sábado, marzo 06, 2010

La ley de la planta

A la planta ha subido una señora. Pasó horas sola en cuidados intermedios y sigue sola ahora, seis días después. Dicen la enfermeras que no está bien de la cabeza y lo que digan las enfermeras es sagrado, porque ellas son las jefas de la planta.
Lo cierto es que la señora no para de gritar. La han cambiado tanto de habitación para que no molestara a su compañera que ha terminado en una individual frente al mostrador de la enfermeras, centro neurálgico y de toma de decisiones de la planta.
Una noche, no hace muchas, la señora apareció en mitad del pasillo caminando y arrastrando todo a lo que estaba atada: la bombona del oxígeno, el suero... Cuando las enfermeras lograron retenerla ella intentó convencerlas de la importancia de la misión: "Tengo que decirle una cosa al cocinero". Argumento insuficiente para librarse de un buen chute y veinte horas de sueño.
Dicen en la planta que la señora no es de aquí, que habla muy fino y que pobrecita-verse-sola-en-la-vida. Y la compasión de los habitantes del resto de habitaciones creció hacia esta señora cuando, sin nocturnidad ni alevosía, otra señora más joven, bien vestida y pintada, acompañada por un hombre de chaqueta y maletín, pidió al responsable de una planta "los enseres personales de esta señora que tenemos orden del juez". Y se llevaron sus anillos, sus pulseras, su collar y hasta su monedero metidito todo en una bolsa transparente que mostraron pasillo alante como se muestran las vergüenzas.
Y es una pena que no tenga un familiar para que le haga esas cosas que hacemos los familiares: dar conversación, acercar el vaso del agua, escuchar atentos al oráculo de bata y zuecos como si de verdad entendiésemos lo que dice, sonreir a las enfermeras y dar las gracias cada vez que vienen a tomar la temperatura y el pulso, acercarnos hasta el carrito para coger la comida, buscar mil posturas en el incómodo sillón, conocer de oído todos los pueblos del entorno sin salir del hospital comarcal o retirar el orinal.
La señora podía tener un familiar, aunque fuera el enorme hijo treintañero y desdentado del compañero de mi abuelo que no para de repetir: "Mi chiquillo es un buen muchacho. Nunca se ha acercado un cigarro a la boca. No como esas niñas de ahora que... que... tres, tres, tres hay ya preñás en Campofrío". Pero no lo tiene y puede que muera sola, como está viviendo, sin nadie que cosa junto a ella un paño de ganchillo.
Por cierto, que hoy ha llegado a la planta la noticia que, finalmente, el Ulises de Higuera ha fallecido.

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