas con su cabeza y, cuando dijo la cifra, tuve que poner tal cara de incredulidad que me la repitió explicándome algo así como que eran tres pendientes en uno. Vaya. 7500 euros. Con eso pagaría yo año y medio de alquiler. Claro que también pensaba yo que eso de la igualdad era una realidad, más allá de las buenas intenciones de nuestros políticos, ésos que desdoblan el lenguaje para nombrarnos a todos y todas. Pero no. Me ha pasado dos veces en pocos días. Primero en el centro de Huelva en un almuerzo con un compañero: Pido la cuenta y, cuando llega, el camarero se la pone por delante a él. Y eso que yo tenía en la mano hasta la cartera. Después en el centro de Sevilla, cerca de los pendientes de 7.500 euros: Acompaño a mi pareja a comprarse una camisa y el dependiente, que lo mira mientras le habla del doble puño, el precio, la calidad y otro tipo de cuestiones, sólo me mira a mí cuando dice algo así como: "Y es un tejido estupendo para planchar. Basta con colgarla y punto. Apenas se arruga". Le puse la misma cara que al camarero de la cuenta, puede que hasta la misma que a la señora de los zarcillos de corales... Esa cara que se pone cuando encuentras a seres que parecen haber salido de otros tiempos diferentes al tuyo.

miércoles, abril 28, 2010

Sangría

Veinte por ciento de paro. Lo decía la radio y yo pensaba: 20 de cada 100, 2 de cada 10, 1 de cada 5... uno-de-cada-cinco, uno-de-cada-cinco.... La proporción me ponía la piel de gallina. Dicen que es el umbral de la revuelta social. Yo miré por la ventanilla a ver si había comenzado, si alguién había cortado la autovía, pero nada de nada. Pude llegar a mi destino sin pasar por piquetes, ni por humo negro de ruedas quemadas. Y al hablar con una compañera me cuenta que El Correo de Andalucía presenta un ERE para 22 trabajadores. Mierda. Ahora, el Correo. Otra sangría. Y 22 son un montón, es una herida de muerte para cualquier cabecera. Yo hago repaso y, en un momento, me vienen a la mente algunos compañeros que los que he compartido horas de redacción, de espera, de pasillo y hasta de copas y de lecturas. Mierda, otra vez. Sobre la pared, un folio con esta frase de Eduardo Galeano:
"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entoces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Y el mensaje de Galeano da conmigo precisamente este día de malas noticias. Es entonces cuando pienso en que tenemos que seguir caminando. Toda la profesión, entera y junta.

jueves, abril 22, 2010

Doble ángulo

Si a mi hija de trece años, con cierto retraso mental, la hubieran violado entre siete niñatos de mi pueblo. Si para dormir necesitara comerme medio tarro de pastillas. Si me hubiera tenido que mudar de casa, de barrio y de pueblo para no encontrármelos a ellos ni a sus familias. Si tuviera, casi un año después, que revivir todos aquellos momentos en un juzgado. Si los testimonios de ellos me causaran tanta náusea como las pruebas que aportan los peritos sobre los daños. Si acudiera hasta el juzgado del brazo de una amiga porque me cuesta mantener firme mi propio paso. Entonces, a mí tampoco me gustaría tener que hablarle a una periodista con micrófono rojo y pelo corto que me pregunta a la puerta del juzgado si yo soy quien soy y que qué tal me encuentro. Ni a ella, ni al enjambre de cables, micrófonos y cámaras que vienen detrás. Sólo querría darles una enorme voz y mandarlos a su puñetera casa. Si yo fuera una periodistas de ésas de título firmado por el Rey, de lectura de periódicos al día, de las de moralina vespertina ante la telebasura. Si yo fuera una periodista de ésas que acude cada mañana a trabajar, creyendo que lo que cuenta le interesa a la gente. Si yo fuera una periodista que ésas que tiene amigos periodistas con los que arregla la profesión y el mundo, de paso, sentada en el velador de un bar. Si yo fuera una periodista de las que quiso estudiar idiomas y hasta una segunda carrera por el fin mismo del conocimiento por el conocimiento. Si yo fuera de ésas periodistas a las que le gusta estar en la calle y pide, a las puertas de un juzgado, que ni llueva ni le tiren piedras. Si yo fuera la periodista de micrófono rojo y pelo corto, tampoco querría preguntarle a esa señora sonámbula y escuálida si es quien es y cómo se encuentra. Ni querría seguir grabando mientras me dice, con la voz cortada, que cree en la justicia y que se encuentra fatal. Sólo querría dar una voz enorme y marcharme a mi puñetera casa.

miércoles, abril 21, 2010

Poco común

Ando por mi casa con un pijama rosa con una vaca en el pecho. "Guiselle, la plus belle". Guiselle debe llamarse esta vaca con delantal, la más bella de la tienda donde la compró mi suegra. Porque mi suegra se ha aficionado a las compras. Pero de una forma poco común. Su fuerte son los chinos y algunas tiendas de ésas que cuelgan en la fachada "Todo a dos euros". Y a ella, que le parece casi imposible que las cosas cuesten eso, anda trayendo cada día que si un fulard, que si un blusa a la que le saca las pinzas, que si una camisa a la que recorta el largo, que si un reloj que le queda grande para que Grego se lo arregle. También ha comprado anillos, bolsos sin correa, calcetines para recién nacidos...
Así pasa parte de sus días, paseando por Triana, de tienda en tienda. Comprando, devolviendo, comprando, devolviendo, comparando, volviendo a devolver y otra vez a comprar. Lo penúltimo que compró fue uno de esos pájaros inseparables, todavía papillero. Consiguió, después de cuatro días dándole papilla con una jeringa, cambiar la jeringa por una jaula. Todo cuando el pájaro ha empezado a picotear el alpiste y a contestarle cuando le pregunta "Currito, ¿Estás comiendo?"
Para todo hay que valer en esta vida. Hasta para regalarle a tu nuera un pijama rosa de manga corta y a media pierna, con el dibujo de una vaca... y lograr que se lo ponga. Una artista de la pista, esta suegra mía.

martes, abril 20, 2010

Pescaíto´s Night II

Un periodista acaba de preguntarle a Caballero Bonald si tiene alguna certeza. Me ha parecido una pregunta preciosa sólo superada por la respuesta del escritor de Jerez. Algo así como que él intenta carecer de ellas y que los que creen tenerlas son las personas más estúpidas que conoce. Los que el lunes por la noche acudimos a la fiesta de nuestro amigo en un piso al final de la Calle Asunción éramos, la mayoría, personas que, entre la certeza y la incertidumbre, apostamos por la segunda.
Y allí volví a encontrármelos a la mayoría, un año después de la última Pescaíto´s Night. En la pared, los grandes carteles de cine y los pequeños hechos para el evento. Un Chuck Norris feriante que le pidió a Lola Flores que bailara la quinta, y la bailó. Esas personas, de las que ya para siempre formo parte aunque apenas haya pasado unos meses entre ellas, son de las que se mueven en el filo del alambre. Como sólo saben hacerlo los genios.
Por ejemplo, el montador de un programa que ha decidido colar en sus videos el logo de Dharma. Lo mismo lo pone en un pared que un folio encima de una mesa. Ahí lo deja, como de forma subliminal, un plano cualquiera durante unos segundos. Y pasa desapercibido. Me confesaba que lo hace porque sí, y en ese porque sí yo advertía un destello de genialidad.
O los anfitriones, con su bodega en la que descubrí un Brugal de reserva; el que prepara una tesina sobre la publicidad en los informativos, el que no soporta discutir cuando conduce, el que cuando conduce, se pone violento; el que come lacasitos con cubatas, el que recibe un mensaje "Cariño, vente pronto a casa que nadie de los que están en la fiesta te quiere ni la cuarta parte que yo", los que son más surferos que realizadores, los que distinguen entre amigos y hermanos, mis dos alegres compañeras a las que hacía más de dos años que no veía y ante las que me costó reprimir mis lágrimas de emoción, los que andan buscando andaluces por el mundo y dejan a sus chicas solas en casa...
Este año, aprendí la lección y elegí zapatos cómodos con los que acabé pisando el albero, aunque ganas no tenía ninguna. Y pude volver, entre caminando y flotando a mi barrio, a mi calle, a mi casa y a mi cama. Este año, ni bicicletas ni toreros. Pero sí una compañía: la de Sabina.

martes, abril 13, 2010

Rachas

Dicen mis amigas que con los amigos nunca hay rachas que valgan. Y es verdad. Con los amigos de verdad, los que, cuando estás con ellos, hacen que respires de una forma diferente, como si tu corazón se sintiera a salvo, en casa. Son esas personas con las que apenas tengo que esforzarme porque me conocen lo suficiente como para merecerse la más sincera de mis versiones, sin grandes artificios. A los que abrazo y beso en cada uno de nuestros reencuentros, por muy separados que nos hayan tenido nuestros diferentes ires y venires.
Son personas a las que conocía antes y durante de llegar a ser quienes son. Que no son economistas, ni arquitectos, ni médicos, ni ingenieros, ni filósofos, ni responsables de ningún sector cuando están conmigo. Ante quienes yo no soy, ni más ni menos, que yo misma. Ésos con los que me río todas las veces que quieran contar, por ejemplo, la anécdota de aquella manifestación del instituto en la que acabé agarrada a la reja del Ayuntamiento con un "Unidos Venceremos" que resonó en toda la plaza del pueblo, mientras otro de los manifestantes me sostenía para que no me cayera, para vergüenza de ellos.
Los que no tienen pudor por volver a sacar aquello que cada uno de nosotros quería haber olvidado: la bolsa llena de arena mojada que uno creyó que era otra cosa, el lenguado que fue el plato más caro de una vida entera, las meadas de risa pantalones abajo, aquel revolcón de una vaquilla, el pedo que resonó de forma inesperada, la caída antes de llegar a meta, la carta corticheada y tirada al water, ese padre que nunca dejaba salir a una de nosotras, la falda remangada y el compás clavado, aquella borrachera indecente, aquel ligue que nunca tuvo que haber sido...
Con ellos nunca hay rachas. Nunca los quiero más o menos que antes porque los quiero siempre.

viernes, abril 09, 2010

Irreverentes

Me refregaba los ojos con fuerza. A este viernes he llegado con muy pocas energías, pensaba. Volvía a darme con el puño en el ojo izquierdo. Después en el derecho. Cruzaba el semáforo que me separa del kiosco en el que compro, casi a diario, una botella de agua mineral. Entonces aparecieron ellos, con su ropa deportiva, sus mochilas y sus carpetas con pegatinas. Un chico y una chica de no más de dieciséis. Iban al instituto abrazados, medio borrachos de un amor primero. Ella reía con la boca abierta y las caracajadas me parecieron, a las ocho y veinte de la mañana, más irreverentes que en cualquier otro momento del día. Fue entonces cuando él, introdujo la mano que le quedaba libre por debajo de la chaqueta de ella y le toco una teta. Así la mantuvo hasta que terminaron de cruzar el paso de peatones. Ella no paraba de reir. Nada tenía la escena de obsceno, ni de sucio. En absoluto. Dejaron en el aire el suave aroma de la alegría y la desinhibición. Y me arrancaron una sonrisa.